martes, 9 de junio de 2009

No votar, una forma de votar

En varios canales –sobre todo de TV pagada- se ha hecho habitual ver campañas donde se llama a votar a los no inscritos, para que “nadie hable por ellos”, se “Mojen por Chile”, y “se hagan grandes”. Sin embargo, detrás de estos mensajes se esconde la simple legitimación del orden isonómico existente a través del encauzamiento de las preferencias políticas de las personas.

Los (ahora) constantes llamados a inscribirse y votar -sobre todo por parte de algunos candidatos presidenciales- en el fondo sólo pretenden reemplazar la clientela electoral ya envejecida, para así asegurarse legitimidad futura, y de pasada de justificar la totalidad del sistema político imperante.

Estas invitaciones no pretenden ampliar o diversificar las opciones de participación de los ciudadanos, sino que (cual pastor con sus ovejas) encauzar por y hacia el buen camino del voto, sus preferencias políticas y electorales. Te invitan a participar, pero sólo votando, y no de cualquier forma.

Lo anterior, responde a la constante y oculta pretensión (una vez más) de que las opciones ofrecidas a los electores (las ofertas), sean menos de las que realmente podrían existir y estén dentro de la gama de lo posible y permitido en el sistema isonómico, es decir, la estructura electoral y partidaria.
Por ello el no votar, el votar blanco o nulo es sancionado, aún cuando deberían ser opciones válidas para expresar preferencias políticas de los ciudadanos. Contradictoriamente, te obligan a que te guste el sistema.

En este sentido, en el último año, el universo político ha dado señales claras de tal situación. En su interior la competencia política está más que controlada y restringida; y sus actores dominantes son claramente contrarios a cualquier innovación y nueva oferta y forma de hacer política (y eso que muchos se llenan la boca con esas palabras).

Las tecnologías del poder y el encauzamiento de los individuos

El encauzamiento de los individuos, mediante la restricción de las ofertas en el universo político se produce en diversas dimensiones, y a través del uso de variadas tecnologías -que Foucault llamaría de disciplinamiento-. En el fondo pretenden evitar el desarrollo de fisuras dantescas en el discurso constituyente del orden actual.

La más básica de estas dimensiones es la coacción física, cuya tecnología es la fuerza física. Si la persona no quiere votar, se ejerce la coacción estatal sobre ésta: se le multa o se le recluye.

Otra dimensión, claramente más subjetiva, es la apelación a los sistemas de creencia y situación de vida de cada persona, a través de “la incertidumbre de los castigos” en cuanto a su voto, sobre todo a no ejercerlo. Esto se hace en varios sentidos y espacios. A la gente se le dice que si no vota por éste, podría ocurrir tal cosa, o si no lo hace por éste otro, podría pasar esta otra cosa.

Lo anterior es la base de la lógica del mal menor y del discurso de la alternancia (Que coincidencia). Si no votamos por X vendrán los otros y con ellos el debacle. Si no votamos por los otros, los que ahora están nos llevarán a la hecatombe. El mensaje es el mismo, si no votan por nadie, todo se destruirá. En definitiva, es la apelación al miedo a la anarquía.

De la lógica anterior, también se desprende la apelación a la racionalidad del elector, que en el fondo también es un instrumento de disciplinamiento en torno al voto -léase locura versus razón- que se aprecia claramente a nivel de disciplina partidaria interna y también en cuanto al ejercicio de la ciudadanía.
Si alguien va a votar por X y no por la opción que se propone en la coalición, es un díscolo, un rebelde, o está loco. Si una persona no vota o vota nulo porque no le gustan las opciones, es un mal ciudadano.

En definitiva, si vota, debe votar por lo que se le ofrece dentro de lo “racional”, sea lo que sea, le guste o no. Nunca votar nulo, blanco, menos aún no votar. Sino, es irracional, utópico, un voto perdido, etc.

Que nadie hable por ti, ni tú, sólo nosotros


Las campañas para incentivar el voto han apelado a varios mensajes: Moja la camiseta por Chile, Házte grande (ambas del candidato presidencial Sebastián Piñera) y No dejes que otros hablen por ti (del canal de cable Vía X).

Todos estos mensajes tienen una característica en común (muy acorde a los sistemas de disciplinamiento): apelan al compromiso irrestricto de los electores con el voto.
Lo clave es que simultaneamente suprimen el deber de los candidatos con respecto al voto.
Así, nunca mencionan la obligación que deben asumir los elegidos con respecto al acto electoral, en cuanto a cumplir con el mandato posterior que eso les implica.

Ahí esta la clave del porque estas campañas son claramente un instrumento de encauzamiento y disciplina electoral, además de un modo de legitimación del orden político vigente: el único deber es votar. Cualquier otra expresión política –como no votar- no es válida.

Por lo mismo, cuando se habla de Mojar la camiseta, lo que se pretende es entregar total responsabilidad al elector, desligando de toda responsabilidad a los gobernantes, aún cuando son éstos quienes toman realmente las decisiones. Una vez más, el único deber del ciudadano es votar. Si no lo haces, no diste todo de ...

Por otro lado, Hacerse grande, también apela a la responsabilidad del elector, pero va mucho más allá. Implica que el votante debe aceptar, sin cuestionamiento alguno, las reglas del juego electoral imperante y dejar atrás las “bobadas” y rebeldías juveniles contra el sistema (como no votar, no inscribirse). En el fondo es un llamado a la conformidad, es decir, a convertirse ahora en el conservador del mañana.

No dejes que otros hablen por ti, es ciertamente un mensaje aún más contradictorio, tomando en cuenta que el acto del voto en sí implica la delegación del derecho a la palabra hacia un otro. Es decir, a que otro hable en nombre de uno, que es en definitiva la representación. He ahí porque la eliminación de la responsabilidad del electo en cuanto al voto es tan peligrosa.

Y que importante es tomar en cuenta todo lo anterior, sobre todo si se considera que mediante el voto se constituye un contrato sin garantía alguna en cuanto a su cumplimiento, y que sin embargo, es la forma de legitimar el actuar de los políticos y gobiernos.

Tal como en otro blog se plantea, con el voto legitimamos en nombre de otros, que ni siquiera han acudido a las urnas (niños por ejemplo), un contrato que ni siquiera han aceptado hacer.

Por eso, no votar también es una forma legítima de votar. Aunque al sistema en general no le guste. Pero sobre todo, si lo que nos ofrecen no nos gusta.

miércoles, 3 de junio de 2009

Chile tiene una isonomia a medias, no una democracia

En su libro Ciudadanía y democracia, un enfoque republicano, el profesor Andrés de Francisco, plantea que un problema actual de las democracias modernas es que algunas de ellas entregan derechos civiles pero no derechos políticos.

En Chile, la Constitución establece que todos los ciudadanos tienen derecho a ser elegidos como gobernantes. Sin embargo, todos sabemos que no todos los chilenos pueden ejercer tal principio. No por falta de capacidad, sino esencialmente por carencia de recursos materiales, capital social e influencia.

Es decir, nuestra democracia más bien sería una oligarquía isonómica, donde existen derechos civiles iguales, pero no derechos políticos iguales.

Tal como plantea Andrés de Francisco, la isonomia no es lo mismo que la democracia. Es una condición necesaria, más no suficiente para su existencia.

En su libro hace un análisis histórico de este fenómeno, el cual se origina en la antigua Grecia, con Clístenes, donde tanto pobres como ricos contaban con iguales derechos políticos, pero cuya puesta en práctica quedaba determinada por el nivel de influencia e independencia en cuanto recursos materiales.

De esa idea, se desprenden posteriormente algunos planteamientos –entre los que se encuentran los de Benjamín Constant- relativos a decir que como los pobres no tienen intereses materiales, no les es necesario participar de la vida pública, y que sólo los ricos tienen tal derecho al compartir intereses comunes.

De esas ideas se desprende que los hombres pobres deben ser relegados a sus espacios privados, preocupándose individualmente de todos sus asuntos y que los hombres ricos (que constituirían la comunidad política), deben valerse de intendentes –y por ende del Estado- para representar sus intereses conjuntos (hoy día podríamos decir corporativos). Que mejor ejemplo que los rescates multimillonarios ante la crisis económica.

A partir de lo anterior, se plantea que los hombres pobres entonces deben conformarse con una civitas sine sufragio, es decir, acceso a derechos civiles pero no a derechos políticos.

Andrés de Francisco explica que la civitas sine sufragio fue creada en Roma, con el objetivo de permitir la anexión de otros territorios y la integración de sus habitantes conquistados, pero sin alterar el poder político de las elites romanas.

Tan antigua es está lógica, que de ella también deriva el voto censitario que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX.

Algo que no menciona Andrés de Francisco, es que la diferencia con los tiempos romanos y los del voto censitario, radica en que hoy en día, la civitas sine sufragio no es impuesta por ley alguna, sino que es producto de la propia lógica de la estructura isonómica del sistema político, que desincentiva a los ciudadanos “comunes”, primero a querer participar de la política en cuanto ser gobernantes, reduciéndolos primero al rol de electores, para luego terminar por disminuir incluso, sus estímulos para el ejercicio del voto.

Sin embargo, es claro en plantear que puede haber una elite en el poder, una oligarquía, mantenida no ya pese a la perfecta igualdad de derechos políticos, sino gracias a ella. Una oligarquía isonómica, donde todos tienen derecho, pero gobiernan los ricos.

Por lo mismo cita a Rawls, quien decía una cosa son las libertades políticas iguales y otra el valor equitativo de dichas libertades.

Esta claro que en Chile la equidad no existe.
En relación a esto también pueden leer www.pardejorges.blogspot.com con artículos referidos al reportaje de Informe Especial acerca de la Cámara de Diputados.

lunes, 1 de junio de 2009

Lavín escapó de Piñera a la Quinta Región

Por Jorge Gómez Arismendi
La eventual candidatura de Joaquín Lavín, por la Quinta Región Costa, más bien parece esconder una táctica de éste, para desligarse diplomáticamente de la candidatura presidencial de Sebastián Piñera, y no tanto una pretensión electoral personal.
Cuando Pablo Longueira se desligó por la prensa del comando presidencial de Sebastián Piñera, la señal era clara: apoyaba la candidatura del empresario, pero dejaba clara su distancia política con éste.
Esa distancia, que quedó en clara evidencia en 2007 en torno a la discusión del salario mínimo ético, parece no ser exclusiva del senador, sino también de otros miembros importantes de la UDI, que aunque no la hacen tan explícita como Longueira, si la dejan clara en discusiones privadas. Eso se notó en la demora que pusieron los gremialistas en cuanto a darle el apoyo de manera oficial y definitiva a la candidatura de Piñera.
Lo cierto es que las diferencias de estilo y de hacer política entre Sebastián Piñera y líderes importantes de la UDI, parecen no desaparecer a medida que se acercan las elecciones presidenciales de diciembre, sino más bien agudizarse.
La ahora eventual candidatura de Joaquín Lavín por la Quinta Región Costa parece confirmar ese ambiente tenso pero solapado. En este sentido, más bien parece una táctica del ex alcalde, para desligarse diplomáticamente de la candidatura de Sebastián Piñera, y mantener su independencia y capacidad de discreción política en un espacio propio como lo es una senatoria. Eso sí, sin generar daños a la Alianza y sus pretensiones de llegar a ser gobierno.
En el fondo, algunos altos líderes UDI quieren evitar ser cooptados y absorbidos por RN en caso de llegar al gobierno, al verse en la obligación de constituir una coalición gobernante. Por lo mismo, durante el cónclave gremialista, Lavín fue enfático en decir que el gobierno de Piñera debería tener el sello de la UDI.
En este sentido, la UDI apoya a Piñera en base a una ética de resultados (ganar las elecciones en diciembre y con ello llegar al gobierno) y no en base a una ética de principios. En esa línea, Longueira fue claro en declarar en la prensa que Piñera era el vehículo para que el proyecto gremialista llegara a la Moneda, y que prefiere más ver a Lavín como presidente que como senador o ministro de Sebastián Piñera.
Lavín siendo más realista que Longueira, claramente ve que la senatoria le ofrece un espacio mucho más propicio para mantener un punto de poder propio e independiente, pero manteniendo los apoyos netamente políticos con Piñera. No así un puesto como ministro.
En lo anterior, probablemente también incide el que Lavín tampoco olvida que hace cuatro años, el consejo general de RN le quitó el respaldo como candidato de la Alianza, proclamando a Piñera, y que este último le negó la posibilidad de ir a primarias. Por lo tanto, el riesgo de sufrir una “desconocida” por parte de Piñera es real. Muerte política segura para Lavín si la sufre siendo ministro del empresario.
*Artículo publicado en Observatorio de la Realidad Ciudadana, OBSERVA. También pueden leer QUINTA COSTA: Clave en la disputa Presidencial, de Jorge Montecinos.

viernes, 29 de mayo de 2009

Libertad de expresión ante dos riesgos

Los atentados a la libertad de expresión, no sólo se pueden producir cuando el poder político se concentra, también cuando se concentran de forma privada los medios de comunicación. El caso de Venezuela e Italia son claros ejemplos de ambos procesos.

En Chile mucho se ha comentado la irrisoria orden -digámoslo así, de ser efectiva- dada a su llegada a Venezuela, a algunos visitantes extranjeros, de no criticar al gobierno de Chávez. Claramente eso es un atentado a la libertad de expresión (estemos o no de acuerdo con lo que alguien dice. Tal como dijo Voltaire hace mucho tiempo atrás).
En ese sentido, la pluralidad de medios de comunicación es clave y esencial para el desarrollo y mantenimiento de la democracia, la mayor competencia política, la mejor participación e interés en los asuntos ciudadanos.

Los ciudadanos tienen el derecho a acceder y producir información diversa y variada, desde la cual poder desarrollar sus criterios, entregar sus opiniones a otros y tomar decisiones. Ya lo hemos visto en cuanto a la colusión de las farmacias, las denuncias de corrupción en el gobierno y la oposición, el debate en cuanto al aborto, etc.

La libertad de expresión permite no sólo desarrollar el primer acto racional del ser humano (comunicar), sino también establecer una relación fluida a nivel de la política, entendida está como diálogo, competencia e intercambio de ideas entre los sujetos. Ahí radica la importancia de la libertad de expresión en cuanto a lo político. Sin libertad de expresión, lo político se suprime y entonces es probable que surja la violencia como método.
Por eso, la libertad de expresión es reflejo de que el poder no está totalmente concentrado en pocas manos y que permite a los ciudadanos expresar sus intereses, necesidades, opiniones, y sobre todo sus criticas a un gobierno.
Sin embargo, en base a esa relación entre libertad de expresión y política, existe la creencia de que la libertad de expresión sólo está en peligro cuando el o los gobernantes de turno (las elites en realidad), concentran y usan de forma inapropiada el poder político que ostentan, y comienzan a ejercer diversas presiones sobre los medios de comunicación que los cuestionan o crítican, a la vez que se apoderan de otros. Es decir, que la libertad sólo está en riesgo en cuanto a la concentración del poder político.

Sin embargo, lo cierto es que la libertad de expresión también corre enormes y serios riesgos cuando es otro el poder que se concentra -que no es específicamente el político- el económico.
La concentración de la propiedad de los medios de comunicación también conlleva riesgos a la libertad de expresión, a la pluralidad de ideas, y en definitiva a la democracia.
Quienes no consideran esto, parece que olvidan los lazos estrechos que existen entre ambos tipos de poder. Claramente lo peor ocurre si ambos -poder político y económico- se concentran en una sola unidad en un momento dado.
El caso del gobierno venezolano es un ejemplo del proceso habitual y más difundido de riesgo para la libertad de expresión (propagada generalmente por quienes concentran de forma privada los medios de comunicación).
En ese proceso, desde el poder político que se concentra paulatinamente, se comienza a ejercer presión, primero sobre los medios opositores (luego incluso sobre los adherentes) y después sobre las personas, que son las generadoras de expresión e ideas.
La segunda forma de riesgo para la libertad de expresión, es un proceso no muy conocido ni menos difundido, por causa de la misma concentración privada de los medios de comunicación.
Claro, ningún miembro de un oligopolio comunicacional que concentra cada vez más la propiedad de diversos medios, controla las líneas editoriales y lo que se maneja en la agenda pública, publicará y hablará de los riesgos que implica eso para la libertad de expresión y la democracia. Menos aún si esos miembros se relacionan con los gobiernos de turno sin problemas.
Lo cierto es que la libertad de expresión también está en riesgo cuando la propiedad de los medios se concentra en forma privada y sin contrapeso, dando paso a los mismos vicios que genera el primer tipo de riesgo: información sesgada, asimétrica, homogénea, poca contrastación de hechos, falta de veracidad, omisión, censura, etc.
Lo que probablemente varía entre un proceso y otro, es que el primero, el político es más notorio y generalmente se acelera en un momento determinado, mientras que el segundo se constituye lentamente, sin que nadie lo note realmente en sus efectos.
El caso de Berlusconi en Italia es el ejemplo claro del peligro que sufre la libertad de expresión, cuando los medios de comunicación se concentran en manos del poder privado. La libertad de expresión y de prensa prende de un hilo.

martes, 26 de mayo de 2009

Las farmacias suman y siguen

Las farmacias siguen haciendo gala de su compromiso -artificial- con la salud de los pacientes (no son consumidores ni clientes). Si la colusión de precios molesto a los ciudadanos, el uso de sus datos personales más íntimos –sin consentimiento- debería enfurecerlos aún más.
La colusión en los precios de medicamentos fue un claro atentado a los bolsillos de las personas (las más vulnerables, las personas enfermas). Nadie lo discute.
Sin embargo, hace tiempo las farmacias, junto a las Isapres, están haciendo otro más grave ataque, a lo más íntimo de la vida privada de los ciudadanos, al violar la información clínica confidencial de los pacientes.

Esto, no sólo se pasa a llevar un derecho civil básico como lo es la máxima intimidad de una persona, sino también el secreto profesional médico-paciente.

Por lo tanto, cuando usted acude a comprar algún medicamento, el vendedor (porque en algunos casos ni siquiera tienen químicos farmacéuticos, pues les sale muy caro) sabe qué enfermedad usted está padeciendo sin que usted le diga.

Probablemente incluso, en base a esa información, se esté determinando en ese preciso instante el precio de su medicamento (¿Alguna vez le muestran la pantalla donde sale el precio? Nunca, sólo se lo dicen). Obviamente no es el precio real, sino que uno asignan según su patología y su necesidad. ¡Un ejemplo de compromiso con la salud!

Por lo mismo, la abogada Verónica Sánchez, interpuso una querella contra la cadena de farmacias Cruz Verde, por violación de secreto privado ante el Séptimo Tribunal de Garantía de Santiago.

Según la abogada, la empresa disponía en pantalla de datos confidenciales sobre su patología AUGE, los que fueron traspasados a la cadena por parte de su isapre.

Verónica Sánchez ya había presentado un recurso de protección en contra de su isapre, Banmédica, y contra la cadena Cruz Verde, por considerar que vulneraron su derecho a la intimidad e integridad psíquica.

Lo cierto es que hace tiempo existían rumores y luego pruebas fehacientes de este tipo de malas prácticas por parte de las farmacias. Hace un tiempo atrás funcionarias de algunas de éstas, fueron captadas in fraganti –por cámaras de un canal de televisión- sacándole fotocopias a recetas médicas, sin autorización de los pacientes. O sea, esto no debería ser novedad.

Por otro lado, ya comienzos del mes, el diputado PS Fulvio Rossi, aseguró que las isapres Cruz Blanca y Consalud entregaban información a SalcoBrand.

Lo concreto es que las personas deben saber que estas acciones -entre isapres y farmacias-constituyen claros ilícitos. Se pasa a llevar el secreto profesional médico-paciente, pero sobre todo la privacidad de las personas, que es un derecho fundamental de cada individuo, protegido en la Constitución.
Ya es tiempo que se sancionen fuertemente este tipo de abusos. Las farmacias la sacaron literalmente barata con el tema de las colusiones. ¿Pasará lo mismo ahora? ¿Pasará lo mismo que ocurre con el Dicom Histórico?
Más información en CIPER CHILE

lunes, 18 de mayo de 2009

Ni con Marcos, ni contra Marcos

Las diversas reacciones que se han generado en torno a la candidatura de Marco Enríquez-Ominami reflejan la rigidez transversal de las clase políticas, su profundo conservadurismo y lo proclive que son a mantener el statu quo en todos los niveles.

De ambos extremos del espectro político, desde la derecha más conservadora hasta la izquierda conservadora, miles de argumentos se han levantado para cuestionar la candidatura de Marcos Enríquez-Ominami. Raro porque todos esos sectores se autodefinen de democráticos, por lo que debería parecerles bien el que existan más opciones para elegir.

Algunas de esas explicaciones son tan ridículas como poner en tela de juicio su origen –se le cuestiona ser hijo de Miguel Enríquez- como si eso no fuera azaroso; o que no es garantía de gobernabilidad (como si algún candidato pudiera certificar tal cosa); o que tiene relativismo moral (por ser pro aborto); o que es indisciplinado (para las oligarquías partidarias claro); o que es un voladero de luces , un travesti político (ya se le ha catalogado de derechista) para debilitar a la “verdadera” izquierda, a Frei, a Piñera, etc.

Lo único cierto es que todos en el universo político parecen estar contra la candidatura de Marcos, disimulada o explícitamente, por un tema de principios o de cálculo electoral.
No les gusta, ya sea porque les roba electores potenciales –los jóvenes, no inscritos o desencantados- o porque su discurso es demasiado ajeno a lo “tradicional”, lo “oficial”, o lo “revolucionario”.
Ese conservadurismo se aprecia en la forma en que han reaccionado los diversos sectores -de derecha a izquierda-, a medida que la candidatura toma fuerza.

En principio, cuando Enríquez-Ominami manifestó su pretensión de ser candidato, se le consideró una “voladura”, se le ninguneo (varios en la Concertación se refirieron a él despectivamente como Marquitos); o se le puso como ejemplo de la indisciplina al interior de la Concertación y por tanto de su falta de gobernabilidad (la derecha así lo hizo).

Hasta ese punto, la pretensión no implicaba ningún riesgo para las lógicas tradicionales de poder de las coaliciones hegemónicas. Sólo constituía una fuente de ruido sin importancia -como lo fue Farkas en algún momento- que podría fácilmente desaparecer; debilitarse como ocurrió con Alejandro Navarro; o ser cooptada institucionalmente como ocurrió con José Antonio Gómez.

Sin embargo, cuando la candidatura pasó de la pretensión al hecho, y comenzó a hacer ruido (sobre todo en las encuestas), generando mayores adeptos, tanto para la Concertación como para la Alianza, se constituyó en un riesgo y una amenaza al “orden democrático” implícito que existe entre ambas coaliciones.
Ese orden no es otro que el que establece que son las dirigencias (las elites) y no las bases ni menos los ciudadanos, las que elijen los candidatos, y donde no puede haber más opciones electorales que las que establece este duopolio político. Si existe algo más, debe ser sólo testimonial.
El valor de la candidatura de Marcos Enriquez-Ominami -aunque otros sectores no lo han sabido apreciar del todo- radica en romper con esa lógica anquilosada de la que han hecho usufructo la Alianza y la Concertación.
No sólo cuestiona las lógicas poco democráticas de la Concertación –tal como lo hizo Gómez aunque sin éxito-sino que las desobedece, permitiendo articular diversas posiciones que cuestionan todo el orden institucional vigente, abriendo espacios a otras opciones políticas. Cuestión que no han logrado hacer en años otros sectores excluidos o subrrepresentados.
Radica en estar desordenando desde dentro el universo político hegemónico vigente (Alianza, Concertación), de ponerlo en tela de juicio ante la ciudadanía y de hacerlo indirectamente más competitivo. En eso es valiosa, aún cuando a muchos nos genera dudas profundas, el que sea desde dentro de la Concertación y las elites.
Por tanto, si uno valora la democracia, se puede estar o no con Marcos, pero no se puede estar contra él apriori.
Por lo anterior, la candidatura no sólo no ha sido fácilmente cooptada ni deslegitimada –aunque eso podría ocurrir de aquí a diciembre- sino que ha comenzado a generar fisuras en cuanto a la adhesión electoral al interior de los partidos, incluso a nivel de altas dirigencias.

Así, Carlos Ominami, su padre, ayer un disciplinado concertacionista, hoy está ante el dilema de cumplir con las lógicas oligárquicas que le impone la coalición de la que él es dirigente -y que su hijo cuestiona y desobedece-, o de ejercer su derecho personal a elegir, incluso a su propio hijo, como ya lo ha hecho explícito.

Por otro lado, también ha comenzado a implicar un riesgo a las pretensiones electorales de Sebastián Piñera, por lo que en la Derecha ya han entrado en la táctica –subjetiva por lo demás- de cuestionar su capacidad para garantizar gobernabilidad para así frenar a algunos que se comienzan a entusiasmar con el diputado.

¿Acaso algún candidato la garantiza ciertamente? ¿Por qué atribuirle sólo a uno la condición de incertidumbre? ¿Podrá garantizar gobernabilidad Piñera, sin mayoría en el Congreso?

Y vaya que le ponen el techo alto y le temen en términos electorales, pues ni siquiera de Navarro se cuestionaron eso, cuando estaba haciendo ruido como candidato.

Todas estas diversas reacciones que se han generado en torno a la candidatura de Marco Enríquez-Ominami reflejan la rigidez transversal de las clase políticas, su profundo conservadurismo, su escaso valor por la democracia en cuanto a pluralismo de ideas, participación y derecho a ser elegido, y lo proclives que son a mantener el statu quo en todos los niveles. Sea cual sea este.

En cuanto al propio Marcos Enriquez Ominami, lo que está por verse realmente es hasta qué nivel cuestiona el orden vigente (y por tanto cuáles son los límites para llevar a cabo los cambios que propone) y hasta qué punto abre espacios para incluir a otros sectores de forma concreta. Es decir, hasta qué nivel es consecuente y coherente con su propio discurso.

Si abandona antes de diciembre y se pliega a Frei, entonces fue claramente sólo un voladero de luces, que sirvió para debilitar a las fuerzas que quieren mayores cambios, y además funcional a las pretensiones de la Derecha, dejando a un número de personas que creyeron en él y su proyecto, aún más decepcionados.

Si continúa, entonces la proyección es mayor, en cuanto a constituir un proyecto político de cambio verdadero, amplio, inclusivo y fuera de la Concertación y la Alianza.

viernes, 15 de mayo de 2009

La opinión pública no existe.

A propósito de la encuesta Cerc, que mejor que leer lo que planteaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu, sobre las encuestas de opinión. Aquí algunos se sus planteamientos.

Toda encuesta de opinión supone que todo el mundo puede tener una opinión; o, en otras palabras, que la producción de una opinión está al alcance de todos. Aun a riesgo de contrariar un sentimiento ingenuamente democrático, pondré en duda este primer postulado.

Segundo postulado: se supone que todas las opiniones tienen el mismo peso. Pienso que se puede demostrar que no hay nada de esto y que el hecho de acumular opiniones que no tienen en absoluto la misma fuerza real lleva a producir artefactos desprovistos de sentido.

Tercer postulado implícito: en el simple hecho de plantearle la misma pregunta a todo el mundo se halla implicada la hipótesis de que hay un consenso sobre los problemas, entre otras palabras, que hay un acuerdo sobre las preguntas que vale la pena plantear.

Estos tres postulados implican, me parece, toda una serie de distorsiones que se observan incluso cuando se cumplen todas las condiciones del rigor metodológico en la recogida y análisis de los datos.

A menudo se le hacen reproches técnicos a las encuestas de opinión. Por ejemplo, se cuestiona la representatividad de las muestras. Pienso que, en el estado actual de los medios utilizados por las empresas que realizan encuestas, la objeción apenas tiene fundamento.

También se les reprocha el hacer preguntas sesgadas o, más bien, el sesgar las preguntas en su formulación: esto ya es más cierto y muchas veces se condiciona la respuesta mediante la forma de hacer la pregunta.
Así, por ejemplo, transgrediendo el precepto elemental de la construcción de un cuestionario que exige que se les "dé sus oportunidades" a todas las respuestas posibles, frecuentemente se omite en las preguntas o en las respuestas propuestas una de las opciones posibles, o incluso se propone varias veces la misma opción bajo formulaciones diferentes. Hay toda clase de sesgos de este tipo y sería interesante preguntarse por las condiciones sociales de aparición de estos sesgos.

En muchos casos se deben a las condiciones en las que trabajan las personas que producen los cuestionarios. Pero, sobre todo, se deben al hecho de que las problemáticas que fabrican los institutos de opinión están subordinadas a una demanda de tipo particular.

Eso significa que las problemáticas que se le imponen a este tipo de organismos están profundamente ligadas a la coyuntura y dominadas por un tipo determinado de demanda social.

Las problemáticas que proponen las encuestas de opinión están subordinadas a intereses políticos, y esto pesa enormemente tanto sobre la significación de las respuestas como sobre la significación que se le confiere a la publicación de los resultados.
La encuesta de opinión es, en el estado actual, un instrumento de acción política; su función más importante consiste, quizá, en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria puramente aditiva de opiniones individuales; en imponer la idea de que existe algo que sería como la media de las opiniones o la opinión media.

La "opinión pública" que aparece en las primeras páginas de los periódicos en forma de porcentajes (el 60% de los franceses están a favor de...), esta opinión pública es un simple y puro artefacto cuya función es disimular que el estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas, de tensiones, y que no hay nada más inadecuado para representar el estado de la opinión que un porcentaje.

Sabemos que todo ejercicio de la fuerza va acompañado por un discurso cuyo fin es legitimar la fuerza del que la ejerce; se puede decir incluso que lo propio de toda relación de fuerza es el hecho de que sólo ejerce toda su fuerza en la medida en que se disimula como tal. En suma, expresándolo de forma sencilla, el hombre político es el que dice: "Dios está de nuestra parte". El equivalente de "Dios está de nuestra parte" es hoy en día "la opinión pública está de nuestra parte".
He aquí el efecto fundamental de la encuesta de opinión: constituir la idea de que existe una opinión pública unánime y, así, legitimar una política y reforzar las relaciones de fuerza que la sostienen o la hacen posible.

Tras haber dicho al principio lo que quería decir al final, voy a tratar de señalar muy rápidamente cuáles son las operaciones mediante las que se produce este efecto de consenso.

La primera operación, que tiene como punto de partida el postulado de que todo el mundo debe tener una opinión, consiste en ignorar los no-contestan (1).

Eliminar los no-contestan es hacer lo que se hace en una consulta electoral donde hay papeletas en blanco o nulas; es imponerle a la encuesta de opinión la filosofía implícita de la consulta electoral.

Uno de los efectos más perniciosos de la encuesta de opinión consiste precisamente en conminar a las personas a responder a preguntas que no se han planteado.

En realidad, hay varios principios a partir de los cuales se puede generar una respuesta. Tenemos, en primer lugar, lo que se puede llamar la competencia política en referencia a una definición a la vez arbitraria y legítima, es decir, dominante y disimulada como tal, de la política.
Esta competencia política no se halla universalmente distribuida. Varía grosso modo como el nivel de instrucción. En otras palabras, la probabilidad de tener una opinión sobre todas las cuestiones que suponen un saber político es comparable con la probabilidad de ir al museo.

El efecto de imposición de problemática, efecto ejercido por toda encuesta de opinión y por toda interrogación política (comenzando por la electoral), deriva del hecho de que las preguntas planteadas en una encuesta de opinión no son preguntas que se les planteen realmente a todas las personas interrogadas, así como del hecho de que las respuestas no son interpretadas en función de la problemática por referencia a la cual han respondido las diferentes categorías de encuestados.

Si las encuestas de opinión captan muy mal los estados virtuales de la opinión y, más exactamente, los movimientos de opinión, ello se debe, entre otras razones, a que la situación en la que aprenden las opiniones es completamente artificial.

En las situaciones en que se constituye la opinión, en particular las situaciones de crisis, las personas se hallan ante opiniones constituidas, ante opiniones sostenidas por grupos, de manera que elegir entre opiniones es, claramente, elegir entre grupos.
Este es el principio del efecto de politización que produce la crisis: hay que elegir entre grupos que se definen políticamente y definir cada vez más tomas de posición en función de principios explícitamente políticos.

De hecho, lo que me parece importante es que la encuesta de opinión trata a la opinión pública como una simple suma de opiniones individuales, recogidas en una situación que, en el fondo, es la de la cabina electoral, donde el individuo va furtivamente a expresar en el aislamiento una opinión aislada.

En las situaciones reales, las opiniones son fuerzas y las relaciones entre opiniones son conflictos de fuerza entre los grupos.

La encuesta de opinión tradicional ignora al mismo tiempo los grupos de presión y las disposiciones virtuales que pueden no expresarse en forma de discurso explícito. Por ello es incapaz de generar la menor previsión razonable sobre lo que pasaría en situación de crisis.

En suma, he querido decir que la opinión pública no existe, al menos bajo la forma que le atribuyen los que tienen interés en afirmar su existencia. He dicho que existen, por una parte, opiniones constituidas, movilizadas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados; y, por otra, disposiciones que, por definición, no son opinión si se entiende por tal, como he hecho a lo largo de todo este análisis, algo que puede formularse discursivamente con una cierta pretensión a la coherencia.

Esta definición de opinión no es mi opinión sobre la opinión. Es simplemente la explicitación de la definición que ponen en juego las encuestas de opinión cuando le piden a la gente que tome posición respecto a opiniones formuladas y cuando producen, por simple agregación estadística de las opiniones así producidas, este artefacto que es la opinión pública.

Simplemente digo que la opinión pública en la acepción implícitamente admitida por los que hacen encuestas de opinión o por los que utilizan sus resultados, simplemente digo que esta opinión no existe.

*Conferencia impartida en Noroit (Arras) en enero de 1972 y publicada en Les temps modernes, no. 318, enero de 1973, pp. 1292-1309. Ver, también: P. Bourdieu, Questions de sociologie, París, Minuit, 1984, pp. 222-250. Hay versión en castellano de Enrique Martín Criado en: Cuestiones de Sociología, Istmo, España, 2000, pp. 220-232, Col. Fundamentos, no. 166.

NOTAS
(1) Les non-réponses: bajo esta denominación están comprendidos, en francés, los "no sabe" y los "no contesta" de las encuestas. Para no sobrecargar el texto con siglas hemos preferido traducirla por "no-contestan", dando por entendido que se corresponde con estos dos apartados (NS/NC) (Nota de Enrique Martín Criado.).

martes, 5 de mayo de 2009

La Coalición para el Cambio o la Concertación de Piñera

El traspaso de ex líderes concertacionistas a la llamada la Coalición por el Cambio, parece el desarrollo de una nueva Concertación para Piñera, pero no para el cambio.
En el fragor de una batalla naval, la pugna por los liderazgos se acentúa tanto que algunos líderes comienzan a perder fuerza, entonces se suicidan tirándose -o los lanzan- al mar con tiburones, otros siguen peleando sus posiciones internas y otros -si es posible- buscan escapar y abordar otros buques cercanos, pero menos llenos, para poder ejercer ahí el liderazgo perdido.
Pero en muchos casos, a estos últimos, la marea y la batalla no los llevan a ningún lado. Quedan a la deriva, sólo mandando a unos cuantos marineros fieles en sus pequeños botes, mientras los barcos grandes -desde donde siguen cayendo algunos marineros y otros también escapan en sus pequeños botes improvisados- continúan controlando el alta mar y la batalla.
La única opción que les queda a los capitanes venidos a menos, es que algún buque grande los rescate y los acoja para seguir en combate. Da lo mismo cuál sea, pues la batalla la siguen controlando los buques más grandes.
La metáfora naval es muy similar a lo que está ocurriendo con la inclusión del fundador de Chile Primero, Fernando Flores, y de su secretario, Jorge Schaulsohn, a la nueva coalición que constituirán RN, la UDI.
Ambos -como capitanes venidos a menos- no lograron fortalecer sus liderazgos dentro de la Concertación -el barco atestado de marineros- y se lanzaron al mar (el campo político), en pequeños botes (Chile Primero) para mantener sus cuotas de poder, al igual que otros en sus pequeños botes (MAS, PRI).
Sin embargo, al igual que los buques grandes en la batalla naval, la Alianza y la Concertación siguen controlando el alta mar y la batalla (el campo político), por lo que los mantenían a la deriva, sin saber dónde ir.
Más allá de metáforas navales, lo claro es que esta inclusión refleja un detalle no menor en la constitución de la nueva Coalición por el Cambio: el claro traspaso de antiguos e históricos líderes de la Concertación a una nueva agrupación partidaria. Una clara ironía si hablamos de pretensiones de cambio y renovación.
Surgen irremediablemente preguntas como:
¿Qué será lo nuevo que harán, que no hayan hecho en la Concertación?
¿Por qué llamar Coalición por el cambio a una agrupación que desde su génesis ya está incluyendo a líderes que hasta hace muy poco aún estaban en la coalición competidora?
¿Podrá cambiar y mejorar la política con actitudes como la de Fernando Flores en CNN?
La situación más bien parece un reacomodo utilitario de los mismos actores políticos de siempre en torno a nuevos posibles nichos de poder, pero no para generar cambios en su base constituyente, menos para incluir a nuevos miembros. La lógica de las elites sigue siendo la misma.
Es decir, los marineros rescatados se suben al barco no para transformarlo sino que para poder seguir mandando a otros y estar en el centro de la batalla nuevamente, y así, en una de esas, ganarse alguna medalla...
Lo cierto es que la nueva Coalición por el Cambio parece una versión 2.0 de la Concertación de Partidos por la Democracia de inicios de los noventa.
Al igual que esa coalición en sus inicios -que incluía a diversos partidos y organizaciones- la naciente concertación de Piñera incluye -además de ChilePrimero, la UDI y RN- al Movimiento Humanista Cristiano, la Fuerza del Norte y a grupos independientes.
Veremos cuánto aguantan éstos marineros más pequeños en este nuevo barco, antes de verse en el dilema de saltar al mar del olvido o lanzarse con un bote en busca de sus propios espacios.
¿Coalición por el Cambio o Concertación para Piñera?

martes, 28 de abril de 2009

El mundo ante dos pandemias ¿A qué enfermo salvarán primero los gobiernos?

La llegada de la influenza de origen porcino no sólo se pone en riesgo la vida de muchas personas en todo el orbe, sino que podría agravar el estado de salud de otro enfermo, la economía mundial.

El 2009 el mundo entero ya estaba viviendo la fase 6 de un pandemia a nivel económico. Los mercados financieros internacionales ya contagiados por la crisis entraban de lleno en el inicio de una recesión de la que ya no podría salir fácilmente y comenzaban a contagiar otros ámbitos de la economía.

Los costos sociales rápidamente se expandieron por todo el planeta, afectando a casi todos, pero sobre todo a los más vulnerables, ancianos y niños.

No había fórmulas mágicas para revertir la situación y sólo se podían tomar algunas medidas paliativas para hacer el proceso algo menos molesto, hasta que el problema pasará.

Los especialistas de siempre, se tragaban su soberbia, y sólo se quedaban atónitos tratando de entender qué pasaba.

Al igual que las crisis económicas, las pandemias de gripe son fenómenos cíclicos pero habituales, que afectan a número significativo de personas, y que "para variar" perjudican a los más vulnerables.

Lo que no es habitual es que una pandemia económica coincida con una sanitaria en un espacio de tiempo. De ocurrir eso, el escenario se torna más que incierto.

Según la OMS “en el siglo XX se produjeron tres pandemias: la de 1918, que provocó unos 40 millones de muertes, la de 1957, en la que murieron más de dos millones de personas, y la de 1968, con cerca de un millón de víctimas", señala la OMS”.

Lo cierto es que ninguna ha coincidido con una pandemia económica de proporciones.

Sin crisis mundial, el Síndrome Respiratorio Agudo y Grave (SARS) que afectó Asia en 2003 infectando a unas 8 mil personas en el mundo y matando a unas 800, generó perdidas por más de 18 mil millones de dólares. No por la enfermedad en sí, sino más bien por las medidas que tomaban las personas para evitar el contagio.

Sin escenario de crisis económica mundial, durante la Gripe Aviar, se pronosticaban pérdidas superiores a los 800 mil millones de dólares y la muerte de 7 millones de personas.

A diferencia de los casos anteriores, el escenario actual donde surge la pandemia de influenza es claramente más complejo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) teme que las pérdidas totales por la crisis financiera mundial surgida en Estados Unidos asciendan a más de cuatro billones de dólares (3,09 billones de euros). Eso sin considerar que las condiciones económicas y de vida de las personas -no de los ejecutivos de Wall Street- están muy afectadas.

Ahí radica el foco del problema, al unirse una pandemia económica a una viral en un mismo espacio de tiempo. Las condiciones económicas dañadas de las personas, alteran las condiciones de vida de éstas, y se vuelven la base para que la enfermedad biológica sea más devastadora y se expanda más rápido.

Veamos algunos ejemplos simples:

¿Dónde han ido las personas que dejaron sus casas por no poder pagarlas?

A casas más pequeñas, o a las casas de amigos o familiares. Quizás han rentado apartamentos pequeños. Es decir, probablemente en algunos casos se han producido claras condiciones de hacinamiento que son perfectas para expandir una enfermedad.

¿Qué pasa si ya no puedo pagar un médico particular o un servicio privado de salud, porque ya no tengo empleo?

Claramente, la opción es asistir a un sistema de salud público ineficiente en muchos casos y aguardar en la atestada sala de espera, hasta que lo atiendan (sí es que lo atienden). Otra vez, una clara condición de hacinamiento, donde el contagio es más que seguro.

A esto se suma que tampoco podría acceder a medicamentos o vacunas porque no alcanza el dinero.

¿Qué pasa si tuve que vender mi auto para pagar deudas pues perdí mi trabajo?

Tomando en cuenta que en Chile un 74% de los hogares chilenos NO tiene auto. Pues la opción es viajar en el transporte público, que va atestado de personas y en algunos casos, como el Metro, no tiene buenos sistemas de ventilación, generando un micro clima, mezcla de sudor, hedor y vapores, muy apto para la propagación y mantenimiento de un virus.

Según algunos los expertos, una pandemia de gripe de este tipo, podría costar a las economías unos US$3 millones de millones. Eso para no exagerar.

Entonces ¿Qué efectos podría tener realmente el desarrollo de una pandemia sanitaria en un contexto de crisis económica mundial?

La respuesta es difícil e incluso apresurada. Pero claramente se pone a prueba la máxima capacidad de respuesta -a todo nivel- de los gobiernos. Sobre todo su capacidad de generar confianza y evitar el pánico, pues un escenario como el actual se presta para confundir prioridades y generar el caos.

¿A qué enfermo salvarán primero los gobiernos?

viernes, 24 de abril de 2009

La Hegemonía que hay que vencer

Tanto la Concertación como la Alianza pretenden enarbolar un discurso de “novedad y cambio” a todo nivel en cuanto a sus candidatos presidenciales, aún cuando en términos concretos ambos son parte de la elite de la hegemonía dominante que no pretende cambiar nada.

Las coaliciones hegemónicas se están viendo obligadas a diferenciarse cada día más ante la ciudadanía para mantener ese espejismo democrático sustentado en el sistema electoral binominal. Sin embargo en ese proceso están demostrando que son profundamente parecidas y no representan alternativas distintas.

Tanto Piñera como Frei han planteado incluir “rostros nuevos” en sus campañas y en sus eventuales gobiernos, con el objeto de “renovar las formas y prácticas políticas”. La idea de fondo en todo esto es mostrarse como una universalidad no excluyente, cuestión clave para hablar de una pretensión de hegemonía. Más aún si consideramos que tal como plantea Laclau, una formación hegemónica incluye a lo que se le opone, y que esto último acepta el sistema de articulaciones (modos y prácticas) que impone dicha formación.

Por lo mismo, esta “inclusión” es sólo un maquillaje para ocultar un hecho cada vez más claro: Los miembros de la clase política, estructurada en torno a la hegemonía dominante, están más envejecidos, faltos de proyectos políticos y ensimismados en el poder. En definitiva están cada vez más oligarcas.

Peor aún, dicho adorno sirve para ocultar que las formas y prácticas políticas imperantes –como el cuoteo político a destajo y la partidocracia- que tanto desprestigio ha traído a la actividad política e ineficiencia y corrupción al Estado, no cambiarán en nada, sea quien sea el presidente y sus asesores.

Y no cambiarán en nada mientras la institucionalidad que las sustenta no cambie. Es decir, mientras parte de la hegemonía dominante no cambie. En otras palabras mientras no se articule un cambio que desamarre el universo político, reducido a campo electoral.

Por eso da lo mismo si llega uno u otro candidato -que no pretende cambiar el orden institucional- pues el cierre del universo político y las malas prácticas que eso conlleva, seguirán porque son esos marcos de acción los que dan la pauta para tal modus operandi de los individuos. No considerar esto es creer ilusamente que hay personas buenas un ciento por ciento en un lado y malas en otro en términos polares absolutos.

Lo cierto es que las personas siguen siendo imperfectas, mientras que las instituciones son las perfectibles. Ya lo decía Montesquieu.

La hegemonía dominante es amplia, cubre casi todos los espacios sociales, públicos e individuales de forma oculta.

Sin embargo, podemos verla objetivada en instituciones formales como la Constitución Política, el sistema electoral, algunos partidos políticos, el sistema educacional, los medios de comunicación, etc. Y también en instituciones informales como la falta de sentido comunitario –y todo lo que ello conlleva-, la desafección política y la sociedad civil débil.

Todas siguen reproduciéndola y haciéndola legítima. Naturalizándola como si fuera un orden previo.

Es a través de estos aparatos que se establece desde arriba lo legítimo a discutir y proponer, se construyen –o más bien impone y crean- los intereses de los ciudadanos y se moldean las voluntades colectivas (individuales). Siempre dentro de los límites que la propia hegemonía permite, nunca más allá.

En definitiva, es a través de estos aparatos que se imponen las alternativas a la ciudadanía, que al igual que los habitantes de una aldea aislada, no conocen otra forma ni modo de pensar el mundo, más allá del que los jerarcas de turno les permiten.

La primera tarea de los ciudadanos para romper con la hegemonía es ver que hay y pueden crear sus propias alternativas. Sus propias hegemonías echarlas a competir. Esa es la verdadera esencia de la Política.

miércoles, 15 de abril de 2009

Con Piñera tampoco llega la virtud política

En un artículo publicado en Revista Qué Pasa, Juan Carlos Jobet, Hernán Larraín Matte y Cristóbal Bellolio, plantean que un triunfo de la Alianza exige cambiar la vieja forma de hacer política. Sin embargo, el último incidente durante el velorio de la niña asesinada en un microbus es un nuevo ejemplo de lo arraigada que está esa manera de hacer política en el candidato de la derecha.
Aprovechando el claro desgaste de la coalición gobernante, en el último tiempo los partidarios del candidato de la derecha han pretendido construir alrededor de éste un discurso que lo ligue con la idea de renovación política.
A través de éste pretenden decirle a la ciudadanía que la transformación de la política –y de Chile en definitiva- en su totalidad depende del cambio de gobernantes, de transformar las formas de hacer política y sobre todo de la inclusión de una nueva generación de líderes jóvenes. En ningún caso sin embargo, se habla de cambiar un ápice la institucionalidad vigente.
Jobet, Matte y Bellolio dicen que “la Alianza sigue liderada hoy por los mismos que durante más de 20 años han conformado una tenaz oposición” y que por lo tanto, Piñera debería abrir espacios a los jóvenes.
Sin embargo, si consideramos que lo mismo ocurre en la Concertación y que en conjunto ambas coaliciones se han convertido en 20 años en una elite política envejecida y profundamente relacionada en términos económicos, incluso homogénea.
Entonces ¿Por qué creer que Piñera –que es parte de esa elite- permitiría la inclusión real de nuevos elementos, haciendo caso omiso a la presión de sus propias filas?
Según Jobet, Matte y Bellolio, el escenario es propicio para tal efecto, puesto que “no es casualidad que el promedio de edad de nuestra población sea de 31 años, los mismos que apenas llegaban a los 10 para el plebiscito de 1988. Esta generación representa al Chile de hoy”. Sin embargo, olvidan que un porcentaje importante de esa generación no vota en parte porque la institucionalidad, el sistema político, sus partidos y actores hegemónicos no los representan en nada y tampoco los incluyen en la toma de decisiones.
Por lo tanto, y contrario a lo que dicen en el artículo, en cuanto a que lo primero que debiera hacerse si Piñera gana “es atraer a la gente que no le gusta la actual forma de hacer política, pero que está dispuesta a entrar para cambiarla”, lo primero que se debe hacer –sea quien sea el que gane- es cambiar la institucionalidad para permitir la entrada de nuevos actores que cambien realmente la política.
Sólo así se evita que se vean obligados a clientelizar su actuar, para lograr un espacio en el universo político, como ha ocurrido de forma creciente desde el retorno a la democracia. Sino, tal como dicen ellos mismos dicen “tendremos caras nuevas, pero la misma política”.
Por lo anterior, quizás el error más grave –si se puede decir así- es que ellos creen que los líderes de esa nueva generación para “el cambio” total junto a Piñera, se encuentran en las universidades, think tanks, fundaciones y por supuesto en el sector privado.
Es probable que en esos lugares existan buenos elementos que impliquen un aporte importante, pero olvidan que todas esas instituciones han sido piezas claves en el proceso de reproducción, mantención y legitimación de la institucionalidad vigente, que genera exclusión, desafección política y concentración del poder. Es más, son parte constitutiva de ésta.
Olvidan que esos organismos son parte del poder, no sólo estatal, sino también económico y cultural. Es decir, no sólo del poder de lo que consideramos la derecha, sino también de la Concertación, que en cuanto elites, desde el retorno a la democracia en ningún caso han pretendido cambiar tal institucionalidad, sino más bien fortalecer las estructuras que les garantizan un poder sin contrapeso y la mantención de sus privilegios.
Mencionan a Independientes en Red y Giro País como un ejemplo de tales organizaciones independientes, que cumplirían con las nuevas necesidades de cambio. Sin embargo, olvidan que esas organizaciones tienen una clara impronta elitista tanto en su origen como en su patrocinio. Aún cuando pretenden ser independientes del aparataje y las lógicas políticas imperantes, son parte de constitutiva de la hegemonía de éstas.
Por lo tanto, considerando que quienes pretenden los cambios también son –lo quieran o no- parte de la institucionalidad que hay que cambiar, se hace poco creíble para los ciudadanos que –sea quien sea el nuevo presidente- se cumpla el “asegurar un proceso de reclutamiento que entregue garantías de transparencia y privilegie el mérito por sobre el cuoteo y el pituto".
Lo cierto es que la transformación y el cambio dependen de algo mucho más complejo que cambiar al gobernante de turno, dependen de cambiar la institucionalidad vigente, que es donde radican muchos de los vicios de la actual forma de hacer política.
Mientras no cambien las instituciones que reproducen la hegemonía dominante –de la que hacen usufructo la Alianza y la Concertación- en sus diversas dimensiones, es difícil que las lógicas y formas de hacer política se transformen. Peor aún, es difícil que los ciudadanos se sientan atraídos a participar.
Eso es lo que deben saber los ciudadanos para que no les pinten cuentos. Porque en definitiva, lo que los partidarios de Piñera buscan, es negar es que él es y ha sido actor importante de la institucionalidad vigente y de las formas de hacer política, ahora agotadas y desprestigiadas totalmente ante la ciudadanía.
El último incidente durante el velorio de la niña asesinada en un microbus es un nuevo ejemplo de la primacía de esa mala forma de hacer política en el candidato de la derecha, que años atrás ya lo puso en problemas con Evelyn Matthei.
Bajo ningún punto de vista representa una transformación del orden vigente, ni de las formas de hacer política. Es más de lo mismo.

martes, 7 de abril de 2009

Primarias: la democracia instrumentalizada es decepcionante

El domingo quedó claro que cuando la democracia se vuelve un simple instrumento de quienes controlan el poder, pierde sus principios más básicos. No sólo las primarias terminaron pareciendo un adorno para una proclamación ya cocinada a cuatro paredes, sino que Escalona dio ejemplos de lo que es no entender la Política.

En los últimos años, las primarias se han vuelto el talismán para hablar de democracia al interior de las coaliciones y partidos políticos. En el discurso, si no hay primarias, entonces el partido o la coalición no es democrática, sí las hay, entonces todo está bien. Nadie cuestiona.

En principio eso es muy cierto, siempre y cuando la distancia entre las dirigencias en cuanto a sus bases no sea abismante, en todo sentido. Sobre todo en cuanto a permitir que las últimas enarbolen a sus representantes. Más importante aún es que el procedimiento –que es un instrumento- no se vuelva el fin último para justificar las decisiones de los líderes del partido.

En esto es clave la coincidencia de intereses, no sólo para permitir la legitimidad de las dirigencias sino también para asegurar la integridad del partido y el desarrollo de su democracia interna a través de la competencia.

Sin embargo en la práctica, lo cierto es que las primarias se han convertido en el fetiche de una democracia instrumental y ficticia, detrás de la cual se esconde una rígida estructura elitista y clientelar ya sedimentada.

Se han convertido en el mejor instrumento para maquillar la fuerte tendencia oligárquica (La ley de Hierro de la Oligarquía) que han adoptado las dirigencias de los partidos políticos, y para justificar la partidocracia imperante que el sistema político binominal ha creado.

Por lo mismo, se han vuelto el fin en sí mismas, sin considerar cómo se hacen, quiénes pueden participan, qué permiten o por qué y para qué se hacen. Sólo por su convicción y tesón José Antonio Gómez fue el candidato alternativo en la Concertación, pues el campo político de competencia dentro de la coalición ya estaba cerrado para otros, como Marco Enriquez-Ominami, por ejemplo.

En otras palabras, las primarias se han convertido en la ficción, mediante el cual, las elites esconden y perpetúan su dominio excluyente por sobre sus bases.

Como quién asiste a una obra de teatro, las dirigencias preparar sus actos, sus roles y sus libretos, mientras las bases son el público cautivo, cuyo único papel es simular elegir. Eso sí, la obra de teatro puede terminar cuando las elites lo estimen, en el primer acto por ejemplo, aún cuando estaban contemplados otros. Así, con una sola primaria se definió que Frei es el candidato de la Concertación.

Probablemente muchos de los que votaron en las primarias en Rancagua, ya sabían que su voto era sólo una especie de pantalla para proteger la decisión tomada previamente por las dirigencias a cuatro paredes. De esto tampoco escapa la Alianza por si acaso.

Pero lo más grave es que irremediablemente ese maquillaje democrático puede terminar por eliminar de la actividad política sus lógicas y principios más básicos. La actitud de Escalona hacia José Antonio Gómez es un claro ejemplo de ello.

Escalona no pudo esperar a ejercer con dureza su carácter de oligarca de “partido más grande” sobre Gómez. Se salió del papel antes que terminará la obra de teatro, antes de tiempo. Entonces, ejerció su prepotencia sobre quien él considera un cliente, un feudatario, un dependiente. Nunca un correligionario, un compañero, un camarada. Nunca un igual.

Como si fuera un señor de la Querencia cualquiera, no pudo esperar salir de la misa para agarrar a palos a su inquilino por haber cuestionado sus decisiones. Por haber osado pensar que las cosas podían ser y hacerse de otra forma.

Con eso, la política ya está sepultada.

miércoles, 1 de abril de 2009

Liberales: vulgo liberales o conservadores

Lejos una de las palabras más manoseadas en el ideario colectivo actual es la palabra liberal. Todos quieren ser liberales, todos se dicen liberales. Sin embargo, la mayoría no sabe explicar qué entienden realmente por libertad*.

El Liberalismo, como filosofía política, nunca se constituyó como un corpus de ideas establecido de forma concreta y delimitada, sino más bien como un proceso de desarrollo constante de ideas diversas, que iban a la par de los hechos que terminan por estructurar la Modernidad a partir del siglo XVIII.

Lo cierto es que en este sentido, el Liberalismo, desde sus inicios se ha expandido por diversas vertientes y corrientes, que trataremos de explicar brevemente, y que muchas veces parecen colisionar, generando claras contradicciones y pugnas entre quienes se hacen llamar liberales.

En esta reflexión, no se pretende criticar las posiciones que defienden estos diversos sujetos, sino más bien el hecho de que las blinden, protejan o disfracen con la insignia de liberal, para establecer a priori su infalibilidad, simplemente diciendo que ellos son liberales y por lo tanto todo lo que proponen también lo es –aunque sea una patraña antiliberal- y peor aún, sin manejar un concepto específico de lo que es la libertad, ni de los fundamentos filosóficos que usan para tales efectos.

Se podría decir que es una crítica de un escéptico, no del Liberalismo y sus principios generales, sino de su real objetivación en la praxis de los individuos en cuanto doctrina política. En otras palabras, cuando alguien se dice liberal, ya hay que desconfiar. Veremos porque.

Lo concreto es que muchos de los actuales autodenominados liberales (ciertamente vulgo o falsos liberales e incluso conservadores), desconocen estas sutiles -aunque importantísimas- diferencias a la hora de enarbolar ciertos preceptos, defender ciertas ideas políticas o simplemente definirse como liberales de forma clara y diferenciada.

Las reacciones que se podrían generar por parte de algunos son entendibles hasta cierto punto, puesto que nadie quiere que lo despojen de sus discursos y paradigmas –por errados que estén en cuanto al uso que hacen de éstos- ni tampoco nadie quiere quedar como autoritario.

Lo cierto es que muchos de estos vulgo liberales, en cuanto a lo que plantean, son en la mayoría de los casos todo lo contrario a lo que podría ser un liberal en varios sentidos –si es que realmente podemos hablar de la existencia de liberales verdaderos y concretos-.

Esto, debido a que mezclan en diversos debates y discusiones –sin saberlo o cínicamente, pero siempre groseramente- planteamientos y lineamientos que teóricamente son contrapuestos. Es decir, y en palabras muy sencillas, son liberales para algunas cosas y para otras no, incluso en una misma discusión.

Y vaya que esto es complejo porque en definitiva no se puede ser y no ser liberal a la vez. Sin embargo, la mayoría de los autodenominados liberales (vulgo liberal) cumplen a cabalidad con esta dialéctica, sobre todo en términos discursivos y prácticos.

Existen diversas dimensiones en las cuales podemos detectar y desenmascarar un discurso vulgo liberal de este tipo: en cuanto a la defensa de la libertad política; en cuanto a la neutralidad de valores, tanto del Estado como de los individuos; y en cuanto a los límites e idoneidades de la racionalidad.

En cuanto a la defensa de la libertad política
El liberalismo clásico establece que debe existir la máxima libertad política para los sujetos en cuanto al Estado y sus acciones coactivas. Es decir, que deben existir límites a la acción de los gobiernos, los cuales no pueden actuar arbitrariamente en los asuntos privados de los sujetos.

Lo clave en este sentido, es que el Estado y sus agentes no deben actuar autoritaria y despóticamente, y sólo deben limitarse a garantizar los derechos de sus ciudadanos.

Esto sin embargo, como veremos, varía según el concepto de libertad que se defiende y se maneja en ciertos momentos.

Como la mayoría de los vulgo liberales desconocen tales conceptos de libertad a cabalidad, podemos tener vulgo liberales que en términos simples, defienden o toleran la falta de libertad política, es decir justifican la acción arbitraria del Estado sobre los individuos, simplemente porque se garantiza la libertad económica -aunque sea para algunos-. Es decir, pueden llegar a defender regímenes autoritarios, por el simple hecho de que existe libertad económica.

En otros casos, algunos pueden llegar a defender “defensas preventivas” o “defensivas” –que sin embargo son claras acciones coactivas y arbitrarias llevadas a cabo por el Estado y sus organismos- ante riesgos posibles o remotos, aún cuando los criterios para ello sean del todo subjetivos.

En ambos casos, sus posturas son claramente cercanas a posiciones conservadoras, en ningún caso emancipadoras.

En cuanto a la neutralidad de valores
El ideal de tolerancia del liberalismo clásico surge en el contexto de los conflictos originados por la Reforma, con el propósito de generar coexistencia pacífica entre comunidades de creencias religiosas irreconciliables.

Pero dentro de las vertientes del Liberalismo que se desarrollan posteriormente existen planteamientos que difieren en cuanto la existencia de valores superiores y la promoción de una ideal de vida o del bien. Esto también depende del concepto de libertad y tolerancia que se adopte y la lectura que se haga de éstos.

Desde la posición neutralista en cuanto a valores, muchos vulgo liberales promueven un liberalismo utilitarista, que confunden con una mal entendida idea de libertad negativa.

Así, erróneamente y veremos contradictoriamente, creen que la libertad negativa –como no interferencia- implica libertad de cualquier restricción y su concepción de tolerancia en realidad es extraña, pues sólo toleran lo que les es agradable.

Otros vulgo liberales, desde un punto de vista perfeccionista, intentan imponer y establecer la legitimidad y superioridad de ciertos modos de vida por sobre otros.

En ambos casos, se pasa a llevar la autonomía del individuo, y contradicen la lógica de la tolerancia, que reside precisamente en que sea practicada con respecto a lo nos parece pernicioso.

A partir de eso, generan discursos contradictorios como defender una cierta neutralidad de valores en cuanto a ciertas decisiones individuales en ciertos temas, pero simultáneamente asumen otras posiciones no-neutrales en torno a otras áreas donde la autonomía también es clave, como los sistemas de creencia o las ideas.

Esto aún cuando cualquiera que maneja un leve conocimiento acerca del liberalismo clásico, sabe que la libertad religiosa es un elemento constitutivo del ámbito privado de los sujetos y por lo tanto también se le debería aplicar la neutralidad de valores.

Debido a esta falta de rigor, tenemos vulgo liberales que defienden el evolucionismo racionalista, pero simultáneamente acusan de imbéciles a todos los creyentes de diversos credos, debido a un mal entendido ateísmo militante, que raya en los límites del fundamentalismo religioso más virulento.

Es decir, aún cuando hablan de neutralidad de valores, asumen una posición de no neutralidad ante otros sistemas de valores, y asumen que los propios son superiores al resto por lo tanto tratan de imponerlos.

Por lo mismo, proclaman la no interferencia del Estado en ciertos asuntos privados, pero simultáneamente promueven –aunque solapadamente- su intervención en cuanto a otros, por considerarla un modus vivendi inferior, por ejemplo.

En ambos casos, las posturas son claramente intolerantes y no neutrales.

En cuanto a los límites de la racionalidad
Este es quizás el tema que más complejidades genera. ¿Cuáles son los límites y espacios de la racionalidad? ¿Dónde quedan las subjetividades más profundas de los sujetos? ¿Qué papel juega la experiencia?

Aquí se aprecia con más claridad las diferencias entre los diversos “liberales”. La diferencias en cuanto al valor y la utilidad de los procesos sociales espontáneos o no planeados frente a los procesos diseñados y planeados es clave.

Mientras unos asumen una idea totalizante de la racionalidad en cuanto a las relaciones entre los individuos, sobre todo en cuanto a la racionalidad económica; otros valoran la experiencia y plantean la necesidad de tomar en cuenta las subjetividades de los sujetos.

Así, muchos de los actuales vulgo liberales, sin saberlo, están en posiciones cercanas al racionalismo constructivista –el marxismo y otras vertientes ideológicas también tiene de aquello-que deben sus bases a planteamientos originados en la ilustración francesa, que tienen una clara posición liberal de carácter teleológico.

Aquellos que asumen una idea totalizante de la racionalidad, tienen la concepción de que el orden social puede ser pensado y constituido racionalmente en un período determinado a partir de una racionalidad superior. Por lo tanto, tampoco es extraño que asuman una posición de superioridad y constantemente hablen de los “elegidos”, de iluminar las mentes de los ignorantes y los creyentes, defendiendo la legitimidad de las mentes superiores, con capacidad y formación a decidir en nombre de y para toda la sociedad. O sea, son caudillistas.

Esto claramente los lleva a plantear lógicas que corresponden a métodos de clara planificación aunque simultáneamente hablan de defender las lógicas de ensayo-error.

Así, los mismos critican la idea de orden espontáneo por considerarlo una idea irracional en cierto modo, pero contradictoriamente defienden la idea de mano invisible de Adam Smith. Lo cierto es que Smith basa su idea de mano invisible en dicho paradigma.

No es extraño entonces que al desconfigurar el discurso de los vulgo liberales, nos encontremos con que algunos –y esto sin juicio de valor- son claramente cercanos a posiciones socialdemócratas, otros en algunos casos incluso están en el límite del totalitarismo intolerante (ya sea de izquierdas o derecha), y otros son claramente conservadores en cuanto a la contraposición entre modernidad y tradición, modos de vida y sistemas de valores –cuestión compleja por lo demás en algunos aspectos-. Todo esto, claramente va variando según los temas que aborden.

Lo único que podemos concluir es que no existe el verdadero liberal. Cuando alguien se dice liberal, ya hay que empezar a desconfiar.
*Los diversos conceptos de libertad no serán explicados para hacer más interesante el debate y reflejar lo explicado en el artículo.

jueves, 12 de marzo de 2009

La Democracia idiota y la Utopía irrenunciable

La democracia instrumental sin un sustento práctico tiene el riesgo de constituirse como una democracia idiota –usando el término griego- donde el único interés en lo público, de una gran parte de los individuos, es acudir casi por inercia a las urnas cada cuatro años.

Las últimas elecciones –y probablemente también las presidenciales de este año- han demostrado que no sólo los ciudadanos más jóvenes en edad de votar, sino también una fracción importante de los más adultos, parecen no interesarse en lo más mínimo en los asuntos públicos, en las decisiones que los gobernantes toman o en quienes gobiernan.

Las diversas causas y efectos de ésta notoria desafección ya han sido mencionados en diversos artículos: creciente distanciamiento entre las bases partidarias y las elites dirigentes, disminución de la representatividad política del sistema electoral, falta de competencia política, disminución de la participación ciudadana, reducción y cooptación del campo político por parte de sectores reducidos, y perdida de legitimidad de los gobiernos y del régimen político.

Pero existen otros dos factores, tanto o más importantes que los anteriores, que juegan un rol esencial en cuanto al desarrollo de este fenómeno:

La despolitización de la política -en sentido de Hannah Arendt- y la apolitización de los individuos como una forma de ideología política.

La despolitización de la Política implica la supresión de la deliberación, del ágora, como aspecto esencial y constitutivo de ésta, lo que da paso a su negación, a una política sin contenido, donde los individuos -otrora ciudadanos (entendidos como aquellos miembros de una comunidad política, que cuentan con el derecho y la disposición de participar inclusiva, pacífica y responsablemente, con el objetivo de optimizar el bienestar público)- se convierten en receptores pasivos de productos políticos vacíos.

Así entonces, se produce la apolitización de los sujetos, que consiste en su irracionalidad en cuanto zoon politikon. Sus decisiones –reducidas y parcializadas a decisiones electorales- pierden todo carácter racional y se tornan viscerales.

Eso se ve reflejado en que a nivel de oferta política, el “mercado” de ideas y proyectos políticos se empobrece, se reduce y simplifica al máximo, mientras las alusiones a la imagen y simpatía del candidato –que se tornan tránsfugas- se vuelven la clave de la decisión política de los votantes.

La apolitización se ha sustentado en base a los medios de comunicación masiva y a un sistema de educación –público y privado- que ha eliminado la función de la educación como institución clave para el sustento de una democracia saludable y de cualquier proyecto político.

Los primeros se han convertido en un instrumento de subinformación y desinformación (Sartori) a base de un manejo de la información a favor de lo escandaloso o sensacionalista (Bourdieu), despolitizando el contenido de la información y con ello a los sujetos, eliminando la reflexión de éstos acerca de la sociedad.

Lo anterior ha contribuido a la eliminación de cualquier noción de conflicto o polémica en cuanto relaciones sociales, en desmedro de cualquier intento de análisis de la realidad social compleja.
El sistema educacional por otro lado, ha sido desligado casi totalmente de su función de formar ciudadanos, y se ha centrado exclusivamente -en base a las lógicas de la división del trabajo- en formar sujetos aptos para responder a las demandas del aparato productivo. Sin embargo, esto ha implicado su reducción y aislamiento a dichas funciones específicas, atomizándolos y alienándolos en tanto miembros de una comunidad política.

Se constituye así una neutralidad política mal entendida que se traduce en apatía política y en la reducción de la política a procedimientos como el voto o las encuestas de opinión.

El “ex ciudadano” entonces se vuelve un idiota, que sin ideología, ni una base ni preferencia política, ni con la capacidad de debatir e intercambiar ideas, decide los asuntos públicos simplemente en base a cuánto se estimulan sus sentidos más inmediatos por medio del marketing.

Lo cierto es que la democracia no se compone sólo de procedimientos e instituciones sino que su base esencial se constituye en torno a individuos dialogantes, interesados y participes de los asuntos públicos.

Cualquier sistema jurídico, político y económico, y en definitiva social, depende de sus componentes particulares, implicados en su funcionamiento y preservación. “No habrá constitución ni instituciones públicas, por justas que sean, capaces de ejercer eficientemente el control social y de mantener el Estado de derecho sin la voluntaria cooperación de una ciudadanía consciente” (Salmerón, 2006; 60).

En otras palabras, y considerando los índices de desafección, la democracia chilena estaría sustentándose en un futuro no muy lejano en nada más ni nada menos que en idiotas, en el sentido estrictamente griego.

La democracia chilena se está enfermando paulatina y solapadamente ante la vista y paciencia de parte importante de las clases políticas, sobre todo sus elites, que parecen no notarlo o hacer vista gorda a fenómenos que denotan los inicios de una crisis de representatividad futura.

La utopía irrenunciable es cambiar todo lo anterior y lograr que los ciudadanos se vuelvan parte de la polis, que el ágora se reconstituya como un espacio público abierto para todos, y no cooptado sólo por algunos.

Que la democracia sea tal, y no una ilusión donde se esconde su paulatina desaparición.