Mostrando entradas con la etiqueta coaliciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta coaliciones. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de mayo de 2009

La Coalición para el Cambio o la Concertación de Piñera

El traspaso de ex líderes concertacionistas a la llamada la Coalición por el Cambio, parece el desarrollo de una nueva Concertación para Piñera, pero no para el cambio.
En el fragor de una batalla naval, la pugna por los liderazgos se acentúa tanto que algunos líderes comienzan a perder fuerza, entonces se suicidan tirándose -o los lanzan- al mar con tiburones, otros siguen peleando sus posiciones internas y otros -si es posible- buscan escapar y abordar otros buques cercanos, pero menos llenos, para poder ejercer ahí el liderazgo perdido.
Pero en muchos casos, a estos últimos, la marea y la batalla no los llevan a ningún lado. Quedan a la deriva, sólo mandando a unos cuantos marineros fieles en sus pequeños botes, mientras los barcos grandes -desde donde siguen cayendo algunos marineros y otros también escapan en sus pequeños botes improvisados- continúan controlando el alta mar y la batalla.
La única opción que les queda a los capitanes venidos a menos, es que algún buque grande los rescate y los acoja para seguir en combate. Da lo mismo cuál sea, pues la batalla la siguen controlando los buques más grandes.
La metáfora naval es muy similar a lo que está ocurriendo con la inclusión del fundador de Chile Primero, Fernando Flores, y de su secretario, Jorge Schaulsohn, a la nueva coalición que constituirán RN, la UDI.
Ambos -como capitanes venidos a menos- no lograron fortalecer sus liderazgos dentro de la Concertación -el barco atestado de marineros- y se lanzaron al mar (el campo político), en pequeños botes (Chile Primero) para mantener sus cuotas de poder, al igual que otros en sus pequeños botes (MAS, PRI).
Sin embargo, al igual que los buques grandes en la batalla naval, la Alianza y la Concertación siguen controlando el alta mar y la batalla (el campo político), por lo que los mantenían a la deriva, sin saber dónde ir.
Más allá de metáforas navales, lo claro es que esta inclusión refleja un detalle no menor en la constitución de la nueva Coalición por el Cambio: el claro traspaso de antiguos e históricos líderes de la Concertación a una nueva agrupación partidaria. Una clara ironía si hablamos de pretensiones de cambio y renovación.
Surgen irremediablemente preguntas como:
¿Qué será lo nuevo que harán, que no hayan hecho en la Concertación?
¿Por qué llamar Coalición por el cambio a una agrupación que desde su génesis ya está incluyendo a líderes que hasta hace muy poco aún estaban en la coalición competidora?
¿Podrá cambiar y mejorar la política con actitudes como la de Fernando Flores en CNN?
La situación más bien parece un reacomodo utilitario de los mismos actores políticos de siempre en torno a nuevos posibles nichos de poder, pero no para generar cambios en su base constituyente, menos para incluir a nuevos miembros. La lógica de las elites sigue siendo la misma.
Es decir, los marineros rescatados se suben al barco no para transformarlo sino que para poder seguir mandando a otros y estar en el centro de la batalla nuevamente, y así, en una de esas, ganarse alguna medalla...
Lo cierto es que la nueva Coalición por el Cambio parece una versión 2.0 de la Concertación de Partidos por la Democracia de inicios de los noventa.
Al igual que esa coalición en sus inicios -que incluía a diversos partidos y organizaciones- la naciente concertación de Piñera incluye -además de ChilePrimero, la UDI y RN- al Movimiento Humanista Cristiano, la Fuerza del Norte y a grupos independientes.
Veremos cuánto aguantan éstos marineros más pequeños en este nuevo barco, antes de verse en el dilema de saltar al mar del olvido o lanzarse con un bote en busca de sus propios espacios.
¿Coalición por el Cambio o Concertación para Piñera?

viernes, 24 de abril de 2009

La Hegemonía que hay que vencer

Tanto la Concertación como la Alianza pretenden enarbolar un discurso de “novedad y cambio” a todo nivel en cuanto a sus candidatos presidenciales, aún cuando en términos concretos ambos son parte de la elite de la hegemonía dominante que no pretende cambiar nada.

Las coaliciones hegemónicas se están viendo obligadas a diferenciarse cada día más ante la ciudadanía para mantener ese espejismo democrático sustentado en el sistema electoral binominal. Sin embargo en ese proceso están demostrando que son profundamente parecidas y no representan alternativas distintas.

Tanto Piñera como Frei han planteado incluir “rostros nuevos” en sus campañas y en sus eventuales gobiernos, con el objeto de “renovar las formas y prácticas políticas”. La idea de fondo en todo esto es mostrarse como una universalidad no excluyente, cuestión clave para hablar de una pretensión de hegemonía. Más aún si consideramos que tal como plantea Laclau, una formación hegemónica incluye a lo que se le opone, y que esto último acepta el sistema de articulaciones (modos y prácticas) que impone dicha formación.

Por lo mismo, esta “inclusión” es sólo un maquillaje para ocultar un hecho cada vez más claro: Los miembros de la clase política, estructurada en torno a la hegemonía dominante, están más envejecidos, faltos de proyectos políticos y ensimismados en el poder. En definitiva están cada vez más oligarcas.

Peor aún, dicho adorno sirve para ocultar que las formas y prácticas políticas imperantes –como el cuoteo político a destajo y la partidocracia- que tanto desprestigio ha traído a la actividad política e ineficiencia y corrupción al Estado, no cambiarán en nada, sea quien sea el presidente y sus asesores.

Y no cambiarán en nada mientras la institucionalidad que las sustenta no cambie. Es decir, mientras parte de la hegemonía dominante no cambie. En otras palabras mientras no se articule un cambio que desamarre el universo político, reducido a campo electoral.

Por eso da lo mismo si llega uno u otro candidato -que no pretende cambiar el orden institucional- pues el cierre del universo político y las malas prácticas que eso conlleva, seguirán porque son esos marcos de acción los que dan la pauta para tal modus operandi de los individuos. No considerar esto es creer ilusamente que hay personas buenas un ciento por ciento en un lado y malas en otro en términos polares absolutos.

Lo cierto es que las personas siguen siendo imperfectas, mientras que las instituciones son las perfectibles. Ya lo decía Montesquieu.

La hegemonía dominante es amplia, cubre casi todos los espacios sociales, públicos e individuales de forma oculta.

Sin embargo, podemos verla objetivada en instituciones formales como la Constitución Política, el sistema electoral, algunos partidos políticos, el sistema educacional, los medios de comunicación, etc. Y también en instituciones informales como la falta de sentido comunitario –y todo lo que ello conlleva-, la desafección política y la sociedad civil débil.

Todas siguen reproduciéndola y haciéndola legítima. Naturalizándola como si fuera un orden previo.

Es a través de estos aparatos que se establece desde arriba lo legítimo a discutir y proponer, se construyen –o más bien impone y crean- los intereses de los ciudadanos y se moldean las voluntades colectivas (individuales). Siempre dentro de los límites que la propia hegemonía permite, nunca más allá.

En definitiva, es a través de estos aparatos que se imponen las alternativas a la ciudadanía, que al igual que los habitantes de una aldea aislada, no conocen otra forma ni modo de pensar el mundo, más allá del que los jerarcas de turno les permiten.

La primera tarea de los ciudadanos para romper con la hegemonía es ver que hay y pueden crear sus propias alternativas. Sus propias hegemonías echarlas a competir. Esa es la verdadera esencia de la Política.

jueves, 4 de diciembre de 2008

La vuelta de los tres tercios

Los partidos políticos hegemónicos y la rigidez del sistema electoral de dos coaliciones están chocando con la mayor y creciente pluralidad del electorado y la necesidad de esté de tener más alternativas desde donde elegir.
El anunció de Ricardo Lagos, de que ya no es ni ha sido candidato a la presidencia –nunca lo fue probablemente- no sólo ha puesto fin a una serie de especulaciones y tiras y aflojas entre las directivas del PPD y el PS, sino que ha vuelto aún más incierto el escenario pre-presidencial en términos generales, sobre todo para las directivas partidarias, al dejar en claro que no existe un liderazgo que aúne a una coalición debilitada.

En este sentido, la dirección del PPD, sin candidato “propio”, en una lógica centrípeta, queda entonces obligadamente a disposición de cualquier otro partido de la coalición que levante una opción presidencial. Todo sea por mantener la coalición.
Hasta el momento, las opciones para Pepe Auth son Frei en la DC, Gómez en el PRSD, Insulza en el PS, aún cuando esté último –al igual que Lagos- es de alto riesgo en cuanto a bajar sus pretensiones presidenciales.

Como la atomización y la entropía son mayores, existen opciones que claramente tienen la creciente posibilidad de convertirse -desde dentro o fuera de las coaliciones- en actores de veto en el sistema político. Es decir, de romper la lógica de dos coaliciones.
Es el caso de Jorge Arrate, quien ya acordó con Jorge Tellier (PC) suscribir la conformación de una nueva opción política. Es decir, la constitución de un nuevo conglomerado que podría escindir a la Concertación, y a la cual podrían sumarse otros actores políticos y sociales.
También es el caso de Chile Primero, Alejandro Navarro, e incluso de Leonardo Farkas (aunque algunos no lo tomen en serio, es un outsider que puede llegar a convertirse en una especie de catch all).
En este sentido, la poca diferencia que implica la Alianza en cuanto a la Concertación en cuanto a la ciudadanía, y la notoria debilidad constitutiva de la segunda, está generando tres fenómenos esenciales:
  1. Una concentración del poder por parte de las elites dirigentes de diversos partidos, un acto desesperado por mantener a la coalición a base de las disciplinas y adhesiones partidarias.
  2. El surgimiento de crecientes disidencias internas, que sin llamar a la ruptura total, plantean la construcción de una alternativa política que incluya a sectores excluidos y autoexcluidos de la política, en clara contraposición a las dos coaliciones hegemónicas.
  3. Una sensación de ambigüedad generalizada en cuanto al campo político, que el electorado traduce como agotamiento de la clase política, concentrada en ambas coaliciones, y que se ve reflejada en un distanciamiento con respecto a los partidos como órganos representantes.
Mientras el sistema electoral binominal fuerza la representación política en torno a dos coaliciones partidarias, simultáneamente está generando altos niveles de desafección política, bajos niveles de votación y fenómenos como el apoyo ciudadano a Leonardo Farkas.
En este sentido, el caso de Leonardo Farkas, que corresponde claramente a la llegada de un actor no político (un outsider) al campo político, indica una crisis del sistema de representación basada en los partidos políticos.
La anquilosada lógica dual de coaliciones -una de derecha y otra de centro izquierda y funcional en los inicios de la transición- comienza a agotarse y romperse paulatinamente a nivel informal (hecho que se refleja en la atomización interna de las opciones presidenciales y los bajos niveles de adherencia electoral) debido a las transformaciones que el propio electorado ha ido sufriendo en cuanto al promedio de edad de los votantes, la baja adhesión electoral de los jóvenes, etc, lo que implica una reconfiguración del escenario político donde probablemente se constituyan nuevamente tres tercios con el surgimiento de una nueva alternativa política.