martes, 28 de abril de 2009

El mundo ante dos pandemias ¿A qué enfermo salvarán primero los gobiernos?

La llegada de la influenza de origen porcino no sólo se pone en riesgo la vida de muchas personas en todo el orbe, sino que podría agravar el estado de salud de otro enfermo, la economía mundial.

El 2009 el mundo entero ya estaba viviendo la fase 6 de un pandemia a nivel económico. Los mercados financieros internacionales ya contagiados por la crisis entraban de lleno en el inicio de una recesión de la que ya no podría salir fácilmente y comenzaban a contagiar otros ámbitos de la economía.

Los costos sociales rápidamente se expandieron por todo el planeta, afectando a casi todos, pero sobre todo a los más vulnerables, ancianos y niños.

No había fórmulas mágicas para revertir la situación y sólo se podían tomar algunas medidas paliativas para hacer el proceso algo menos molesto, hasta que el problema pasará.

Los especialistas de siempre, se tragaban su soberbia, y sólo se quedaban atónitos tratando de entender qué pasaba.

Al igual que las crisis económicas, las pandemias de gripe son fenómenos cíclicos pero habituales, que afectan a número significativo de personas, y que "para variar" perjudican a los más vulnerables.

Lo que no es habitual es que una pandemia económica coincida con una sanitaria en un espacio de tiempo. De ocurrir eso, el escenario se torna más que incierto.

Según la OMS “en el siglo XX se produjeron tres pandemias: la de 1918, que provocó unos 40 millones de muertes, la de 1957, en la que murieron más de dos millones de personas, y la de 1968, con cerca de un millón de víctimas", señala la OMS”.

Lo cierto es que ninguna ha coincidido con una pandemia económica de proporciones.

Sin crisis mundial, el Síndrome Respiratorio Agudo y Grave (SARS) que afectó Asia en 2003 infectando a unas 8 mil personas en el mundo y matando a unas 800, generó perdidas por más de 18 mil millones de dólares. No por la enfermedad en sí, sino más bien por las medidas que tomaban las personas para evitar el contagio.

Sin escenario de crisis económica mundial, durante la Gripe Aviar, se pronosticaban pérdidas superiores a los 800 mil millones de dólares y la muerte de 7 millones de personas.

A diferencia de los casos anteriores, el escenario actual donde surge la pandemia de influenza es claramente más complejo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) teme que las pérdidas totales por la crisis financiera mundial surgida en Estados Unidos asciendan a más de cuatro billones de dólares (3,09 billones de euros). Eso sin considerar que las condiciones económicas y de vida de las personas -no de los ejecutivos de Wall Street- están muy afectadas.

Ahí radica el foco del problema, al unirse una pandemia económica a una viral en un mismo espacio de tiempo. Las condiciones económicas dañadas de las personas, alteran las condiciones de vida de éstas, y se vuelven la base para que la enfermedad biológica sea más devastadora y se expanda más rápido.

Veamos algunos ejemplos simples:

¿Dónde han ido las personas que dejaron sus casas por no poder pagarlas?

A casas más pequeñas, o a las casas de amigos o familiares. Quizás han rentado apartamentos pequeños. Es decir, probablemente en algunos casos se han producido claras condiciones de hacinamiento que son perfectas para expandir una enfermedad.

¿Qué pasa si ya no puedo pagar un médico particular o un servicio privado de salud, porque ya no tengo empleo?

Claramente, la opción es asistir a un sistema de salud público ineficiente en muchos casos y aguardar en la atestada sala de espera, hasta que lo atiendan (sí es que lo atienden). Otra vez, una clara condición de hacinamiento, donde el contagio es más que seguro.

A esto se suma que tampoco podría acceder a medicamentos o vacunas porque no alcanza el dinero.

¿Qué pasa si tuve que vender mi auto para pagar deudas pues perdí mi trabajo?

Tomando en cuenta que en Chile un 74% de los hogares chilenos NO tiene auto. Pues la opción es viajar en el transporte público, que va atestado de personas y en algunos casos, como el Metro, no tiene buenos sistemas de ventilación, generando un micro clima, mezcla de sudor, hedor y vapores, muy apto para la propagación y mantenimiento de un virus.

Según algunos los expertos, una pandemia de gripe de este tipo, podría costar a las economías unos US$3 millones de millones. Eso para no exagerar.

Entonces ¿Qué efectos podría tener realmente el desarrollo de una pandemia sanitaria en un contexto de crisis económica mundial?

La respuesta es difícil e incluso apresurada. Pero claramente se pone a prueba la máxima capacidad de respuesta -a todo nivel- de los gobiernos. Sobre todo su capacidad de generar confianza y evitar el pánico, pues un escenario como el actual se presta para confundir prioridades y generar el caos.

¿A qué enfermo salvarán primero los gobiernos?

viernes, 24 de abril de 2009

La Hegemonía que hay que vencer

Tanto la Concertación como la Alianza pretenden enarbolar un discurso de “novedad y cambio” a todo nivel en cuanto a sus candidatos presidenciales, aún cuando en términos concretos ambos son parte de la elite de la hegemonía dominante que no pretende cambiar nada.

Las coaliciones hegemónicas se están viendo obligadas a diferenciarse cada día más ante la ciudadanía para mantener ese espejismo democrático sustentado en el sistema electoral binominal. Sin embargo en ese proceso están demostrando que son profundamente parecidas y no representan alternativas distintas.

Tanto Piñera como Frei han planteado incluir “rostros nuevos” en sus campañas y en sus eventuales gobiernos, con el objeto de “renovar las formas y prácticas políticas”. La idea de fondo en todo esto es mostrarse como una universalidad no excluyente, cuestión clave para hablar de una pretensión de hegemonía. Más aún si consideramos que tal como plantea Laclau, una formación hegemónica incluye a lo que se le opone, y que esto último acepta el sistema de articulaciones (modos y prácticas) que impone dicha formación.

Por lo mismo, esta “inclusión” es sólo un maquillaje para ocultar un hecho cada vez más claro: Los miembros de la clase política, estructurada en torno a la hegemonía dominante, están más envejecidos, faltos de proyectos políticos y ensimismados en el poder. En definitiva están cada vez más oligarcas.

Peor aún, dicho adorno sirve para ocultar que las formas y prácticas políticas imperantes –como el cuoteo político a destajo y la partidocracia- que tanto desprestigio ha traído a la actividad política e ineficiencia y corrupción al Estado, no cambiarán en nada, sea quien sea el presidente y sus asesores.

Y no cambiarán en nada mientras la institucionalidad que las sustenta no cambie. Es decir, mientras parte de la hegemonía dominante no cambie. En otras palabras mientras no se articule un cambio que desamarre el universo político, reducido a campo electoral.

Por eso da lo mismo si llega uno u otro candidato -que no pretende cambiar el orden institucional- pues el cierre del universo político y las malas prácticas que eso conlleva, seguirán porque son esos marcos de acción los que dan la pauta para tal modus operandi de los individuos. No considerar esto es creer ilusamente que hay personas buenas un ciento por ciento en un lado y malas en otro en términos polares absolutos.

Lo cierto es que las personas siguen siendo imperfectas, mientras que las instituciones son las perfectibles. Ya lo decía Montesquieu.

La hegemonía dominante es amplia, cubre casi todos los espacios sociales, públicos e individuales de forma oculta.

Sin embargo, podemos verla objetivada en instituciones formales como la Constitución Política, el sistema electoral, algunos partidos políticos, el sistema educacional, los medios de comunicación, etc. Y también en instituciones informales como la falta de sentido comunitario –y todo lo que ello conlleva-, la desafección política y la sociedad civil débil.

Todas siguen reproduciéndola y haciéndola legítima. Naturalizándola como si fuera un orden previo.

Es a través de estos aparatos que se establece desde arriba lo legítimo a discutir y proponer, se construyen –o más bien impone y crean- los intereses de los ciudadanos y se moldean las voluntades colectivas (individuales). Siempre dentro de los límites que la propia hegemonía permite, nunca más allá.

En definitiva, es a través de estos aparatos que se imponen las alternativas a la ciudadanía, que al igual que los habitantes de una aldea aislada, no conocen otra forma ni modo de pensar el mundo, más allá del que los jerarcas de turno les permiten.

La primera tarea de los ciudadanos para romper con la hegemonía es ver que hay y pueden crear sus propias alternativas. Sus propias hegemonías echarlas a competir. Esa es la verdadera esencia de la Política.

miércoles, 15 de abril de 2009

Con Piñera tampoco llega la virtud política

En un artículo publicado en Revista Qué Pasa, Juan Carlos Jobet, Hernán Larraín Matte y Cristóbal Bellolio, plantean que un triunfo de la Alianza exige cambiar la vieja forma de hacer política. Sin embargo, el último incidente durante el velorio de la niña asesinada en un microbus es un nuevo ejemplo de lo arraigada que está esa manera de hacer política en el candidato de la derecha.
Aprovechando el claro desgaste de la coalición gobernante, en el último tiempo los partidarios del candidato de la derecha han pretendido construir alrededor de éste un discurso que lo ligue con la idea de renovación política.
A través de éste pretenden decirle a la ciudadanía que la transformación de la política –y de Chile en definitiva- en su totalidad depende del cambio de gobernantes, de transformar las formas de hacer política y sobre todo de la inclusión de una nueva generación de líderes jóvenes. En ningún caso sin embargo, se habla de cambiar un ápice la institucionalidad vigente.
Jobet, Matte y Bellolio dicen que “la Alianza sigue liderada hoy por los mismos que durante más de 20 años han conformado una tenaz oposición” y que por lo tanto, Piñera debería abrir espacios a los jóvenes.
Sin embargo, si consideramos que lo mismo ocurre en la Concertación y que en conjunto ambas coaliciones se han convertido en 20 años en una elite política envejecida y profundamente relacionada en términos económicos, incluso homogénea.
Entonces ¿Por qué creer que Piñera –que es parte de esa elite- permitiría la inclusión real de nuevos elementos, haciendo caso omiso a la presión de sus propias filas?
Según Jobet, Matte y Bellolio, el escenario es propicio para tal efecto, puesto que “no es casualidad que el promedio de edad de nuestra población sea de 31 años, los mismos que apenas llegaban a los 10 para el plebiscito de 1988. Esta generación representa al Chile de hoy”. Sin embargo, olvidan que un porcentaje importante de esa generación no vota en parte porque la institucionalidad, el sistema político, sus partidos y actores hegemónicos no los representan en nada y tampoco los incluyen en la toma de decisiones.
Por lo tanto, y contrario a lo que dicen en el artículo, en cuanto a que lo primero que debiera hacerse si Piñera gana “es atraer a la gente que no le gusta la actual forma de hacer política, pero que está dispuesta a entrar para cambiarla”, lo primero que se debe hacer –sea quien sea el que gane- es cambiar la institucionalidad para permitir la entrada de nuevos actores que cambien realmente la política.
Sólo así se evita que se vean obligados a clientelizar su actuar, para lograr un espacio en el universo político, como ha ocurrido de forma creciente desde el retorno a la democracia. Sino, tal como dicen ellos mismos dicen “tendremos caras nuevas, pero la misma política”.
Por lo anterior, quizás el error más grave –si se puede decir así- es que ellos creen que los líderes de esa nueva generación para “el cambio” total junto a Piñera, se encuentran en las universidades, think tanks, fundaciones y por supuesto en el sector privado.
Es probable que en esos lugares existan buenos elementos que impliquen un aporte importante, pero olvidan que todas esas instituciones han sido piezas claves en el proceso de reproducción, mantención y legitimación de la institucionalidad vigente, que genera exclusión, desafección política y concentración del poder. Es más, son parte constitutiva de ésta.
Olvidan que esos organismos son parte del poder, no sólo estatal, sino también económico y cultural. Es decir, no sólo del poder de lo que consideramos la derecha, sino también de la Concertación, que en cuanto elites, desde el retorno a la democracia en ningún caso han pretendido cambiar tal institucionalidad, sino más bien fortalecer las estructuras que les garantizan un poder sin contrapeso y la mantención de sus privilegios.
Mencionan a Independientes en Red y Giro País como un ejemplo de tales organizaciones independientes, que cumplirían con las nuevas necesidades de cambio. Sin embargo, olvidan que esas organizaciones tienen una clara impronta elitista tanto en su origen como en su patrocinio. Aún cuando pretenden ser independientes del aparataje y las lógicas políticas imperantes, son parte de constitutiva de la hegemonía de éstas.
Por lo tanto, considerando que quienes pretenden los cambios también son –lo quieran o no- parte de la institucionalidad que hay que cambiar, se hace poco creíble para los ciudadanos que –sea quien sea el nuevo presidente- se cumpla el “asegurar un proceso de reclutamiento que entregue garantías de transparencia y privilegie el mérito por sobre el cuoteo y el pituto".
Lo cierto es que la transformación y el cambio dependen de algo mucho más complejo que cambiar al gobernante de turno, dependen de cambiar la institucionalidad vigente, que es donde radican muchos de los vicios de la actual forma de hacer política.
Mientras no cambien las instituciones que reproducen la hegemonía dominante –de la que hacen usufructo la Alianza y la Concertación- en sus diversas dimensiones, es difícil que las lógicas y formas de hacer política se transformen. Peor aún, es difícil que los ciudadanos se sientan atraídos a participar.
Eso es lo que deben saber los ciudadanos para que no les pinten cuentos. Porque en definitiva, lo que los partidarios de Piñera buscan, es negar es que él es y ha sido actor importante de la institucionalidad vigente y de las formas de hacer política, ahora agotadas y desprestigiadas totalmente ante la ciudadanía.
El último incidente durante el velorio de la niña asesinada en un microbus es un nuevo ejemplo de la primacía de esa mala forma de hacer política en el candidato de la derecha, que años atrás ya lo puso en problemas con Evelyn Matthei.
Bajo ningún punto de vista representa una transformación del orden vigente, ni de las formas de hacer política. Es más de lo mismo.

martes, 7 de abril de 2009

Primarias: la democracia instrumentalizada es decepcionante

El domingo quedó claro que cuando la democracia se vuelve un simple instrumento de quienes controlan el poder, pierde sus principios más básicos. No sólo las primarias terminaron pareciendo un adorno para una proclamación ya cocinada a cuatro paredes, sino que Escalona dio ejemplos de lo que es no entender la Política.

En los últimos años, las primarias se han vuelto el talismán para hablar de democracia al interior de las coaliciones y partidos políticos. En el discurso, si no hay primarias, entonces el partido o la coalición no es democrática, sí las hay, entonces todo está bien. Nadie cuestiona.

En principio eso es muy cierto, siempre y cuando la distancia entre las dirigencias en cuanto a sus bases no sea abismante, en todo sentido. Sobre todo en cuanto a permitir que las últimas enarbolen a sus representantes. Más importante aún es que el procedimiento –que es un instrumento- no se vuelva el fin último para justificar las decisiones de los líderes del partido.

En esto es clave la coincidencia de intereses, no sólo para permitir la legitimidad de las dirigencias sino también para asegurar la integridad del partido y el desarrollo de su democracia interna a través de la competencia.

Sin embargo en la práctica, lo cierto es que las primarias se han convertido en el fetiche de una democracia instrumental y ficticia, detrás de la cual se esconde una rígida estructura elitista y clientelar ya sedimentada.

Se han convertido en el mejor instrumento para maquillar la fuerte tendencia oligárquica (La ley de Hierro de la Oligarquía) que han adoptado las dirigencias de los partidos políticos, y para justificar la partidocracia imperante que el sistema político binominal ha creado.

Por lo mismo, se han vuelto el fin en sí mismas, sin considerar cómo se hacen, quiénes pueden participan, qué permiten o por qué y para qué se hacen. Sólo por su convicción y tesón José Antonio Gómez fue el candidato alternativo en la Concertación, pues el campo político de competencia dentro de la coalición ya estaba cerrado para otros, como Marco Enriquez-Ominami, por ejemplo.

En otras palabras, las primarias se han convertido en la ficción, mediante el cual, las elites esconden y perpetúan su dominio excluyente por sobre sus bases.

Como quién asiste a una obra de teatro, las dirigencias preparar sus actos, sus roles y sus libretos, mientras las bases son el público cautivo, cuyo único papel es simular elegir. Eso sí, la obra de teatro puede terminar cuando las elites lo estimen, en el primer acto por ejemplo, aún cuando estaban contemplados otros. Así, con una sola primaria se definió que Frei es el candidato de la Concertación.

Probablemente muchos de los que votaron en las primarias en Rancagua, ya sabían que su voto era sólo una especie de pantalla para proteger la decisión tomada previamente por las dirigencias a cuatro paredes. De esto tampoco escapa la Alianza por si acaso.

Pero lo más grave es que irremediablemente ese maquillaje democrático puede terminar por eliminar de la actividad política sus lógicas y principios más básicos. La actitud de Escalona hacia José Antonio Gómez es un claro ejemplo de ello.

Escalona no pudo esperar a ejercer con dureza su carácter de oligarca de “partido más grande” sobre Gómez. Se salió del papel antes que terminará la obra de teatro, antes de tiempo. Entonces, ejerció su prepotencia sobre quien él considera un cliente, un feudatario, un dependiente. Nunca un correligionario, un compañero, un camarada. Nunca un igual.

Como si fuera un señor de la Querencia cualquiera, no pudo esperar salir de la misa para agarrar a palos a su inquilino por haber cuestionado sus decisiones. Por haber osado pensar que las cosas podían ser y hacerse de otra forma.

Con eso, la política ya está sepultada.

miércoles, 1 de abril de 2009

Liberales: vulgo liberales o conservadores

Lejos una de las palabras más manoseadas en el ideario colectivo actual es la palabra liberal. Todos quieren ser liberales, todos se dicen liberales. Sin embargo, la mayoría no sabe explicar qué entienden realmente por libertad*.

El Liberalismo, como filosofía política, nunca se constituyó como un corpus de ideas establecido de forma concreta y delimitada, sino más bien como un proceso de desarrollo constante de ideas diversas, que iban a la par de los hechos que terminan por estructurar la Modernidad a partir del siglo XVIII.

Lo cierto es que en este sentido, el Liberalismo, desde sus inicios se ha expandido por diversas vertientes y corrientes, que trataremos de explicar brevemente, y que muchas veces parecen colisionar, generando claras contradicciones y pugnas entre quienes se hacen llamar liberales.

En esta reflexión, no se pretende criticar las posiciones que defienden estos diversos sujetos, sino más bien el hecho de que las blinden, protejan o disfracen con la insignia de liberal, para establecer a priori su infalibilidad, simplemente diciendo que ellos son liberales y por lo tanto todo lo que proponen también lo es –aunque sea una patraña antiliberal- y peor aún, sin manejar un concepto específico de lo que es la libertad, ni de los fundamentos filosóficos que usan para tales efectos.

Se podría decir que es una crítica de un escéptico, no del Liberalismo y sus principios generales, sino de su real objetivación en la praxis de los individuos en cuanto doctrina política. En otras palabras, cuando alguien se dice liberal, ya hay que desconfiar. Veremos porque.

Lo concreto es que muchos de los actuales autodenominados liberales (ciertamente vulgo o falsos liberales e incluso conservadores), desconocen estas sutiles -aunque importantísimas- diferencias a la hora de enarbolar ciertos preceptos, defender ciertas ideas políticas o simplemente definirse como liberales de forma clara y diferenciada.

Las reacciones que se podrían generar por parte de algunos son entendibles hasta cierto punto, puesto que nadie quiere que lo despojen de sus discursos y paradigmas –por errados que estén en cuanto al uso que hacen de éstos- ni tampoco nadie quiere quedar como autoritario.

Lo cierto es que muchos de estos vulgo liberales, en cuanto a lo que plantean, son en la mayoría de los casos todo lo contrario a lo que podría ser un liberal en varios sentidos –si es que realmente podemos hablar de la existencia de liberales verdaderos y concretos-.

Esto, debido a que mezclan en diversos debates y discusiones –sin saberlo o cínicamente, pero siempre groseramente- planteamientos y lineamientos que teóricamente son contrapuestos. Es decir, y en palabras muy sencillas, son liberales para algunas cosas y para otras no, incluso en una misma discusión.

Y vaya que esto es complejo porque en definitiva no se puede ser y no ser liberal a la vez. Sin embargo, la mayoría de los autodenominados liberales (vulgo liberal) cumplen a cabalidad con esta dialéctica, sobre todo en términos discursivos y prácticos.

Existen diversas dimensiones en las cuales podemos detectar y desenmascarar un discurso vulgo liberal de este tipo: en cuanto a la defensa de la libertad política; en cuanto a la neutralidad de valores, tanto del Estado como de los individuos; y en cuanto a los límites e idoneidades de la racionalidad.

En cuanto a la defensa de la libertad política
El liberalismo clásico establece que debe existir la máxima libertad política para los sujetos en cuanto al Estado y sus acciones coactivas. Es decir, que deben existir límites a la acción de los gobiernos, los cuales no pueden actuar arbitrariamente en los asuntos privados de los sujetos.

Lo clave en este sentido, es que el Estado y sus agentes no deben actuar autoritaria y despóticamente, y sólo deben limitarse a garantizar los derechos de sus ciudadanos.

Esto sin embargo, como veremos, varía según el concepto de libertad que se defiende y se maneja en ciertos momentos.

Como la mayoría de los vulgo liberales desconocen tales conceptos de libertad a cabalidad, podemos tener vulgo liberales que en términos simples, defienden o toleran la falta de libertad política, es decir justifican la acción arbitraria del Estado sobre los individuos, simplemente porque se garantiza la libertad económica -aunque sea para algunos-. Es decir, pueden llegar a defender regímenes autoritarios, por el simple hecho de que existe libertad económica.

En otros casos, algunos pueden llegar a defender “defensas preventivas” o “defensivas” –que sin embargo son claras acciones coactivas y arbitrarias llevadas a cabo por el Estado y sus organismos- ante riesgos posibles o remotos, aún cuando los criterios para ello sean del todo subjetivos.

En ambos casos, sus posturas son claramente cercanas a posiciones conservadoras, en ningún caso emancipadoras.

En cuanto a la neutralidad de valores
El ideal de tolerancia del liberalismo clásico surge en el contexto de los conflictos originados por la Reforma, con el propósito de generar coexistencia pacífica entre comunidades de creencias religiosas irreconciliables.

Pero dentro de las vertientes del Liberalismo que se desarrollan posteriormente existen planteamientos que difieren en cuanto la existencia de valores superiores y la promoción de una ideal de vida o del bien. Esto también depende del concepto de libertad y tolerancia que se adopte y la lectura que se haga de éstos.

Desde la posición neutralista en cuanto a valores, muchos vulgo liberales promueven un liberalismo utilitarista, que confunden con una mal entendida idea de libertad negativa.

Así, erróneamente y veremos contradictoriamente, creen que la libertad negativa –como no interferencia- implica libertad de cualquier restricción y su concepción de tolerancia en realidad es extraña, pues sólo toleran lo que les es agradable.

Otros vulgo liberales, desde un punto de vista perfeccionista, intentan imponer y establecer la legitimidad y superioridad de ciertos modos de vida por sobre otros.

En ambos casos, se pasa a llevar la autonomía del individuo, y contradicen la lógica de la tolerancia, que reside precisamente en que sea practicada con respecto a lo nos parece pernicioso.

A partir de eso, generan discursos contradictorios como defender una cierta neutralidad de valores en cuanto a ciertas decisiones individuales en ciertos temas, pero simultáneamente asumen otras posiciones no-neutrales en torno a otras áreas donde la autonomía también es clave, como los sistemas de creencia o las ideas.

Esto aún cuando cualquiera que maneja un leve conocimiento acerca del liberalismo clásico, sabe que la libertad religiosa es un elemento constitutivo del ámbito privado de los sujetos y por lo tanto también se le debería aplicar la neutralidad de valores.

Debido a esta falta de rigor, tenemos vulgo liberales que defienden el evolucionismo racionalista, pero simultáneamente acusan de imbéciles a todos los creyentes de diversos credos, debido a un mal entendido ateísmo militante, que raya en los límites del fundamentalismo religioso más virulento.

Es decir, aún cuando hablan de neutralidad de valores, asumen una posición de no neutralidad ante otros sistemas de valores, y asumen que los propios son superiores al resto por lo tanto tratan de imponerlos.

Por lo mismo, proclaman la no interferencia del Estado en ciertos asuntos privados, pero simultáneamente promueven –aunque solapadamente- su intervención en cuanto a otros, por considerarla un modus vivendi inferior, por ejemplo.

En ambos casos, las posturas son claramente intolerantes y no neutrales.

En cuanto a los límites de la racionalidad
Este es quizás el tema que más complejidades genera. ¿Cuáles son los límites y espacios de la racionalidad? ¿Dónde quedan las subjetividades más profundas de los sujetos? ¿Qué papel juega la experiencia?

Aquí se aprecia con más claridad las diferencias entre los diversos “liberales”. La diferencias en cuanto al valor y la utilidad de los procesos sociales espontáneos o no planeados frente a los procesos diseñados y planeados es clave.

Mientras unos asumen una idea totalizante de la racionalidad en cuanto a las relaciones entre los individuos, sobre todo en cuanto a la racionalidad económica; otros valoran la experiencia y plantean la necesidad de tomar en cuenta las subjetividades de los sujetos.

Así, muchos de los actuales vulgo liberales, sin saberlo, están en posiciones cercanas al racionalismo constructivista –el marxismo y otras vertientes ideológicas también tiene de aquello-que deben sus bases a planteamientos originados en la ilustración francesa, que tienen una clara posición liberal de carácter teleológico.

Aquellos que asumen una idea totalizante de la racionalidad, tienen la concepción de que el orden social puede ser pensado y constituido racionalmente en un período determinado a partir de una racionalidad superior. Por lo tanto, tampoco es extraño que asuman una posición de superioridad y constantemente hablen de los “elegidos”, de iluminar las mentes de los ignorantes y los creyentes, defendiendo la legitimidad de las mentes superiores, con capacidad y formación a decidir en nombre de y para toda la sociedad. O sea, son caudillistas.

Esto claramente los lleva a plantear lógicas que corresponden a métodos de clara planificación aunque simultáneamente hablan de defender las lógicas de ensayo-error.

Así, los mismos critican la idea de orden espontáneo por considerarlo una idea irracional en cierto modo, pero contradictoriamente defienden la idea de mano invisible de Adam Smith. Lo cierto es que Smith basa su idea de mano invisible en dicho paradigma.

No es extraño entonces que al desconfigurar el discurso de los vulgo liberales, nos encontremos con que algunos –y esto sin juicio de valor- son claramente cercanos a posiciones socialdemócratas, otros en algunos casos incluso están en el límite del totalitarismo intolerante (ya sea de izquierdas o derecha), y otros son claramente conservadores en cuanto a la contraposición entre modernidad y tradición, modos de vida y sistemas de valores –cuestión compleja por lo demás en algunos aspectos-. Todo esto, claramente va variando según los temas que aborden.

Lo único que podemos concluir es que no existe el verdadero liberal. Cuando alguien se dice liberal, ya hay que empezar a desconfiar.
*Los diversos conceptos de libertad no serán explicados para hacer más interesante el debate y reflejar lo explicado en el artículo.

jueves, 12 de marzo de 2009

La Democracia idiota y la Utopía irrenunciable

La democracia instrumental sin un sustento práctico tiene el riesgo de constituirse como una democracia idiota –usando el término griego- donde el único interés en lo público, de una gran parte de los individuos, es acudir casi por inercia a las urnas cada cuatro años.

Las últimas elecciones –y probablemente también las presidenciales de este año- han demostrado que no sólo los ciudadanos más jóvenes en edad de votar, sino también una fracción importante de los más adultos, parecen no interesarse en lo más mínimo en los asuntos públicos, en las decisiones que los gobernantes toman o en quienes gobiernan.

Las diversas causas y efectos de ésta notoria desafección ya han sido mencionados en diversos artículos: creciente distanciamiento entre las bases partidarias y las elites dirigentes, disminución de la representatividad política del sistema electoral, falta de competencia política, disminución de la participación ciudadana, reducción y cooptación del campo político por parte de sectores reducidos, y perdida de legitimidad de los gobiernos y del régimen político.

Pero existen otros dos factores, tanto o más importantes que los anteriores, que juegan un rol esencial en cuanto al desarrollo de este fenómeno:

La despolitización de la política -en sentido de Hannah Arendt- y la apolitización de los individuos como una forma de ideología política.

La despolitización de la Política implica la supresión de la deliberación, del ágora, como aspecto esencial y constitutivo de ésta, lo que da paso a su negación, a una política sin contenido, donde los individuos -otrora ciudadanos (entendidos como aquellos miembros de una comunidad política, que cuentan con el derecho y la disposición de participar inclusiva, pacífica y responsablemente, con el objetivo de optimizar el bienestar público)- se convierten en receptores pasivos de productos políticos vacíos.

Así entonces, se produce la apolitización de los sujetos, que consiste en su irracionalidad en cuanto zoon politikon. Sus decisiones –reducidas y parcializadas a decisiones electorales- pierden todo carácter racional y se tornan viscerales.

Eso se ve reflejado en que a nivel de oferta política, el “mercado” de ideas y proyectos políticos se empobrece, se reduce y simplifica al máximo, mientras las alusiones a la imagen y simpatía del candidato –que se tornan tránsfugas- se vuelven la clave de la decisión política de los votantes.

La apolitización se ha sustentado en base a los medios de comunicación masiva y a un sistema de educación –público y privado- que ha eliminado la función de la educación como institución clave para el sustento de una democracia saludable y de cualquier proyecto político.

Los primeros se han convertido en un instrumento de subinformación y desinformación (Sartori) a base de un manejo de la información a favor de lo escandaloso o sensacionalista (Bourdieu), despolitizando el contenido de la información y con ello a los sujetos, eliminando la reflexión de éstos acerca de la sociedad.

Lo anterior ha contribuido a la eliminación de cualquier noción de conflicto o polémica en cuanto relaciones sociales, en desmedro de cualquier intento de análisis de la realidad social compleja.
El sistema educacional por otro lado, ha sido desligado casi totalmente de su función de formar ciudadanos, y se ha centrado exclusivamente -en base a las lógicas de la división del trabajo- en formar sujetos aptos para responder a las demandas del aparato productivo. Sin embargo, esto ha implicado su reducción y aislamiento a dichas funciones específicas, atomizándolos y alienándolos en tanto miembros de una comunidad política.

Se constituye así una neutralidad política mal entendida que se traduce en apatía política y en la reducción de la política a procedimientos como el voto o las encuestas de opinión.

El “ex ciudadano” entonces se vuelve un idiota, que sin ideología, ni una base ni preferencia política, ni con la capacidad de debatir e intercambiar ideas, decide los asuntos públicos simplemente en base a cuánto se estimulan sus sentidos más inmediatos por medio del marketing.

Lo cierto es que la democracia no se compone sólo de procedimientos e instituciones sino que su base esencial se constituye en torno a individuos dialogantes, interesados y participes de los asuntos públicos.

Cualquier sistema jurídico, político y económico, y en definitiva social, depende de sus componentes particulares, implicados en su funcionamiento y preservación. “No habrá constitución ni instituciones públicas, por justas que sean, capaces de ejercer eficientemente el control social y de mantener el Estado de derecho sin la voluntaria cooperación de una ciudadanía consciente” (Salmerón, 2006; 60).

En otras palabras, y considerando los índices de desafección, la democracia chilena estaría sustentándose en un futuro no muy lejano en nada más ni nada menos que en idiotas, en el sentido estrictamente griego.

La democracia chilena se está enfermando paulatina y solapadamente ante la vista y paciencia de parte importante de las clases políticas, sobre todo sus elites, que parecen no notarlo o hacer vista gorda a fenómenos que denotan los inicios de una crisis de representatividad futura.

La utopía irrenunciable es cambiar todo lo anterior y lograr que los ciudadanos se vuelvan parte de la polis, que el ágora se reconstituya como un espacio público abierto para todos, y no cooptado sólo por algunos.

Que la democracia sea tal, y no una ilusión donde se esconde su paulatina desaparición.

jueves, 19 de febrero de 2009

La necesidad de un Republicanismo Cívico

Hoy, la mayoría de los ciudadanos se sienten huérfanos de un ideario político que los guíe e incentive a mirar al futuro con confianza, de sentirse parte de la sociedad en la que viven, y que los llame a hacerse participes de la construcción y constitución diaria de su destino.

En definitiva se sienten ajenos al verdadero sentido de la ciudadanía.


Los ciudadanos necesitan construir un nuevo ideario político acorde a un nuevo siglo, que les permita mirar más allá de las simples contingencias y afrontar el incierto horizonte del futuro con perspectiva. La sociedad chilena requiere nuevas formas de hacer política.

Necesitamos construir nuevos ideales comunes a todos los ciudadanos, que a la vez nos alejen del riesgo del dogmatismo irrestricto y de la anquilosada apatía política imperante.

Para cimentar nuestros propósitos, sin caer en la autodestrucción o en el inmovilismo del statu quo, debemos abrazar ciertos principios básicos con los cuales comenzar a llevar a cabo nuestros sueños.

Dichos principios políticos, se deben asumir y constituir a nivel social, en torno al tipo de representatividad de los gobernantes; a nivel moral y ético, en cuanto a los limites del poder de los gobernantes y su responsabilidad con los ciudadanos; a nivel cívico, en cuanto a rescatar el verdadero sentido de la ciudadanía.

En base a estos principios debemos rearticular el civismo, la participación ciudadana y la tolerancia política, que son los valores fundamentales de una Democracia y una República.

A través de estos principios republicanos debemos recuperar la Política para todos los ciudadanos, pues ésta constituye un bien común, que no puede ser usurpado por ninguna clase de elite.

Sólo así podremos ir restituyendo y recuperando la confianza social, institucional y política de los ciudadanos y entre los ciudadanos. La participación política no debe ser vista como un riesgo para la libertad y la democracia, sino como un signo de ambas, y más aún como un resguardo para éstas.

La Res pública debe ser entendida como vehículo tanto para la libertad como para el fomento de la justicia social y el interés común de sociedad.

Son los ciudadanos, cada uno de ellos, los llamados a edificar con su participación, las políticas de cada día que van proyectando su destino.
Todos y cada uno de ellos deben contribuir, a través de la deliberación, con la construcción de una esfera pública auto-realizadora, que tenga en cuenta la diversidad cultural y la responsabilidad por el prójimo, para así engrandecer la sociedad y proteger sus derechos como individuos.

Se necesitan ciudadanos conscientes de que su libertad depende del mantenimiento de la comunidad política, pues la libertad sólo es posible en una sociedad que se autogobierna.


1. DEBEMOS ASUMIR EL VALOR SUPREMO DE LA DEMOCRACIA.

La participación ciudadana construye y fortalece la Democracia.

Por lo tanto, la Democracia no debe ser entendida sólo como el simple acto de votar, ni como simple consentimiento mayoritario (a riesgo de la dictadura de las mayorías), sino como un sistema político y un espacio público donde existe la participación activa y constante de los ciudadanos en los asuntos que les competen a todos, dentro de un marco de libertad e igualdad política, basado en la tolerancia, espíritu público, pluralidad y libertad de información.

La Democracia no debe ser reducida a una noción instrumental, donde los ciudadanos quedan reducidos a votos, sino que debe constituirse en un orden donde el gobierno está sometido al control de los ciudadanos.

Democracia Republicana y Participativa: Que implica respeto del imperio de la ley, a la libertad de tránsito, libertad de expresión, a la libertad de prensa, y a la competencia política.

Los diferentes intereses, de diversos sectores, deben estar representados en diversas instituciones democráticas, por lo tanto debemos entender la democracia como un sistema representativo, que a la vez implica necesariamente la participación de los grupos sociales diversos en el ejercicio político.

Debemos tener presente que la responsabilidad ciudadana no es exclusiva de ninguna elite o clase social específica.

El gobierno democrático debe ofrecer un proceso adecuado de satisfacción de los intereses de los ciudadanos, en el sentido de preocupaciones políticas más urgentes.

Por lo tanto:
Todos los funcionarios y cargos deben ser electos y pueden ser revocados.

Deben existir elecciones libres e imparciales, sin coerción de ninguna clase ni exclusión de ningún tipo a ciudadanos, grupos étnicos, políticos o de cualquier índole.

Sufragio universal e inclusivo, derecho a ocupar cargos públicos, libertad de expresión, y autonomía asociativa.

Debe existir control constante sobre las decisiones.

No se aceptan auto investiduras, ni cargos vitalicios, a perpetuidad relativa o designados, ni tampoco que el poder derive de la fuerza.

Rotación de cargos públicos.

División de Poderes y Dispersión territorial del Poder.

2. DEBEMOS ASUMIR Y RESCATAR EL VALOR SUPREMO DE LA CIUDADANÍA Y LA SOCIEDAD CIVIL COMO EJES DE LO POLÍTICO.

Debemos asumir el valor de la ciudadanía en cuanto conjunto de miembros libres de la politeia y como la condición que cada uno ostenta como componente soberano del cuerpo político.

Debemos asumir el valor de la ciudadanía como sustento para el desarrollo de la democracia, preocupada por la participación social y política, y donde cada ciudadano tenga conciencia de su pertenencia a la comunidad política.

Una forma de resguardar los derechos y la libertad de cada ciudadano en la sociedad, es teniendo una sociedad civil viva, preocupada por la participación social y política, donde los ciudadanos se sientan comprometidos con construir su propia sociedad y más aún comprometidos con las instituciones que sustentan la democracia, que son los principales bienes públicos.

Sólo así podemos fomentar la responsabilidad individual y colectiva, pues cada ciudadano debe estar comprometido con las dinámicas que adopta su sociedad.

Debemos tener presente que la sociedad civil, el pueblo, es una comunidad diversa, cuyos miembros pertenecen a comunidades determinadas, con miembros y cualidades en común, que persiguen el bien general sin que una minoría lleve a cabo sus intereses. Esto es clave tomando en cuenta la diversidad cultural.

Debemos tener presente la separación entre Estado y Sociedad Civil, propiciando la autonomía asociativa y permitiendo el desarrollo de un pluralismo social y organizado, enriquecido con variedad de fuentes de información (oficiales y alternativas) junto con organizaciones sociales relativamente autónomas entre sí y con respecto al gobierno de turno, por lo tanto, los partidos no deben secuestrar la política para favorecer sus intereses internos. Debemos evitar la partitocracia.

Debemos revalorar el valor de la educación en cuanto principio decisivo de la participación, pues el modo de garantizar el buen gobierno, la libertad y el desarrollo de una sociedad justa es participando de la vida pública.

Una sociedad civil débil, atomizada, apática, desinformada, tele-narcotizada por la demagogia televisiva y la banalización, no sólo se convierte en una mera masa estadística, sino que –al ser incapaz de ejercer control alguno- es caldo de cultivo para el surgimiento de tendencias oligárquicas, corruptas y de cualquier tipo de dominación arbitraria.

3. DEBEMOS ASUMIR EL PRINCIPIO DE RESPETO Y TOLERANCIA POLÍTICA.

Debemos crear comunidades públicas dialogantes, donde se tome en cuenta el pluralismo social y cultural que existe en estos tiempos, para así poder aceptar las diferencias culturales, religiosas, ideológicas, etc. Debemos respetar y tener presente la constatación de la heterogeneidad política y moral de las personas.

Esto significa el reconocimiento de los derechos fundamentales de las personas, e implica también una forma de limitar cualquier tipo de poder (público o privado), en pro de la representatividad de los ciudadanos y la conciencia de ciudadanía.

Esto implica la expansión de los derechos ciudadanos y el respeto de la libertad política, civil, religiosa, económica, de expresión, de asociación, de reunión, la igualdad ante la ley, la igualdad política para participar y disentir en cuanto a los asuntos de gobierno, y así toda persona pueda defender sus intereses en la esfera pública y todo ciudadano tenga la misma capacidad para gobernar.

Por lo tanto, en los derechos de ciudadanía se incluye el derecho a oponerse a los altos funcionarios de gobierno y el de hacerlos abandonar sus cargos mediante el voto.

Nuestra experiencia histórica nos ha enseñado los altos costos sociales, políticos, y personales que conlleva la violencia política, ya sea retórica o física, y el surgimiento de afanes totalitarios.

La tolerancia política permite el desarrollo de ciudadanos libres, responsables y activos políticamente, que fortalecen y enriquecen a la sociedad civil, al desplegarse sus diversas ideas, propuestas y sueños, sin el riesgo de caer en simplificaciones absolutistas que irremediablemente llevan a la tiranía de unos sobre otros.

4. DEBEMOS ASUMIR QUE ES NECESARIO EVITAR LA CONCENTRACIÓN Y PERPETUACIÓN DEL PODER.

Debemos evitar la concentración del poder, ya sea político y económico, pues de aquello surgen sus excesos como la corrupción, la plutocracia, la partitocracia, el nepotismo, el populismo, la dictadura y el totalitarismo -ya sea político, ideológico o económico- y donde el Estado termina por favorecer ciertos intereses particulares en desmedro del resto de la ciudadanía y el gobierno de la ley pasa a ser sustituido por el poder arbitrario de los más poderosos.

Se deben fomentar e instaurar mecanismos que eviten la concentración de cualquier tipo de poder, que permitan la independencia de la sociedad civil y sus distintas manifestaciones, para así ejercer su control legítimo sobre los gobiernos.

Por lo tanto, debemos fomentar e instaurar mecanismos de plena responsabilidad y transparencia y control en cuanto al financiamiento de campañas políticas, en cuanto a sueldos y en cuanto al gasto de dinero del Estado.

Se debe recuperar el poder ciudadano, que ha sido paulatinamente concentrado en pocas manos, ya sean los partidos o sectores corporativos. Se debe rescatar el valor del buen gobierno.

5. DEBEMOS ASUMIR EL VALOR SUPREMO DE LA INDEPENDENCIA ECONÓMICA.

Todos los ciudadanos deben tener las oportunidades y condiciones sociales, económicas y culturales básicas para elegir sus modos de vida, pues esto es lo que permite el desarrollo de la libertad plena y la igualdad política, económica y social.

La desigualdad económica excesiva contribuye a debilitar la democracia y sus principios básicos, pues una sociedad altamente desigual genera ciudadanos sin compromisos cívicos y apáticos políticamente.

Debemos fomentar y propiciar la independencia económica de los ciudadanos, pues no se puede garantizar la libertad y la igualdad política si existen enormes desigualdades económicas y sociales.

La pobreza es un factor que impide a los ciudadanos a participar de la vida y el interés público, pues inhibe su capacidad de decisión, participación y autonomía.

Se debe tratar que las personas tengan garantizado un mínimo de subsistencia, no como una forma de caridad estatal, sino en cuanto mecanismo para lograr su emancipación económica.

Es clave rescatar el verdadero sentido de la educación pública que debe ser esencialmente fuente de identidad ciudadana y desarrollo cívico, a través de la máxima calidad y libertad, fomentando así la convivencia de diversos grupos sociales en un mismo espacio educativo y social.

martes, 17 de febrero de 2009

La imposibilidad política del Liberalismo desde el punto de vista comunitarista

En su obra A Theory of Justice (1971), Rawls definió la Justicia con el nombre más preciso de "justice as fairness" (justicia como imparcialidad), donde entre otras cosas plantea que la única misión del Estado es resguardar la convivencia, mediante la neutralidad de éste en cuanto a los valores o nociones del buen vivir. Es decir, el Estado no debe promover una noción del bien o un bien, sino sólo garantizar los intercambios libres entre los sujetos.

La concepción liberal del individuo que sigue Rawls, implica a un sujeto dotado de derechos naturales anteriores a la sociedad (Un yo anterior a sus fines). Es decir, la persona no se define ni constituye en cuanto participante de alguna relación económica, religiosa, política o sexual previa. Un yo desvinculado de cualquier tipo de lazo comunitario.

Esa idea central en cuanto al sujeto, es la que más contradicciones y dualidades parece generar entre la amplia gama de sujetos que se consideran liberales, sobre todo en cuanto a temas morales y éticos complejos como el aborto, la eutanasia, el fin último del matrimonio o la existencia de una noción de bien común y universal.

Lo anterior se acentúa aún más cuando lecturas vulgares del liberalismo[1] plantean y propugnan –aunque inconscientemente- la validez de unas nociones del bien por sobre otras a partir del juicio a priori de “iluminar la experiencia moral a partir del sólo uso de la razón” (Navarrete, 73: 2006). En base al concepto kantiano de razón puramente formal, considerándola como única y principal forma ética, terminan por contradecir la idea liberal de neutralidad y de la imposibilidad de establecer una noción monolítica del bien o un punto de vista universal.

Es a partir de lo anterior, que el comunitarismo establece una crítica central a la fundamentación individualista de la sociedad en cuanto paradigma moral y político.

Desde esta perspectiva se plantea que: “Ni la existencia individual ni la libertad individual pueden mantenerse por mucho tiempo fuera de las interdependientes y solapadas comunidades a las que pertenecen. Tampoco puede sobrevivir durante mucho tiempo una comunidad sin que sus miembros le dediquen algo de su atención, energía y recursos para los proyectos compartidos”. A. Etzioni, “The Responsive Communitarian Platform: Rights and Responsabilities”, The Responsive Community, 4, Winter 1991/1992, Nota 1.

En el planteamiento de Rawls, el velo de la ignorancia permitiría establecer principios de Justicia imparciales, sin interferencia de los intereses particulares de los sujetos que acuerdan el pacto social. Sin embargo, para los comunitaristas, desde el individualismo liberal extremo no puede constituirse lo político y menos un tratado político, pues no es posible concebir el aspecto colectivo de los sujetos en cuanto a la vida social o un bien colectivo universal. Esta imposibilidad se debería a que se olvida que los sujetos también construyen sus preferencias e identidades políticas en base a sus orientaciones morales y sus concepciones del bien.

En este sentido, “la neutralidad liberal respecto de ideales de excelencia humana se logra sólo a costa de una concepción de los agentes morales como entes noumenales, que no sólo carecen de un telos distintivo, sino que su identidad es independiente aún de sus deseos e intereses subjetivos y de sus relaciones con otros individuos y con el medio social” (Nino; 1988).

Ante la crítica comunitaria, Rawls está obligado a aceptar, como Charles Taylor indica, que la comunidad proporciona al individuo los recursos conceptuales en cuyos términos llega a concebirse a sí misma, su identidad y sus valores (Benedicto; 2005). La moral no es rígida en este sentido, puesto que vendría a designar el grado de acatamiento que los individuos dispensan a las normas éticas imperantes en un grupo social determinado en cuanto conjunto de normas sugeridas.

Con esto se reconoce por parte de Rawls que por ejemplo “los derechos individuales, no se pueden sustentar sin una concepción del bien, como se muestra en el caso de conflictos de derechos que sólo pueden ser resueltos recurriendo a una tal concepción, o, sino, de introducir de contra-bando una cierta concepción del bien desmintiendo su pretendida neu-tralidad” (Nino; 1988).

Si consideramos que para Rawls el individuo sólo está obligado a cooperar si es beneficiado directamente (Benedicto; 2005) entonces nos encontramos con “la incapacidad del liberalismo (en plural) de pensar y concebir lo político” (Navarrete, 80: 2006).

Para los comunitaristas, la idea de Rawls se vuelve imposible al constituirse en base a una idea instrumental y atomizada de la sociedad, donde “ningún fin puede ser esencial para la persona ni tampoco puede ella identificarse de modo profundo con aquellos que compartan sus fines, lo cual conduce a la desintegración de la comunidad política” (Manuel García de Madariaga en El individuo frente a la comunidad. El debate entre liberales y comunitaristas).

Lo anterior se debería a que Rawls basa sus propuestas en los principios del liberalismo kantiano, cuya concepción del bien “es la misma que la utilitaria en su versión más dominante, o sea, la satisfacción de deseos o preferencias subjetivas del individuo, cualquiera que sea su contenido (Nino; 1988). Pero, incluso esto genera críticas desde el propio liberalismo, como las que hace Rothbard al utilitarismo de Stuart Mill.

Así por ejemplo, Maclntyre, plantea que el discurso moral liberal ha entrado en una grave disrupción, al estar falto de un elemento que haga aplicable sus postulados éticos, al hacerse profundamente difícil ligar éstos con proposiciones universales acerca del comportamiento humano en concreto.

Ocurre entonces que “la política se desentiende de los valores, en una buscada neutralidad. El gobierno tiende a convertirse en mero gestor del bienestar privado de individuos individualistas. Y entre la burocracia anónima del Estado-Providencia y el individuo aislado queda un vacío. La reclusión en la vida privada abre la puerta a un peligro, señala Taylor: el "despotismo blando", como lo llamaba Tocqueville. Cuando disminuye la participación -advierte Taylor- (...) el ciudadano individual se queda solo frente al vasto Estado burocrático y se siente, con razón, impotente. Con ello, el ciudadano se desmotiva aún más, y se cierra el círculo vicioso del despotismo blando" (Rafael Serrano, en Más Allá Del Estado Y Del Mercado. Comunitarismo: Un Pensamiento Político Posmoderno).

Desde el comunitarismo se apunta esencialmente a reconstituir una colectividad donde realmente sea posible ejercer la libertad política individualmente, pero sin ese vacío que conlleva irremediablemente el riesgo del despotismo blando, lo que liga al comunitarismo directamente con la idea de democracia como poliarquía en cuanto algo mejorable como modo de gobierno.

Lo anterior, porque si se considera perfectible a la democracia (no sólo como un medio no-violento de transferencia del poder, que sería entonces favorecer cualquier statu quo), la concepción liberal del sujeto -que lo desliga de sus lazos comunitarios- impediría llegar a consensos en cuanto a cómo perfeccionarla, pues no habría atisbos de una noción común del bien colectivo. A priori ni siquiera habría espacio para el debate político como posibilidad para un acuerdo.

Según MacIntyre, esa imposibilidad política se debería a que sólo a partir de una mínima base común, el individuo puede empezar a pensar por sí mismo y en conjunto perfeccionar el orden vigente, porque “la democracia no nació del vacío moral. Al contrario, surgió merced a unos presupuestos y valores determinados: la igual dignidad de todos los hombres, el derecho natural como límite del poder, la libertad innata de la persona...” (Rafael Serrano, en Más Allá Del Estado Y Del Mercado. Comunitarismo: Un Pensamiento Político Posmoderno).
NOTAS
[1] Que entre otras cosas desconocen que a partir del comienzo de los años setenta, el liberalismo teleológico, inspirado en Bentham y Mill, se vio desplazado por el liberalismo deontológico, de origen kantiano.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Eluana: derechos frente a despotismo*

El día 9 de febrero, a las 20.10 horas, murió en la clínica La Quiete, de Udine, Eluana Englaro, la italiana de 38 años que estaba en estado vegetativo irreversible desde 1992, cuando sufrió un accidente de tráfico. Esta dramática situación ha llegado al extremo de la mayor injusticia y crueldad por la actuación de algunos médicos y fiscales, así como por un Gobierno que ha desafiado los derechos de los ciudadanos y las sentencias judiciales, para proclamarse protector de los dogmas de una Iglesia, hasta el punto de intentar legislar de forma inconstitucional. El pulso entre el Gobierno italiano y los jueces ha alcanzado niveles tan grotescos como dolorosos para la sociedad de aquel país.
Durante los últimos 11 años, el padre de Eluana venía reclamando el derecho de su hija a rechazar un tratamiento médico que no podía aportar ninguna mejora y que era fútil. En estas situaciones aparece el poder actual de la medicina y sus flaquezas: puede mantener la vida vegetativa de una persona durante años, algo impensable en otras épocas, pero es incapaz de restablecer la vida psíquica y personal, y algunos grupos confesionales se resisten a admitir que la obstinación terapéutica es mala praxis médica.
Ella no podía hablar, pero su familia sabía que no hubiera querido permanecer en esta situación. Como tutor, el padre podía reivindicar la voluntad de Eluana y tomar la decisión de interrumpir la hidratación y la alimentación artificial, pero las denuncias de médicos y fiscales lo impidieron. Once años de pleitos y debate público; todo lo contrario del respeto a la intimidad y a la autonomía personal.
Por fin, en 2007, los jueces determinaron que Beppino Englaro, como tutor, tenía el derecho de aceptar o rechazar los tratamientos propuestos, a pesar de que "actualmente hay una carencia legislativa que proporcione las indicaciones en casos de petición de suspensión de tratamientos médicos por parte de los tutores de personas en coma y sin esperanzas de mejoría" (Tribunal de Apelación de Milán). En 2008, la Audiencia de Milán falló a favor de la interrupción de la hidratación y la alimentación artificial.
Cuando parecía que se habían aclarado las cuestiones fundamentales del caso, es decir, que, por el principio ético y constitucional de respeto a su autonomía y a su dignidad, toda persona tiene el derecho de aceptar o rechazar los tratamientos médicos que se le proponen -por sí misma si es capaz y, si no lo es, a través de su representante legal-, la fiscalía de nuevo recurrió la sentencia porque consideraba que no se había comprobado con suficiente objetividad la irreversibilidad del estado vegetativo persistente. En noviembre de 2008, el Tribunal Supremo italiano zanjó esta cuestión, amparando la petición de la familia Englaro.
En lugar de permitir un desenlace discreto, respetando la intimidad y el dolor de estas personas, una vez más los políticos de la derecha manipuladora y despótica entraron a saco, instrumentalizando el caso y masacrando los sentimientos y las convicciones más personales de la familia Englaro y de todos los que piensan como ellos, en aras de la defensa de una forma de entender la vida que no tiene respaldo constitucional ni ético racional. Han llegado a prohibir las actuaciones autorizadas por los jueces en los centros sanitarios públicos y a amenazar a los posibles colaboradores. Muchos hemos contemplado estupefactos, indignados y tristes cómo se tergiversan los hechos y los argumentos para imponer el control del Gobierno sobre el dominio de la vida y de la muerte, en contra de los derechos ciudadanos.
El punto culminante de las medidas del Gobierno de Berlusconi ha sido su intento de promulgar una ley para prohibir la muerte de Eluana, y ello no ha creado más que confusión, crispación y temor. ¡Hasta el presidente de la República Italiana la ha calificado de inconstitucional! No podía ser de otra manera, pues la judicatura había aclarado suficientemente las cuestiones de principios fundamentales. Giorgio Napolitano ha declarado: "El monopolio de la solidaridad y la autoridad moral no es patrimonio de nadie. Tampoco el fin de la vida".
Esta apuesta tan decidida del Gobierno italiano de Berlusconi indica la dureza que están dispuestos a emplear los que se oponen a la ética racional. Hace siglos que el poder político y el dogma religioso se apoyan para tener el dominio de la vida y la muerte de las personas. Dicen que defienden la vida humana, pero no respetan los derechos humanos ni la legislación europea sobre el derecho a la autonomía del paciente y el consentimiento informado.
El señor Englaro ha manifestado: "Espero que su historia sirva para que la gente entienda que la medicina debe pensar mil veces antes de crear situaciones que no existen en la naturaleza. Eso es de locos. La vida es vida, la muerte es muerte. Blanco o negro. Las personas vivas son capaces de entender y decidir por sí mismas. Yo he pedido por caridad que dejen morir a mi hija Eluana. La condena a vivir sin límites es peor que la condena a muerte. En la familia, los tres habíamos dejado clara nuestra posición. Lo hablamos muchas veces. Vida, muerte, libertad, dignidad. Somos tres purasangre de la libertad. No necesitamos escuchar letanías. Ni culturales, ni religiosas, ni políticas".
Esta libertad que reclama la familia Englaro es lo que el actual Gobierno paternalista y demagógico de Italia no está dispuesto a tolerar. Quiere mantener la vida vegetativa irreversible pero no respeta la integridad de la vida física, psíquica y moral, ni la dignidad de cada persona de acuerdo con sus convicciones.
¿Cuántos años necesitará Italia para tener una legislación acorde con los derechos fundamentales de las personas en este ámbito, que impida las intromisiones partidistas y sectarias?
En España la situación es clara para los casos de interrupción del tratamiento médico. La Ley 41/2002, de 14 de noviembre, Básica Reguladora de la Autonomía del Paciente, reconoce el derecho de los pacientes y de sus tutores a solicitar la interrupción de un tratamiento médico. Inmaculada Echevarría, de Granada, se acogió a esta norma; el dictamen que elaboró la Comisión Permanente del Consejo Consultivo de Andalucía reconoció que "el ordenamiento aplicable permite que cualquier paciente que padezca una enfermedad irreversible y mortal pueda tomar una decisión como la que ha adoptado doña I. E. [...] Se trata de una petición amparada por el derecho a rehusar el tratamiento y su derecho a vivir dignamente". El fin de Inmaculada, igual que el de Eluana, no debe calificarse de eutanasia, sino de suspensión de un tratamiento médico.
Con todo, nuestro país también ha sufrido la irresponsabilidad política en casos tan graves como el de Leganés, que ha tenido consecuencias negativas en la administración de la sedación terminal a los enfermos y en la seguridad de los profesionales que deben tratarlos.
Queda mucho trabajo que hacer para lograr claridad de ideas en todos los que tienen responsabilidades en estas cuestiones y en las personas en general. El debate público es importante y debería ayudarnos a superar la manipulación que algunos sectores pretenden. La preservación del verdadero sentido de la vida y de la dignidad humanas dependen de ello, así como la evitación de mucho sufrimiento innecesario.
*Margarita Boladeras es catedrática de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Barcelona. Su último libro publicado es El derecho a no sufrir (Los Libros del Lince).

miércoles, 4 de febrero de 2009

El cierre del universo político chileno

La política chilena parece estar cada vez más dominada por los estrechos contornos de las nimiedades de sus actores hegemónicos y de sus propias fuerzas centrípetas, mientras los ciudadanos comunes, aquellos alejados de los placeres del poder, aún tienen fe en ellos y esperan cambios que sin su propia acción nunca llegarán.

En temas de política, extrañamente el ciudadano chileno confía más en el actuar de otras personas -en los personajes de turno- que en su propia determinación. Es decir, no confía en su propia capacidad como sujeto político y de cambio, y por eso siempre es pasivo, delega, espera pacientemente y confía eternamente en el actuar de otros. Puede reclamar mucho, vociferar quejas, pero generalmente se comporta como un polizonte (freerider).

Lo anterior en parte se debe a que a los ciudadanos chilenos nos han convencido –o nos han tratado de convencer- que pensar y actuar políticamente es peligroso para sí mismo y para el resto. Le han persuadido por más de una generación de que pensar en política es algo subversivo y riesgoso para la estabilidad, el orden y la democracia.

En definitiva, les han convencido que el universo político debe y es accesible sólo para algunos, no para todos, y que por lo tanto, debe estar bajo llave.

Y entonces, el ciudadano ha asumido que su único rol y nexo en cuanto a lo político es asumir una disposición apolítica constante, que se reduce a tirar una línea cuando se abre la cerradura y le dicen: vote.

El cierre del universo político se ve reflejado en que en Chile, el sujeto político no existe a nivel de sociedad civil. Cuando han existido atisbos de ello, han sido atomizados o acallados de diversas formas.

Las organizaciones civiles no-partidarias no tienen la suficiente fuerza para romper dicho cerrojo, para ejercer influencia en la toma de decisiones políticas y situarse a la par de los partidos políticos que, paradojálmente en muchos casos, son y se han vuelto funcionales a dicho trinquete y por ende a esa política de despolitización, que sea dicho de paso, está institucionalizada e internalizada en la mayoría de los sujetos.

El cierre del universo político se ha estructurado bajo la premisa y desconfianza a la vez, de que el ciudadano común es irracional y no sabe decidir, y que fue fundamento para la constitución de un sistema político tutelado (sí, el sistema político y electoral chileno es tutelado).

Se potencia la dicotomía en cuanto al sujeto como ciudadano versus consumidor, entonces como consumidor puede decidir muy bien qué comprar, pero como ciudadano se desconfía de él, pues no sabe qué tipo de política quiere.

Esto conlleva algo más profundo, complejo y oculto; la negación a priori del cambio social mismo a partir de lo político, y sobre todo, a partir de los propios ciudadanos.

Bajo esa lógica -del cierre del universo político- la política se anquilosa, se mantiene estática y obstruida a todo nivel (discursivo y práctico) y entonces se reduce a ser espacio para reproducir una promesa constantemente incumplida, de una “vida cada vez más confortable para un número cada vez mayor de gentes que, en un sentido estricto, no pueden imaginar un universo del discurso y la acción cualitativamente diferente, porque la capacidad para contener y manipular los esfuerzos y la imaginación subversivos es una parte integral de la sociedad dada” (El hombre unidimensional).

En base a esto, los actores políticos hegemónicos del poder institucionalizado –aquellos que desde dentro sustentan y mantienen cerrado el universo político para el resto- construyen espejismos de discusión y cambio profundo, para los ciudadanos comunes.

En dicho discurso, dichos cambios son sólo posibles desde dentro del aparataje político hegemónico que sustenta el cierre del universo político –ya sea del gobierno de turno o de su oposición- y del que se excluye a la mayoría de los ciudadanos. Lo cierto es que dentro del cierre del universo político, no existe debate de fondo y menos ideas o pretensiones de cambio sustancial. La discusión política de los actores dominantes se reduce a niñerías como hemos visto con las discusiones entre Piñera, Vidal y Moreira.

En este sentido, la mayoría de los ciudadanos, parecen no captar que las estructuras, los marcos institucionales, los proyectos y los actores políticos hegemónicos –los que están dentro del universo cerrado- son en esencia los mismos.

Así, “aquellos cuya vida es el infierno de la sociedad opulenta son mantenidos a raya con una brutalidad que revive las prácticas medievales y modernas. En cuanto a otros, menos desheredados, la sociedad se ocupa de su necesidad de liberación, satisfaciendo las necesidades que hacen la servidumbre agradable y quizá incluso imperceptible, y logra esto dentro del proceso de producción mismo” (El hombre unidimensional)..

La mayoría parece no preguntarse si ¿Es posible propiciar cambios desde adentro cuando la estructura del sistema parece petrificada en su propia lógica y cerrada a otros actores y ciudadanos?

Hoy el escenario político actual es lejos uno de los más turbulentos –no en sentido negativo sino positivo- de los últimos tiempos. Esto, porque a pesar de las camisas de fuerza que aún operan y que tanto la Concertación como la Alianza parecen mantener, la política parece abrirse más allá de las lógicas centrípetas e “egocéntricas” de las fuerzas dominantes, haciéndose algo más centrífuga.

Es tiempo de que los ciudadanos rompan el cierre del universo político, que es más grande de lo que les han hecho creer.

lunes, 26 de enero de 2009

Voto voluntario e inscripción automática: mejor cambiar el binominal

Para mejorar la democracia y la representación política, no basta con permitir un voto voluntario y facilitar la inscripción, sino que se necesita aumentar la inclusión y la competencia política.
En Chile 3,9 millones de chilenos en condiciones de votar hoy, no están inscritos en los registros electorales-por diversas razones- y sólo un 8% de los jóvenes menores de 30 años en edad de votar (que conforman el 36% del padrón electoral) lo hicieron. Es decir, la desafección con respecto a la democracia no es menor.
Lo anterior fue y es uno de los principales argumentos para establecer la inscripción automática y el voto voluntario.
Sin duda, facilitar el proceso de inscripción podría generar mayores incentivos para ejercer el derecho a voto, pero ¿Qué pasa con el voto? ¿Más aún con el voto voluntario?
Se supone que el acto del voto permite esencialmente establecer representación en cuanto a los asuntos de gobierno. A través del voto los electores, los ciudadanos eligen representantes entre diversas opciones.
Pero, ¿Qué ocurre cuando entre los posibles candidatos ninguno representa o satisface al elector? Es probable que el elector -ya inscrito- vote nulo, blanco o por "mal menor" según algún tipo de cálculo. Lo mismo ocurre con el no inscrito. Sus incentivos para inscribirse son menores pues considera que no hay nadie que represente sus intereses.
Eso es lo que ha ocurrido y está ocurriendo actualmente en Chile, donde el número de personas que votan blanco o nulo se ha triplicado desde 1990, junto a los que no se inscriben para hacerlo.
Lo anterior nos indica que el sistema político (sistema electoral y partidos) no está generando representación y peor aún cada vez se vuelve menos representativo.
Esto conlleva un riesgo mayor: la creciente desvalorización de la democracia como el mejor sistema para gobernar por parte de las personas.
Así lo refleja una encuesta del CEP, publicada en mayo del 2008, donde un 29% de las personas le da lo mismo un democrático que uno autoritario; y un 18% considera que en muchos casos puede ser preferible uno autoritario a uno democrático. La suma de ambos completa un 47% contra un 45% que opina que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno.
¿Por qué el sistema político se vuelve cada vez menos representativo y la democracia menos valorada?
Esencialmente porque aún se mantiene el sistema electoral binominal que genera diversos fenómenos como:
  1. Primero, inhibe la competencia política, pues mantiene cerrado el campo político y no permite la inclusión de nuevos y diversos actores de manera independiente, lo que desincentiva a los actores políticos ya insertos a mejorar sus gestiones e incluir nuevos asuntos, pues el sistema les garantiza un cupo aún cuando la ciudadanía intente castigarlos con el voto.
  2. Segundo, reduce la oferta de opciones para elegir que tienen los ciudadanos. El voto nulo o blanco entonces tiende a aumentar pues la rigidez interna del sistema se opone a la mayor diversidad del electorado, no sólo en términos etáreos, sino también culturales, ideológicos, etc.
  3. Tercero, reduce el campo político en cuanto a la discusión de nuevos asuntos. No permite el ingreso de nuevas ideas e issues (asuntos) a la discusión política, por lo que los crecientes nuevos intereses de ciudadanos más jóvenes quedan excluidos de los asuntos públicos y son relegados a las ONG. Es lógico entonces que no legitimen el sistema político vigente.
  4. Cuarto, el sistema binominal no va acorde con la creciente diversificación del electorado y sus nuevos intereses o representantes. Lleva a los independientes por ejemplo, a mantener acuerdos forzados con los partidos para poder participar del sistema, lo que termina por anteponer los cálculos electorales partidarios por sobre la representación y el cumplimiento de metas de acuerdo a los intereses de los electores. Esto, se traduce en que no hay coherencia posterior entre los electores y sus representantes.
  5. Quinto, instrumentaliza a los electores en cuanto al ejercicio del voto. En relación al punto cuatro, esto se traduce en que los votantes se consideran utilizados y por lo tanto consideran innecesario ejercer su derecho a elegir.
Todos estos fenómenos terminan por erosionar la legitimidad de la representación que se busca con la democracia. Se supone que ésta no consiste sólo en el acto de elegir a través del voto cada cierto tiempo, sino también de la posibilidad de elegir entre varias y diversas opciones, incluso de optar a ser elegido.
No sería malo considerar que la mayor parte de los que votan actualmente promedian sobre 50 años. Es decir, el próximo presidente de Chile, será decidido por los mayores de 50 años, mientras un resto importante de la población más joven ni siquiera vota. ¿Qué clase de legitimidad es esa?

miércoles, 21 de enero de 2009

Gaza y los nuevos contornos de la violencia

Lo acontecido en la Franja de Gaza lejos de significar el término de las hostilidades históricas entre palestinos e israelitas, probablemente dará inicio a nuevas oleadas de violencia irregular, con varias generaciones de duración.

El conflicto entre Israel y Palestina bajo ningún punto de vista es una guerra convencional como muchos han tratado de argumentar soterradamente para así justificar lo injustificable, no sólo porque las asimetrías técnicas y logísticas entre los adversarios son notorias, sino también porque las últimas acciones efectuadas en Gaza han derribado por completo los límites legales al uso de la violencia en el tiempo y en el espacio que establecen (o establecían) el convenio de La Haya sobre las leyes y costumbres de la guerra terrestre de 1899 y 1907, y el Convenio de Ginebra de 1864.

En este sentido, la acción discrecional e indiscriminada por parte de Israel, contrario a lo que se piensa, no impondrá la ley y el orden en la región sino que ha aumentado el carácter asimétrico e irregular del conflicto, eliminando los marcos éticos, legales o técnicos en los que se podía intentar circunscribir éste.

En primer lugar, no hubo ninguna intención de distinguir entre combatientes y no combatientes, o entre objetivos militares o civiles al momento de atacar. Como sabemos, el costo humano fue altísimo, 1.300, un tercio de los cuales son niños y un trabajador de la ONU.

En este sentido, es claro que los objetivos militares fueron sustituidos por objetivos civiles, no sólo desde el punto de vista de los combatientes irregulares palestinos, sino que ahora también desde el propio ejército estatal israelí. Erróneamente, el fin -que difícilmente se logrará- se justificó con varios civiles no-combatientes muertos, que son considerados "daños colaterales".

Esto claramente implica que la desmilitarización de la violencia aumentará, haciendo que su control se pierda irremediablemente.

En segundo lugar, la acción "defensiva" de Israel se volvió paulatinamente ilegítima en cuanto a su desproporción en relación al ataque recibido. Es decir, pasó que “las acciones de guerra se convierten en crímenes cuando la balanza se inclina” (Rubenstein, 1988, p. 54).

Aún cuando los cohetes desde Palestina se sucedían casi diariamente, la efectividad de dichos ataques era bastante bajo en comparación a la aplicación de la violencia que se dio posteriormente en Gaza. En este sentido, claramente se aplicó la lógica preventiva de eliminar al "enemigo" incluso antes que ataque.

Sin embargo, lo anterior no evita futuros ataques sino que irremediablemente hace que los distintos actores entren en una lógica de destrucción ilimitada y total mutua, lo que ya se vio reflejado en que el Estado de Israel no se impuso como prioridad -y como deber ético y legal- el distinguir a los miembros de Hamas del resto del pueblo palestino en su totalidad.

Lo anterior, aún considerando que Hamas es una organización político-militar que no representa al Estado Palestino. La falacia es comparar al ejército israelí con Hamas, para así poder hablar de una guerra y simultáneamente considerar a los últimos un grupo terrorista.

Tercero, la legalidad se vio sobrepasada por las lógicas de la violencia en Gaza y el Estado israelí no sólo comenzó a allanar casas palestinas pasando a llevar la propiedad y los derechos básicos de esos ciudadanos, sino que comenzó a ejercer la guerra sucia, es decir el Terrorismo de Estado, en otro territorio, al impedir el ingreso de los observadores internacionales y la ayuda humanitaria. Con ello se suspendió totalmente cualquier dimensión ética, moral y legal del conflicto.

lunes, 5 de enero de 2009

Occidente hace vista gorda a la limpieza étnica en Gaza

Foto: BBC
¿Dónde ésta la ONU? Sería una de las preguntas que deberíamos hacernos ante el GENOCIDIO que esta efectuando Israel en los territorios de Gaza.

¿Son los civiles los que deben pagar el costo de una guerra total e ilimitada contra una organización como Hamás, que ha derivado en limpieza étnica?

Lo cierto, es que con descaro las potencias occidentales están dejando hacer, dejando pasar, en Gaza hasta que la presión internacional diga ¡Basta! a la brutalidad y prepotencia judía. Cuando ya las víctimas palestinas inocentes sumen un número vergonzoso. ¿Dónde está el gendarme de la Paz y la Libertad? ¿Dónde están las leyes de guerra?

Lo cierto es que la lógica bélica aplicada por Israel en esta nueva incursión militar, es similar a la de la guerra preventiva aplicada por Estados Unidos a partir del 2001, donde se prefiere arrasar con todo y todos, mediante bombardeos indiscriminados, incluso asesinando niños, porque podrían ser posibles y potenciales militantes futuros de Hamás. Nada más antiliberal.

Israel no sólo no deja pasar la ayuda humanitaria, sino que han cercado el paso a los medicamentos, víveres y a los observadores internacionales a Gaza. Literalmente han cerrado la puerta para vejar a su prisionero, quitarles derechos, sin que nadie le pueda decir nada.

Esto tiene un explicación que agrava la falta. En la lógica israelita, todos en Gaza son miembros de Hamás, incluso niños menores de 5 años. Incluso han declarado que todas las bajas palestinas eran miembros de la organización. ¿No es acaso la lógica que aplicaron sobre los judíos alemanes las huestes de Hitler?

No sólo bombardean indiscriminadamente sino que han iniciado redadas casa por casa, sin respetar ningún tipo de legalidad ni derechos de los ciudadanos palestinos. Y la comunidad internacional no dice nada.


Lo que están llevando a cabo es un holocausto palestino a manos de racistas judíos, un nuevo Kosovo, cuyo objetivo es nada más ni nada menos que ampliar el territorio judío y despejarlo de palestinos. Esto lo han disfrazado con el eufemismo de una nueva realidad, tal como declaró el ministro israelí de Defensa, Ehud Barak. Una nueva realidad sin palestinos eso sí.

Según datos de la ONU (lo único que ha hecho es entregar datos al parecer) hay alrededor de 535 palestinos fallecidos -un tercio de ellos civiles- y más de 2.300 heridos en diez días de guerra.

La ONU aún no dice nada, ni las potencias hacen algo concreto ante una acción de defensa que de legitima no tiene nada, pues hace rato dejo de ser proporcional al ataque recibido y se ha convertido claramente en una limpieza étnica bajo la vista gorda de la comunidad internacional, en un acto de agresión incondicional contra una población indefensa hacia la cual Israel tiene especiales responsabilidades internacionales bajo la Convención de Ginebra y en relación con la Carta de Naciones Unidas.
Una canción acorde: Israel´s Son