miércoles, 17 de agosto de 2011

NO TODOS SOMOS COMUNISTAS


En su última columna en El Dínamo, Max Pavez plantea que el odio se impuso en el movimiento estudiantil y expone cinco tesis para explicar aquella idea. Interesantes planteamientos, pero con ciertas falencias.


Su primera tesis –que en lo personal considero resume a las otras- es que “la izquierda nunca ha dejado de hacer la pega”. Según él, en eso radicaría el origen de las movilizaciones estudiantiles –y otras varias-. Para complementar esa relación causal, agrega que el comunismo, “fracasó administrando el poder, pero no sembrando el odio”. Ergo, las movilizaciones estudiantiles serían la cosecha, luego de años de faena de la izquierda.

Pero esa tesis olvida algo esencial e importante, preguntarse ¿Por qué esa ideología encuentra campo fecundo para su siembra y posterior cultivo como plantea el autor?

Como crítico del marxismo -sobre todo en sus versiones no eruditas- dudo que la respuesta sea por la mera enseñanza de éste o por su lógica superior con respecto a otros paradigmas. Max Pavez olvida que el marxismo -al igual que las religiones incluido el cristianismo- cunde de manera fácil entre las multitudes apelando a la emotividad, relativa a ciertos temores o aspiraciones. Irónicamente, el marxismo se basa en lo mismo -Nietzsche lo llamaba resentimiento- que usaba el cristianismo en sus inicios.

Al obviar eso (por insinceridad o desprolijidad) olvida -al igual que la mayor parte de la clase política y las élites- elementos de carácter más concreto que la ideología, a nivel social, político y económico (basta analizar índices y datos), que pueden indicar o explicar de mejor forma el por qué existe ese supuesto caldo de cultivo. Como decía Bastiat: “¿qué demandan hoy las clases sufrientes? No demandan otra cosa que lo que han demandado y obtenido los capitalistas y los propietarios de bienes raíces”.

Pero hay algo más interesante. Max Pavez cae en la trampa discursiva de la lucha de clases y la reproduce en todo su análisis. Considera todo en clave de lucha de clases marxista. Para él, todo aquel que plantea la existencia de una crisis en la educación (aunque ésta se viene manifestando desde antes de 2006); o de representación; o del sistema político electoral binominal; u otras demandas, no es más que parte del eje de la izquierda comunista. Pavez ve todas las demandas como el resultado del trabajo de “la izquierda”. Y con eso, les da demasiado crédito a los comunistas con sus tesis, y le resta importancia a los hechos.

Entonces no duda en decir: “Racionalmente no hay relación causal entre las reivindicaciones de los funcionarios públicos y la de los estudiantes…”. Y se responde (y se miente): “hay un sentimiento de causa común en demandas y estilos que son comunes en función de la permeabilización de las actitudes de las ideas de izquierda”.

Pero surge la duda ¿Acaso Pavez da por sentado que todos los funcionarios públicos están permeados por las ideas de izquierda? ¿Acaso cree que los funcionarios públicos no se endeudan para educar a sus hijos para no mandarlos a escuelas municipales, o para que asistan a la universidad?

Al parecer, para Pavez todos los funcionarios públicos serían de izquierda o estarían permeados por el comunismo. Claro sesgo de clase. En ningún caso considera otros factores que podrían incidir en la relación causal entre el apoyo de funcionarios públicos a las demandas estudiantiles como el simple hecho de tener hijos estudiantes y estar endeudado.

Así, entrampado en la idea de lucha de clases que él mismo critica, Pavez considera a cualquier organización de la sociedad civil que plantea demandas, como parte de lo que llama “sub giros de la izquierda” o grupos intermedios politizados. En el fondo, los considera a todos comunistas en sentido estricto.

Pero si uno analiza, los gays no son todos comunistas, hay liberales, derechistas incluso. Es más, los comunistas de antaño (aunque ahora lo nieguen) eran homofóbicos. Pero como Pavez está entrampado en la lucha de clases, olvida que las demandas gays son más bien liberales y no tienen relación con Marx o Lenin.

Dudo que los consumidores demandando a la Polar por la usura aplicada, sean “sub giros de la izquierda comunista”, o parte de grupos intermedios “politizados”, contrarios al retail o las tarjetas de crédito. Es gente enojada porque le cobraron demás. Es más, son gente defendiendo la idea de propiedad privada, su propiedad privada, su dinero, de la descarada metida de manos a sus bolsillos, por parte de una corporación.

En resumen, lo que ha ocurrido efectivamente es que diversos sectores, incluidos de izquierda, se intentan apropiar de lo que la teoría del discurso llama significantes vacíos, que están dando vueltas entre las diversas demandas ciudadanas en diversos ámbitos, pero sin significación concreta. Y claro, le dan un uso utilitario, sobre todo los sectores con ambiciones políticas y electorales.

Pero lo clave es que esas demandas no sólo se vienen desarrollando hace tiempo, sino que son diversas y se encuentran dispersas, no están articuladas por un grupo político específico (aunque es claro que algunos intentan hacerlo para obtener dividendos).

Por tanto, la clave de las claves de Max Pavez: que toda la revuelta se debe a que “ahora quien gobierna es la Derecha”, es un tremendo error.

Probablemente si Frei fuera presidente, estaría viviendo una situación similar. Porque hay un detalle esencial, los ciudadanos, comunistas o no, ya no creen en la clase política y sus modos de gobernar, que en realidad siempre son el mismo.

En ese sentido, las quejas de la gente tienen más relación con ideas liberales en cuanto al actuar del poder político y sus amigotes (sobre todo con el actuar indolente y desprolijo de las clases políticas) que con alguna siembra ideológica. Tampoco son una toma de conciencia de clase, como algunos tratan de decir en base a las tesis marxistas.  Aunque claro, algunos quedan a merced del canto de sirenas y comienzan a creer eso.     

martes, 16 de agosto de 2011

TODOS HABLAN DE EDUCACIÓN ¿Y DE LOS FINES DE LA VIDA?


En las últimas semanas, leyendo diversas reflexiones y artículos en torno al tema educacional, se constata que la discusión en general, se mantiene en un nivel “superficial”, donde los interlocutores parecen saldar temas claves como la “igualdad”, la “libertad” o la “justicia”, incluso la “felicidad” o el concepto mismo de educación, en base a ideas –maquetas- que dan por sentadas como más eficaces o mejores en todo sentido. Así, todos dan sus fórmulas mágicas, para cambiar cosas o para frenar  cambios.

Para algunos entonces, todo pasa y se reduce a eliminar el lucro (sin aclarar qué implica eso realmente); para otros todo pasa por centralizar la ingerencia estatal; para otros tantos, todo pasa por hacer un plebiscito (sin aclarar qué se plebiscita); para otros varios, todo pasa por cambiar la constitución; para otros más, por cambiar el modelo (sin decir por cuál); para otros, por inyectar cierta cantidad de dinero simplemente; para otros por dejar las movilizaciones y darles paso a los legisladores; para otros incluso pasa por no hacer nada, para no perder el año.

Y claro, en todas esas soluciones hay posiciones ideológicas –incluso de quienes se oponen a la “ideologización” y que en el fondo sancionan las ideas igual que aquellos que consideran toda idea distinta a la propia, como ideología en cuanto falsa idea. Y entonces, la discusión en cuanto a la educación, que es quizás uno de los actos humanos más trascendentales se vuelve un simple botín.

Porque moros y cristianos deben reconocer que hay dimensiones del tema que parecen no ser abordadas por ninguno de sus opinantes, ya sea porque parecen darlas por sentadas, o porque no lo consideran importante según su paradigma.

Por ejemplo, cuál de ellos se ha preguntado ¿Qué buscamos con educar? ¿Buscamos formar personas que amen el conocimiento y lo busquen de manera libre según sus intereses individuales; o personas instruidas en ciertas técnicas simplemente, listas a seguir órdenes del poder de turno; o autómatas –supuestamente virtuosos- acordes al modelo impuesto por los “planificadores” de turno?  ¿Y la libertad, o la igualdad donde quedan? ¿La Justicia?

Me pregunto ¿Qué proponen enseñar –o educar- moros y cristianos realmente? ¿Aceptarán incluir en los programas que proponen lecturas y teorías que contravienen y derrumban sus propias ideologías o credos? ¿Permitirán que los educandos lean a un Max Stirner que pregunta si se educa para ser libre o para ser domado a favor de quienes ejercen poder?

Leyendo elogio de la ociosidad de Bertrand Russell, quien se pregunta ¿Qué es el trabajo? Me pregunto ¿Qué es la educación realmente? ¿Aceptarán –moros y cristianos- que en las escuelas se lea a ese genial intelectual subversivo de Russell, que ponen en tela de juicio el paradigma mismo de escuela, que en el fondo defienden en conjunto, moros y cristianos?

Porque si analizamos bien y más allá de las superficialidades, moros y cristianos defienden el mismo paradigma educativo, el de disciplinar las mentes según ciertos intereses, mediante la escuela. Porque moros y cristianos pretenden con ella forjar al ser humano según sus particulares concepciones, ya sea al ciudadano ideal o al feligrés ideal. Irónicamente, moros y cristianos dicen querer hacerlo libre.

El revoltoso de Russell decía algo muy importante “dos hombres que difieran acerca de los fines de la vida no pueden esperar llegar a un acuerdo sobre educación”.

Y entonces me pregunto ¿Han discutido moros y cristianos cuáles son los fines de la vida, como para acordar algo sobre la educación, a las que pretenden someter a las futuras generaciones, que aún no definen cuáles serán sus propios fines en la vida? 

viernes, 12 de agosto de 2011

QUÉ DIRÍA RUDOLF ROCKER SOBRE NUESTRA DEMOCRACIA


La obra del escritor e historiador, Rudolf Rocker (1873-1958), no es muy conocida por la generalidad del público. Como libre pensador, se opuso -siempre con argumentos sólidos- a todo tipo de dogmatismo y absolutismo. Así, fue uno de los primeros ácratas en criticar de manera contundente las ideas de Marx. No por nada, una de sus obras más importantes Nacionalismo y Cultura, ha sido elogiada por intelectuales como Einstein, Thomas Mann, Bertrand Russell y Octavio Paz.

En el capitulo décimo de dicha obra, titulado Liberalismo y Democracia, no sólo hace una notable distinción entre ambos conceptos, sino que plantea una tesis central de profunda importancia, basada en una paradoja: que la lucha por la libertad y la democracia, llevada a cabo inicialmente por los jacobinos bajo las consignas revolucionarias –libertad, igualdad y fraternidad- contra el Antiguo Régimen, dio paso a un nuevo dogma religioso de carácter secular, la religión del Estado Nación.

En los últimos días, los planteamientos de Rocker se vuelven bastante útiles para entender las disputas subterráneas que existen en torno a ciertos temas candentes como la Educación, sobre todo en base a los discursos y proclamas que se extienden en el debate público.

Según Rocker, con el surgimiento del Estado Democrático, sólo se produjo el reemplazo de un absolutismo por otro, manteniendo el principio de la gracia divina de los gobernantes, que primaba en la monarquía. Se reemplaza de manera abstracta, la soberanía del rey por la soberanía del pueblo.

Pero hay algo más interesante en esa idea, que tiene relación con que ese reemplazo se basa en una noción religiosa de la política, que atribuye una cierta divinidad o santidad, ya no al monarca absoluto, sino que a un nuevo ente abstracto –la voluntad general- y también al legislador que la representa.

Esa idea está muy arraigada aún en estos tiempos. Lo interesante es que  se ve reflejada en los debates políticos actuales, donde la mayoría de los actores, tradicionales y no tradicionales se disputan la posesión de tal providencia política. Las élites políticas en conjunto, y la ciudadanía de manera relativamente organizada –aunque no en su totalidad en partidos o grupos-  se disputan esa supuesta omniperfección.

Nada más riesgoso para el ideal democrático y la libertad que ese engaño, que es un claro artificio. Porque dice Rocker “la voluntad general de Rousseau no es algo así como la voluntad de todos, que se produce adicionando a cada voluntad individual con las otras y llegando, de esa manera, a la concepción abstracta de una voluntad social”…y agrega: “la idea de Rousseau nace de una imaginación religiosa que tiene su raíz en la noción de providencia política, y como tal está provista del don de la omnisapiencia y de la omniperfección, y por eso no puede apartarse nunca del verdadero camino. Toda objeción personal contra la intromisión de semejante providencia equivale a una blasfemia política”.  

Nada más contrario a la democracia y la libertad que una democracia sustentada en un dogma de fe que considera cualquier opinión contraria a la “voluntad general” como una herejía. Ya sea de las mayorías silenciosas o las mayorías protestando. Algo similar parece haber sufrido Sócrates, no por antidemócrata como algunos lo muestran, sino por exigir más libertad a la democracia y cuestionar el pensamiento monopólico.

La supuesta infalibilidad de la voluntad general es muy similar a la idea marxista –distorsionada por sus cultores- de la conciencia de clases, donde supuestamente, por sus condiciones materiales, los proletarios, se librarían en algún momento de la ideología –falsa idea- quedando libres de cualquier mala interpretación de la realidad. Así, la apelación a las mayorías, sin cuestionamiento alguno, parte del supuesto de que la voluntad general no se equivoca nunca.

No es extraño entonces que Rousseau rechace cualquier asociación particular dentro del Estado, pues sería contraria a la voluntad general. Esto claramente se opone a los planteamientos liberales que valoran la libre asociatividad en la sociedad civil como contraposición al poder político del Estado. Rocker es claro en decir que: “Los jacobinos, siguiendo esas huellas, amenazaron con la pena de muerte ante los primeros ensayos de los obreros franceses para agruparse en asociaciones profesionales, y declararon que la representación nacional no podía soportar un Estado dentro del Estado, pues, con esas alianzas, sería perturbada la expresión pura de la voluntad general”.

Rocker dice: “Así nació de la idea de la voluntad general una nueva tiranía, cuyas cadenas son tanto más consistentes cuanto que se han adornado con los oropeles de una libertad imaginaria, la libertad roussoniana, tan inerte y esquemática como su famosa concepción de la voluntad general” y agrega: “Frente a la soberanía ilimitada de una voluntad general imaginaria, toda independencia del pensamiento se convirtió en crimen”. Esa fórmula la han repetido moros y cristianos por varios siglos dependiendo de su control del Estado.

 Así, Rocker plantea sin tapujos que “el autor intelectual” de este (auto) engaño democrático, de esta nueva religión política, no es otro que Rousseau y su idea de la voluntad general. Quién no sólo se muestra contrario a la máxima de Protágoras, de que el ser humano es la medida de todas las cosas, sino que pretende moldearlo a medida del Estado. “La democracia en el sentido de Rousseau, no puede marchar sin los hombres, los ata primero en un lecho de Procusto, para que adquieran el formato espiritual que requiere el Estado”.

Y entonces, la libertad se concibe como el sometimiento irrestricto del ser humano a las leyes y al Estado según el molde que éste le impone, en base a quienes lo controlan. La ley se vuelve el hacha de Procusto, mediante la cual, el legislador pretende moldear al ser humano, según su moral personal. La ley se eleva a instrumento sagrado, mediante el cual “Se creía poder curar todos los males de la humanidad mediante leyes y fueron echados así los cimientos de una nueva creencia milagrosa en la infalibilidad de la autoridad”.

Esa supuesta infalibilidad expresada en la ley, se disputan quienes ejercen o quieren ejercer el poder político. Aún se impone lo que Rocker planteaba: “La creencia nefasta en la omnipotencia de las leyes y en la misión poco menos que sobrehumana del legislador”.

Detrás de eso, se esconde un riesgo claramente autoritario porque “se confío el bien y el mal de millones a la intervención superior de una corporación central, cuyos representantes se consideraban como maquinistas de la máquina” y porque en base a aquello el legislador se concibe omnipotente, asumiendo “el papel de un supremo sacerdote político, investido con la santidad de su ministerio”.

Por eso Rocker dice: “el que no ve en la libertad otra cosa que el deber de obedecer a las leyes y de someterse a la voluntad general, no puede ver nada aterrador en el pensamiento de la dictadura; ha sacrificado interiormente hace mucho el hombre a un fantasma y carece de comprensión para la libertad del individuo”.

Paradojalmente, no sólo el legislador, sino también el ciudadano común ha asumido esa omnipotencia sin cuestionamiento alguno en cuanto al legislador y sus propias limitaciones humanas. Por eso Rocker decía: “Así como el creyente no reconoce en el sacerdote al hombre y lo ve rodeado del nimbo de la divinidad, del mismo modo aparece también el legislador al simple ciudadano con la aureola de la providencia terrestre, que tiene la misión de resolver sobre el destino de todos”.

La religión política se impone entonces en las mentes de todos, y como dice Rocker: “Así como la voluntad de Dios ha sido siempre la voluntad de los sacerdotes que la transmitían y la interpretaban para los hombres, así también la voluntad de la nación sólo podía ser la voluntad de los que tenían en sus manos las riendas del poder público y estaban, por eso, en condiciones de interpretarla a su manera”.

“Surgió un nuevo sacerdocio: la moderna representación popular, con la misión de transmitir al pueblo la voluntad de la nación, como el cura le había transmitido la voluntad de Dios”.

¿No es acaso así como opera nuestra democracia, al arbitrio de quienes ejercen poder político –o lo buscan- como si fueran semidioses guiando a un grupo de ovejas?

jueves, 11 de agosto de 2011

EDUCACIÓN: REUNIÓN ENTRE IGNORANTES


Luego de la última marcha estudiantil y los actos de violencia, diversas opiniones invitan a los estudiantes a abandonar las movilizaciones para dar paso al debate de los expertos y los representantes, que el sistema político establece. Parece algo lógico, pero no lo es tanto, pues contraviene al diálogo democrático mismo.

Y no lo es, tomando en cuenta que hace menos de 5 años -cuando los estudiantes iniciaron la llamada Revolución Pingüina, y luego hicieron lo mismo que hoy se les pide (dejar las decisiones en manos de expertos y políticos)- se formó una comisión de nombre rimbombante, con expertos en educación, pero cuyo saldo no es otro que la sensación de que finalmente no pasó nada de nada. No se solucionó nada.

No es raro entonces que tras esa experiencia, hoy los estudiantes –y los ciudadanos en general- se muestren desconfiados de las comisiones y grupos de expertos, pero sobre todo de los políticos sin distinción alguna. No sólo por el ejemplo de 2006, sino también porque visualizan que los expertos, en distintas áreas operan en función al poder e intereses políticos, y no en función del problema que les compete como tales. El viejo dilema del conocimiento al servicio del poder y no al servicio del saber.

La desconfianza en ese sentido, por parte de los ciudadanos –incluidos los estudiantes- es tremendamente entendible, pero llega a un punto en que no es razonable, pues lleva a los estudiantes a una posición que contraviene la ética de la argumentación. 

Lo interesante es que esa misma lógica -basada en la notoria desconfianza endógena que muchos miembros de la clase política tienen con respecto a la ciudadanía en general- hace que políticos (y sus intelectuales asociados) se coloquen frecuentemente en una posición de superioridad en cuanto a cualquier otro interlocutor proveniente de espacios políticos no tradicionales, en el debate de diversos temas.

Así, se queda en una posición donde cada cual dice: Nosotros sabemos más que ustedes sobre esto, ya sea porque soy un experto estudioso del tema, o porque lo vivo en carne propia diariamente. El conflicto estudiantil no escapa a esa lógica, y entonces, al diagnóstico de los estudiantes, se les coloca como respuesta el saber de los expertos.

Pero el error de eso, es que eso se intenta imponer como freno a su diagnóstico (reflejado en sus demandas), y no como complemento para abordar el problema. En el fondo se les dice “ustedes no saben por qué reclaman, nosotros sí”. Craso error político y de lectura del entorno, porque eso agudiza la frustración estudiantil y la falta de acuerdos.

El diálogo entonces se trunca pues nadie -en base a su posición dentro de la sociedad- considera al otro un interlocutor válido para establecer e intercambiar argumentos, menos para llegar a acuerdos y soluciones, y mucho menos para establecer una noción de justicia. La política deliberativa como eje mediador, se rompe.

Se hace necesario entonces, por parte de políticos, estudiantes, profesores y expertos, un ejercicio teórico, pero no menos importante y práctico: Definir qué entendemos por Justicia, y establecer un consenso. Que todos se coloquen en lo que Rawls denominaba la posición original en base al velo de ignorancia. Esa es la tarea del gobierno, los legisladores, y también de los estudiantes, profesores, apoderados, y la sociedad en general.

En otras palabras, que se establezca una reunión entre ignorantes, no sólo de su posición real en la sociedad, sino en cuanto a sus saberes y experiencias. Porque lo cierto es que los expertos pueden saber mucho de educación, tener Ph.D., y publicaciones con datos duros sobre el tema en prestigiosas revistas, pero no conocen la real situación en las aulas –públicas y pagadas- en sectores menos favorecidos, ni aprecian con real magnitud la falta de capital social que incide en el aprendizaje.

Lo mismo pasa con los estudiantes e incluso con los profesores, conocen muy bien la situación en las escuelas, muchos viven en carne propia el hecho de estudiar o enseñar en condiciones difíciles, precarias, pero no necesariamente conocen los resultados de otras experiencias en cuanto políticas educacionales, ni las formas en que se pueden implementar.

La única forma en que el diálogo se establezca de manera clara, es que tanto el gobierno como los estudiantes, profesores y expertos, abandonen sus posiciones de superioridad moral, académica o de cualquier tipo, y se reconozcan como interlocutores válidos mutuamente. Que se sienten todos a la mesa. Y para ello –para discutir sobre lo Justo- deben dejar de lado los regateos políticos y el cálculo de intereses utilitarios, ya sean corporativos, sindicales o sociales.

Podrían partir por definir que la Educación es para todos un bien primario. Es deseable por todo ser racional. Nadie podría decir que no le interesa la educación -ya sea como depositario directo o que alguien como sus hijos lo sea-. Pero además, es un bien social, en cuanto valor social.

Una sociedad educada es una sociedad más libre, cooperativa y pacífica, respetuosa del individuo y sus derechos básicos. Una sociedad educada es una sociedad menos tribal, más dialogante y por tanto una sociedad más abierta. 

lunes, 8 de agosto de 2011

¿MÁS CALLE Y MENOS TWITTER?


En estos días de constante debate político y marchas ciudadanas, se ha dado mucho énfasis a la acción, a la gestión, la política pública aplicada -idea que ahora se refleja en una frase recurrente y cliché “más calle y menos Twitter”-.

Así, la mayoría de las veces, en debates y conversaciones –virtuales y no- ese énfasis en la acción -donde todos proponen fórmulas para solucionar diversos problemas y para hacer feliz al ser humano- viene de la mano de un notorio legalismo (como si la felicidad y el bienestar se impusieran por mero decreto) y de un fuerte desprecio por el debate a nivel de ideas más abstractas o conceptuales.

En ese sentido, hay un marcado argumento de descrédito en cuanto a lo “que dice la teoría”, que se traduce en desprecio al análisis y debate desde las ideas, sobre todo cuando colocan en duda ciertas concepciones políticas generales, que muchos dan por sentadas en cuanto a cuestiones prácticas.

Entonces, cuando se plantean cuestionamientos éticos desde la conjetura, en relación a asuntos de la contingencia, se dice con cierto desdén y pretendiendo dar por terminada el debate: esa discusión es pura filosofía.

Lo interesante es que ese mensaje de desdén lo repiten frecuentemente “moros y cristianos” para presumir una cierta condición pragmática en cuanto a ciertos asuntos, que no obstante esconde una presunción de verdad a priori. Y eso en el fondo esconde una evasión, la de emitir juicios éticos claros con respecto a las propias ideas y lo que se propone o defiende.

La frase “más calle y menos Twitter” es claramente un reflejo y resumen de ese desdén en cuanto a las ideas -muy sintonizado con el viejo desprecio marxista por los filósofos.

¿Pero cuán innecesaria es la “Filosofía” en las discusiones contingentes de la actualidad? ¿Cuán importantes son las ideas y la ética que sustentan nuestras opiniones y acciones, sobre todo políticas? Más aún ¿Por qué es importante el debate de ideas para definir nuestro actuar?

Sin duda, muy necesarias y muy importantes. Tan necesarias como para decir, que sin ellas, el marco de acción práctico de los individuos y la interacción y efectos que ello conlleva, no tiene límites éticos de ninguna clase. Y la historia así lo indica. El paso a la barbarie se confunde con caminar entre rozas hacia un ideal cualquiera.

Por tanto, no hay que olvidar que el descrédito generalizado por las ideas sin distinción, siempre conlleva un alto riesgo ético. ¿Por qué? Porque las ideas que todos tenemos y defendemos –consciente o inconscientemente- siempre traen consigo una concepción ética de las cosas y sobre todo, una concepción ética del ser humano. Como decía Rothbard: “lo cierto es que, apenas alguien esboza cualquier sugerencia política, por reducida o limitada que sea, está emitiendo, lo quiera o no lo quiera, un juicio ético”.

Así, el desprecio por el debate a nivel de ideas -que es un debate ético- en favor de la mera acción –en base a nociones utilitarias, tecnocráticas o ideológicas- puede dejar abierto el camino para la puesta en práctica de ideas muchas veces nefastas, autodestructivas, totalitarias y criminales. Las cuales, siempre se imponen no por su mayor valor ético, sino por su capacidad de penetración o convocatoria, es decir, la fuerza. Las malas ideas a nivel ético se derrotan con ideas éticas. Y para ello es necesaria la discusión “filosófica” libre y constante.

La discusión en torno a la educación tampoco ha escapado a ese sesgo que otorga supremacía total a la acción (aún cuando algunos planteen basarse en una idea específica de educación, desarrollo y ser humano). Otros podrían decir que eso no es así, y que las demandas esconden conceptos éticos en cuanto a la educación de carácter definido, y por tanto, una idea profunda del mismo.

Pero, aún si es así, hay un problema, ese concepto se da por sentado como definitivo, total y superior a cualquier otro, sin discusión alguna. Sin debate de ideas, se impone entonces un pensamiento, que luego, se refleja en las propuestas, en la práctica.

Y entonces, vemos que la discusión en cuanto a la educación se centra y reduce principalmente en cuestiones de gestión desde el Estado –cómo financiar, cómo distribuir, qué permitir, qué prohibir, qué leyes implementar, qué hacer, qué no-.

Pero, dónde está la discusión ética en cuanto a preguntas esenciales como ¿Cuál es el sentido de la educación? ¿Qué entendemos por educación; o para qué nos educamos; en qué debemos hacerlo; qué es ser educado? ¿Qué sentido político, económico y social debe tener la educación? ¿Debe tenerlo realmente o no? ¿Cómo se liga educación con igualdad y libertad? 

jueves, 4 de agosto de 2011

EDUCACIÓN, UNA PARADOJA CLÍNICA

El problema educacional se ha vuelto un problema endémico, crónico. Se ha naturalizado el hecho que cada cierto tiempo, cada cuatro años incluso (si constatamos regularidades), los estudiantes salgan a las calles a reclamar, protesten, denuncien las fallas del sistema, exclamen y comuniquen su mala educación y se enfrenten con otros, de uniforme, que son producto de la misma. Mientras, las autoridades, los gobernantes, se acostumbraron a responder con medidas “dentro de lo posible”, a decir que efectivamente el sistema presenta fallas, que es una vergüenza, que los datos y los “especialistas” ya lo decían, y un extenso bla bla bla. Así viene haciéndose desde hace tiempo.

Y entonces vemos que el tema educacional -no el problema, porque como decía Borges, hablar de problema puede ser “vaticinar (y recomendar) las persecuciones, la expoliación, los balazos, el degüello…”- se ha vuelto una paradoja clínica. Un enfermo, desnutrido, anémico, con fiebre y convulsiones cada cierto tiempo, asiste al médico general, para que lo cure. El facultativo de turno, que hace rato conoce el diagnóstico, primero le dice “que no está mal, que sólo es hipocondría, que se relaje, que todo está bien”, y le da un placebo.

Pero la fiebre y las convulsiones se han tornado más frecuentes en el crónico paciente, y más intensas a medida que la enfermedad aumenta con el tiempo y se torna claramente de carácter autoinmune. El enfermo vuelve donde el médico y le insiste: “estoy enfermo. Mi sistema está mal”. Y el doctor, que se cree uno de los mejores, insiste en su idea anterior y el placebo. Pero el enfermo, de sopetón le vomita el impecable delantal blanco que luce el facultativo. Y entonces, el galeno recién dice: “Vaya, parece que realmente estás enfermo. Hagamos exámenes”.

“¿Exámenes?” -Pregunta el enfermo. Y agrega: “pero y todos los especialistas en mi enfermedad, que me revisaron el 2006 y dieron cátedra de conocimiento, cuando hicieron su junta médica ¿No le dieron un diagnóstico general?”. El galeno dice: “Sí, pero no estoy convencido.  Creo que puede ser un tema mental, una locura, una idea tuya, quizás estás ideologizado”.

Entonces, cuando el enfermo vuelve a vomitar las paredes, y cae al piso de la consulta, botando bilis, mientras su cuerpo convulsiona descontrolado y claramente no se puede autogobernar…el médico reacciona y le dice: “Te daré una receta, una mejora, un remedio”. Algunos otros, ante el escándalo, sin tener idea, comentan que se trata de un loco, de un antisocial, un desadaptado.

Al llegar a casa, luego de toda una mañana de convulsiones y fiebre. El enfermo crónico mira la receta y ve que los medicamentos son prácticamente los mismos químicos que les dio otro facultativo hace cuatro años, junto a un grupo de amigos supuestamente encargados de mejorar cosas. Pero sólo cambian los nombres. Es una receta –otra más- para calmar sus convulsiones, pero no es el remedio a éstas. El enfermo, siente un poco de decepción, un poco de rabia. Se siente mal, desahuciado. Mañana iré a hablar con el doctor de nuevo, piensa. Quizás me escuche.

Al otro día, esperando en la consulta, el médico se niega a atenderlo. Una secretaria le dice con aires de superioridad –no se sabe de dónde- y con voz un tanto chillona: “el doctor ya le dio sus remedios y dice que no sea porfiado. Que se los tome y todo mejorará”. Entonces, el enfermo crónico entra en cólera y le dice a la secretaria: Cállese, quiero hablar con el médico, usted no tiene idea de nada”. La rabia lo hace tener pequeños estertores y nauseas…pero está furioso. El médico, refugiado en su consulta, llama a unos funcionarios del psiquiátrico y les dice: “Por favor vengan, acá hay un hombre que insiste en que está enfermo, es un desadaptado”.

Días después, nadie se acuerda del enfermo. Aunque en el fondo, ya todos lo estaban. En una habitación del psiquiátrico, el enfermo, se siente agonizante, lo sedaron, incluso en algún momento lo amarraron. Algunos desquiciados, realmente locos, plantearon matarlo para “calmar su mal estar”, que en realidad era el suyo. Les molestaba ese loco, les molestaba que les dijera que estaba enfermo.

Han pasado años de aquel episodio. Muchos especialistas examinan al enfermo, hablan de él en foros, escriben libros sobre su caso, plantean soluciones. Incluso ganan dinero o prestigio hablando de él en distintos lugares. Pero ninguno le ofrece una cura.

Al parecer todavía no nace aquel que se enfrente de verdad a su enfermedad. 

martes, 2 de agosto de 2011

LA SOCIEDAD ABIERTA Y TODOS SUS ENEMIGOS

El filósofo Karl Popper, define la sociedad abierta como aquella donde los individuos tienen la necesidad y libertad de tomar decisiones personales; y la distingue de las sociedades tribales o cerradas, que serían aquellas caracterizadas por una “actitud imbuida de magia o irracionalidad hacia las costumbres de la vida social, y la correspondiente rigidez de estas costumbres”…cuya vida “transcurre dentro de un circulo encantado de tabúes inmutables, de normas y costumbres que se reputan tan inevitables como la salida del sol”. Popper es claro en decir que es en la antigua Grecia donde si inicia un largo camino –aún no terminado- desde el tribalismo hacia el humanitarismo. Hacia una sociedad abierta.

En el debate en torno al matrimonio gay, podemos ver varios aspectos donde se aprecia claramente la tensión que menciona el filósofo austriaco, entre diversos resabios de tribalismo colectivo “donde las instituciones no dejan lugar a la responsabilidad personal” (Popper), versus espacios abiertos donde el individualismo puede desarrollarse y es valorado.

Dicha tirantez se aprecia en dos aspectos esenciales de la discusión en torno al matrimonio gay y desde “ambos bandos”: en cuanto al carácter -natural o artificial- de las normas y su legitimidad en base a aquello; y en cuanto al nivel de tolerancia que se acepta en una sociedad -que define su nivel de apertura-. Es decir en cuanto al derecho de los individuos a expresar ideas libremente. Que no es otra cosa que el dilema de Sócrates en cuanto a la democracia misma.  

En ese sentido, los discursos reivindicativos de ambas marchas –ya sea por la igualdad o por la familia- aunque parecieran mostrarse proclives a la libertad, muchas veces –por no decir casi siempre- se tornan enemigos claros de la idea misma de una sociedad abierta, pues finalmente siempre parecen apelar a un tribalismo solapado, que se opone a la autonomía del individuo.  

En la Sociedad Abierta y sus enemigos, Popper dice que la falta de distinción entre leyes naturales y leyes normativas (monismo mágico), característico de las sociedades tribales, ha llevado a muchos por siglos, a argumentar que ciertas normas jurídicas concuerdan con la naturaleza humana, en tanto otras serían contrarias a ésta. Lo contrario, entender esa distinción, sería el dualismo crítico.

Paradojalmente, el monismo mágico -y sus diversas vertientes- ha sido usado históricamente, tanto para promover la igualdad (podríamos incluir a Rousseau) como para promover el anti-igualitarismo (Platón). Cualquiera sea el caso, lo colectivo, lo tribal en definitiva se opone e impone al individualismo. Lo interesante es que la discusión sobre el matrimonio gay no ha escapado a ese influjo.

Así por ejemplo, tanto opositores como defensores del matrimonio gay aluden a cuestiones naturales para defender o rechazar cierta norma en discusión. Los primeros dicen que lo natural es el matrimonio entre hombre y mujer, a la vez que plantean que el gay se hace o es producto de una alteración de la naturaleza (aludiendo a la idea de enfermedad); Los segundos, dicen que la condición homosexual surge naturalmente y no es una elección personal, o que es parte de una evolución natural.

Si uno analiza los diversos argumentos a favor o en contra, la discusión se mantiene dentro del monismo mágico (falta de distinción entre leyes naturales y leyes normativas), ya sea –en base a la distinción de Popper- como naturalismo biológico; como positivismo jurídico; o como naturalismo psicológico o espiritual (que sería la mezcla de los primeros).

Si somos honestos, tal como dice Popper “la naturaleza no nos suministra ningún modelo, sino que se compone de una suma de hechos y uniformidades carentes de cualidades morales o inmorales” y agrega “somos nosotros quienes imponemos nuestros patrones a la naturaleza y quienes introducimos, de este modo, la moral en el mundo natural”.

Es decir, tanto defensores como opositores al matrimonio gay estarían cayendo en la misología. En otras palabras, se están oponiendo –de manera consciente o inconsciente- a la posibilidad de la reflexión racional acerca de estos asuntos. Lo peor es que eso, además, lo asumen como una cuestión colectiva, no individual. Lo que nos lleva al dilema socrático como segundo eje del problema. 

El rechazo mutuo a cualquier expresión de disidencia tanto a favor o en contra es visto no como una opinión personal –y por tanto con derecho a ser expresada- sino como una especie de guerra tribal entre bandos irreconciliables. Y entonces surgen atisbos de intolerancia, no sólo de quienes se presume menos tolerantes, sino de quienes se esperaría mayor tolerancia. Como vemos, en ningún caso se defiende la autonomía personal o individual sino posturas colectivas que se presumen, superiores moralmente a otras. Algo muy característico de una sociedad tribal o cerrada, y también de sociedad totalitarias. 

Entonces, un detalle más interesante es que ambos sectores, juzgan el individualismo –que es ejercer opiniones libremente- como un “impío acto de injusticia”. En ambos casos, el colectivo –la entelequia que valoran- es todo y el individuo, la persona es nada. Para ninguno somos fines en sí mismos realmente. Y con ello, hay un riesgo, que es que la apelación a sentimientos humanitarios y morales algunas veces en la práctica deriva en actos inhumanos. Ya sea en nombre de la familia o de la diversidad. Sobre todo cuando se hace desde un punto de vista tribal.

Popper plantea que “entre las leyes del Estado por un lado, y los tabúes que observamos habitualmente por el otro, un campo se ensancha día a día, correspondiente a las decisiones personales”. Claramente eso es lo que está ocurriendo hoy en día.


Y entonces tenemos un desafío, como sociedad, pero sobre todo como individuos. Donde, o elegimos volver al tribalismo; o a seguir propiciando una sociedad abierta. Parafraseando a Popper, si queremos seguir siendo humanos, el único camino es la Sociedad Abierta.

miércoles, 6 de julio de 2011

LA ESTRUCTURA MERCANTILISTA DE LA EDUCACIÓN CHILENA

En la discusión el concepto de lucro se ha mal utilizado, y eso ha incidido en que el foco en torno a la crisis educacional no está bien planteado.

La discusión se ha centrado en demonizar el lucro como causa del problema. Efectivamente, en muchos casos ha derivado en clara usura, pero eso es más bien un síntoma, no la enfermedad. Y casi todos han caído en el error de creer que es la causa. Pero el problema no es la libertad de enseñanza, que es la crítica que se esconde detrás de la crítica al lucro (la respuesta no es suprimir la libertad de enseñanza). Hay algo más subterráneo.

El lucro -mal entendido como usura- se ha alimentado de una falencia más profunda que la falta de ética de algunos, que es la nula garantía de educación pública de calidad en el sistema primario y secundario. Repito, la base de todo el problema educacional es otro: la nula oferta de educación pública de calidad por parte del Estado a nivel primario y secundario.

Es ahí donde se estructura todo el resto de las trabas y se naturaliza un sistema de competencia (por puntajes y certificados) claramente desigual, que discursivamente se presume basado en el mérito y el esfuerzo, pero que en realidad no lo es.

Y en ello hay una clara paradoja (muy ad hoc a cualquier mercantilismo) porque el Estado exige a los padres -con sanciones incluidas- enviar a sus hijos a la escuela, porque la Educación “es un derecho constitucionalmente consagrado” (artículo 19, 10°), y simultáneamente no ofrece educación pública de calidad para todos. Eso aunque el papel lo indica y existan algunos colegios públicos (bastante elitistas por lo demás). Te obliga a enviar al colegio, pero no te ofrece escuelas.

Entonces, los padres tienen dos opciones para salvarse del castigo -ligadas a su capacidad de pago y endeudamiento-: o mandan a sus hijos al colegio municipal más cercano (que con el respeto a quienes laboran en ellos, en algunos casos parecen centros de reclusión); o se endeudan pagando algún colegio de la red particular subvencionada o particular, al que puedan acceder.

La lógica mercantilista (no confundir con libre mercado) se cumple a cabalidad: Una demanda (por certificados o entrenamiento) garantizada por ley para prestadores (que entregan tales certificados o tal entrenamiento). Tal como en cualquier otro mercantilismo (AFP e Isapres) el Estado por ley, garantiza a los prestadores privados una demanda constante y cautiva.

Es decir, eso que el papel consagra como derecho garantizado por el Estado, lo debes pagar tú. Es decir, el derecho se convierte en coacción. Negocio redondo para los diversos burócratas de la educación, que sin distinción política, han desarrollado desde hace años, sus emprendimientos usando la presión estatal sobre los padres (aunque algunos sufran amnesia tratando de sacar dividendos políticos aprovechando la contingencia). Porque lo cierto es que de esta lógica mercantil, han hecho usufructo no sólo la derecha, también la Concertación e incluso los que se presumen fuera de esos sectores o paladines de la igualdad.

Pero hay un detalle más “escalofriante”. Todo lo anterior, ha incidido en que la educación superior “tradicional” (que hegemoniza los saberes) se ha mantenido bajo control de prácticamente las mismas élites de siempre, por décadas, de manera invariable (y como decía Bourdieu, con algunos “casos” para decir que el sistema no es cerrado).

Y no sólo eso, todo lo anterior, ha alimentado crecientemente la compulsión extendida por años, de creer que el éxito y tu capacidad, se determinan en base a cómo te va en un examen de dos días (PAA, PSU o como quieran llamarlo), junto con la obtención de un título profesional “ojala en una carrera y universidad tradicional”. Con ello, se ha reducido el concepto de Educación, a la idea de recibir entrenamiento para tal examen, como quien entrena para obtener licencia de conducir. Con ello, han eliminado una serie de cuestiones –no sólo materias- ligadas con lo que es educación en sentido global, como la orientación, el desarrollo de intereses y talentos diversos, etc.

Y vaya que reducción, porque ese examen de dos días, al que a final de año todos ponen tanta atención y tanto le temen, no es más que una barrera de entrada a la educación superior controlada por las élites de siempre, no “meritocrática”, sino claramente elitista ¿Impuesta por quiénes? Por las mismas élites.

Barrera de entrada (y no puerta a la universidad como le llaman) porque en realidad legitima y naturaliza la exclusión previa instaurada en el sistema primario y secundario de educación. Es decir, quien gana la carrera ya está determinado antes de partir.

Y no sólo eso, con ello, justifica toda una estructura de dominio posterior en diversos ámbitos (Basta ver quiénes se llevan becas de doctorados, o controlan las propias Ues privadas, o quienes determina qué títulos son válidos, quiénes merecen tal cátedra, o quiénes acceden a cargos de poder, quienes acceden a ciertos trabajos según la universidad, etc).

Como vemos, el meollo del asunto es mejorar la calidad y oferta de educación pública de calidad a nivel primario y secundario para aumentar la competencia posterior a nivel social, para diversificar. Para hacerla de verdad, y no que siga siendo una carrera donde unos cuantos corredores compiten con varios que ya están cojos desde el punto de partida.

lunes, 4 de julio de 2011

Educación ¿Guerra De Élites?

Ya dijimos que el sistema educacional en su totalidad está en crisis. Es algo que se viene incubando desde las primeras transformaciones a mediados de los 80´. Varias generaciones, en mayor o menor medida, han planteado sus reparos y sus demandas. Hoy, se ha alcanzado un punto de ebullición.

El sistema educacional chileno está estructurado desde su base, para preservar el privilegio, determinado por el capital social y el nivel socioeconómico. No sólo en cuanto a la calidad de los colegios a los que se accede, sino también a métodos de entrenamiento anexo –como preuniversitarios- para enfrentar las barreras de entrada al sistema universitario, que el Estado y las universidades tradicionales –qué controlan las élites- establecen, avalan y sustentan, y que lo convierten en un sistema de privilegio, y para nada meritocrático.

El detalle, es que aquellos que colocan las barreras de entrada, evalúan el conocimiento de los individuos, sin establecer o sin fijarse, si ese conocimiento está siendo adquirido –o entregado- de manera previa realmente. Que mejor ejemplo que las escuelas públicas municipales. Es decir, el control férreo y exigente aplicado al alumno, evaluado para ingresar al sistema universitario, no se condice para nada con el débil control en las etapas en que el evaluado se prepara para tal evaluación en la educación básica y media. El privilegio está asegurado desde la cuna gracias a nuestro sistema educativo.

Así, el sistema educativo en conjunto –sin tomar en cuenta el problema de qué entendemos por educación- se ha convertido y reducido- en un sistema que prepara netamente para responder un examen de dos días, al cabo de 12 años de escolaridad, que “supuestamente” determina el futuro de las personas en base a su acceso a las Ues tradicionales, mediante un certificado de “capacidad” que luego se publica en el diario.

Este ámbito, que en realidad es el de las certificaciones y reconocimientos, cuyo monopolio lo tiene el Estado, y quienes controlan sus entidades de conocimiento, y que validan un saber, son aspectos que pocos abordan a la hora de analizar y proponer soluciones a la crisis del sistema educativo de manera global. Sobre todo, a la hora de enfrentar el claro carácter elitista de la educación universitaria tradicional.

¿Qué clase de educación es esa que se centra en otorgar “certificados de capacidad” según el acceso de entrenamiento previo según capacidad de pago? ¿Por qué se ha hecho compulsivo en entrar a la universidad, sin valorar otras formas de conocimiento –sin tomar en cuenta otra cualidades- tan necesarias para el desarrollo de una nación y de las personas?

La respuesta está en el elitismo, tanto de quienes controlan el conocimiento, las certificaciones, el Estado y la productividad, como de aquellos que son excluidos por ese mismo sistema.

Ambos, mediante el falso discurso de la meritocracia, establecen y aceptan distinciones entre miembros de UES tradicionales, privadas buenas, regulares y malas, institutos profesionales, iletrados, etc.

Así, se reproduce el discurso de los “mejores” que accedieron al sistema ¿Por mérito? y que se sienten con el derecho de imponerse, discriminar, exigir privilegios, y establecer una batería de certificaciones y barreras de entrada para becas y otras dispensas, en desmedro de aquellos que quedaron fuera del sistema tradicional, por “su falta de mérito” y que se educan de manera privada a punta de endeudamiento.

Se estructura un sistema de dominio perverso que se ha reproducido de manera invariable a lo largo del tiempo. Así, el “mérito”, camufla el hecho de que el privilegio está asegurado desde la cuna gracias a nuestro sistema educativo.

No es raro entonces, que la mayoría de las personas –sobre todo aquellos cuyo único capital para heredar es invertir en educar a sus hijos- crean que el título profesional les permitirá a sus hijos, romper con ese elitismo anquilosado por décadas, que se reproduce invariablemente en el ámbito laboral, universitario privado y público, artístico y un largo, etc.

Lamentablemente, tal elitismo está sedimentado en las mentes de todos, incluso de los excluidos y sus representantes. Y surge la duda ¿Hasta qué punto, esto no es más que una pugna entre élites y no una lucha por una educación de calidad para todos?

La alternativa es colocar como eje central corregir la falla desde su raíz, es decir, en la educación básica y media, derribando esas barreras de entrada ficticias al sistema universitario, que las propias élites han impuesto. 

EDUCACIÓN Y SOCIEDAD RAZONABLE

Que la educación está en crisis es un hecho, aunque algunos lo nieguen apelando al alto nivel de cobertura del sistema. El modelo educacional en todo sentido, y desde sus bases, está quebrantado y genera fracturas posteriores. Esto no es nuevo en realidad, pero los efectos se hacen notar cada vez más. La olla esta hirviendo. Lo peor, está siendo un atentado con lo razonable de la sociedad.

Una sociedad razonable se define como “un sistema de cooperación justa” donde los individuos –racionales- establecen términos justos –previa discusión de tales términos- que todos aceptan de manera reciproca e imparcial –en base al altruismo y la ventaja mutua- a favor de beneficiarse en conjunto. Esta idea, que plantea Rawls, se hace relevante al analizar la crisis educacional chilena en todos sus niveles.

Primero, nuestro sistema educacional, ha tendido a crear individuos racionales pero no necesariamente razonables –aquellos que tienen en cuenta las consecuencias de sus actos para el bien de los demás-. Desde los primeros años de educación, ha tendido a desvalorizar lo razonable como eje esencial, para llevar a cabo lo racional de cada individuo. Y eso se refleja en diversos niveles, desde la violencia escolar, la prepotencia al volante, la intolerancia y la falta de diálogo.

En otras palabras, el modelo educacional ha ido sistemática e históricamente en contra de la idea de “cooperación social justa” (fair), y con ello ha pasado a llevar lo que se podría considerar como los cimientos básicos, que permiten lo razonable en una sociedad, entendido como reciprocidad (que no es necesariamente altruismo ni egoísmo, sino ambos).

A partir del sistema educacional, los fines propios de cada individuo –racionales- se encuentran en medio de una casi total ausencia de términos justos, que harían razonable el sistema en su conjunto. Nadie confía en nadie ni en la escuela ni fuera de ella.

Es decir, el sistema educacional –tanto público como privado- ha suspendido lo que Rawls llamaba el “universo público establecido” –donde se supone puedo identificar los términos justos que todos respetan, para así respetarlos individualmente-. Eso se refleja claramente en otros ámbitos sociales, con episodios cada vez más frecuentes de falta de ética pública y privada por parte de diversos individuos, sin depender de ningún tipo de distinción, tenga o no corbata.

Si la educación, mediante la cual se pretende instruir a los individuos (¿Qué es la educación?), parte por destruir tal idea de lo razonable desde los primeros años de aprendizaje, no es raro ver que tal noción de lo razonable no exista en otros ámbitos, como la política, el actuar corporativo, o las formas de expresar descontento.

Lo interesante de aplicar este análisis al plano educativo, es que lo anterior también se ve reflejado en los actores en pugna en torno al problema educativo, tanto en quienes parecen oponerse a corregir las fallas, como en aquellos que dicen querer hacerlo.

Los diversos actores o sectores, más bien parecen maximizar aspectos racionales –por su propio bien- y no necesariamente razonables –tomando en cuenta efectos en otros en base a términos justos-. Ninguno está siendo razonable en términos estrictos.

En otras palabras, parecen estar dispuestos a “participar en determinados esquemas cooperativos pero no están dispuestos a respetar, o siquiera a proponer —salvo como un pretexto necesario a nivel público—, ningún principio o criterio general para especificar los términos justos (fair) de cooperación. Y están prestos a violar dichos términos en función de sus intereses, cuando las circunstancias lo permitan” (Rawls). Este fue claramente el actuar de la clase política y otros representantes, en su conjunto, ante la primera “revolución pingüina”. En ningún caso fueron razonables.

Ante la crisis educacional, lo razonable sería apuntar directamente a corregir la Educación en su globalidad, es decir, desde los primeros años de escolaridad. Porque es ahí,  en el sistema educacional básico y medio donde se rompe lo que podríamos llamar el primer consenso sobrepuesto –traducido en igualdad de oportunidades sin depender de la cuna o el capital social- y que finalmente termina con un sistema de educación superior de claro carácter segregado y elitista, financiado por los menos favorecidos.

Eso sería lo razonable, sobre todo si tomamos en cuenta que según los propios dirigentes de universidades regionales, “los quintiles socioeconómicos más altos, terminan por recibir mayor cantidad de Aporte Fiscal Directo y altos ingresos por el Aporte Fiscal Indirecto (AFI)”.

Porque siguiendo la idea de Rawls, “ni lo racional ni lo razonable pueden subsistir el uno sin el otro” 

jueves, 16 de junio de 2011

GRACIAS GOBERNANTES Y LEGISLADORES


Señores gobernantes y legisladores, esta carta es para agradecer a ustedes, la gestión legislativa que llevan a cabo diariamente en beneficio de nosotros, sus representados, los ciudadanos.

En esta ocasión, les agradezco por sus largas y agotadoras sesiones legislativas en torno a “conceder” un post natal de 6 o más meses.

Mi hijo Santiago asiste a la sala cuna desde los 5 meses. Hace poco estuvo enfermo, pues como algunos de ustedes sabrán -como médicos o como padres- un pequeño de esa edad aún tiene un sistema inmunológico en formación. El jardín es una trampa sanitaria. Es cierto.

Pero como tantas parejas jóvenes que forman y valoran la familia y quieren su bienestar, ambos trabajamos, para darle con nuestro esfuerzo diario, lo mejor a nuestros hijos. El jardín permite que hagamos eso, ese es su valor, porque además aprenden y crecen como seres humanos. Pero, también es cierto que ir al jardín es el primer deber impuesto sin consentimiento a los niños pequeños. Ir al jardín es su primer trabajo, su primer aporte a la productividad del país. Muchos dirán que además “Así se hacen fuertes, resistentes”. Es verdad. Quedan listos para contribuir al empleo, la economía, la productividad…la patria, el pueblo, el sistema. La verdad es dura, la salud de nuestros pequeños es su primer tributo.

La madre de mi hijo, mi esposa, con su instinto (quizás mayor que el de todos ustedes juntos y que va más allá de las legalidades y subterfugios impuestos por simples seres humanos con demasiado soberbia) buscó las formas de extender al máximo el cuidado de su bebe, bajo sus manos, su calor, su manto. Eso, aunque la legalidad indirectamente sólo legítima hacerlo hasta los primeros 3 meses de vida.

La madre de mi hijo siguió el dictamen que la naturaleza indica a cualquier madre con sus crías en cualquier especie –sea humana o animal- que es ejercer la máxima protección con sus hijos. Las madres al querer cuidar por más tiempo a sus hijos siguen su instinto simplemente, no quieren abusar del sistema como algunos abyectos aluden.

En otras palabras, hizo algo que la legalidad de la cual ustedes se encargan, sanciona y ahora incluso busca criminalizar, cuando una madre –siguiendo su instinto- extiende una licencia para cuidar a un bebe que tiene 4 o 5 meses, que aunque sano, considera aún débil como para convertirlo en una especie de pequeño obrero.

Por eso quiero agradecerles. Porque esa misma legalidad con la que buscan criminalizar el instinto materno –que incluso ahora los hombres compartimos como padres responsables- permite que otras entidades supuestamente al servicio de la salud, deshagan la economía familiar cuando un hijo pequeño se enferma, aunque ambos padres trabajen.

La deshace, no sólo porque en esos casos la licencia (el permiso para cuidar al hijo) que los médicos conceden es de pocos días, debido a que muchos temen ser perseguidos como criminales, sino también porque los subterfugios legales que ustedes no enfrentan, permiten a esas entidades “al servicio de la salud”, pagar a su antojo, sólo una fracción de esas licencias de pocos días.

Nuestros hijos no tienen derecho a enfermarse y nosotros como padres no tenemos derecho a cuidarlos. Se nos dice que es costoso para “el sistema, la productividad”. Pero la verdad es otra. Es costoso para las ganancias de esas entidades, aunque esas ganancias las generamos nosotros cada mes con los descuentos respectivos que la ley permite.

Les agradezco porque mi hijo de 6 meses recién cumplidos, hoy yace en una cama conectado a ventilador mecánico, sedado, con sondas, con suero, en una clínica -cuya atención es probablemente tan excelente como costosa-. Todo a causa del virus sincicial.

Hoy, su madre no lo puede amantar, a riesgo de perder tan maravilloso don que la naturaleza y no ustedes con sus leyes, ha concedido a las mujeres.

No sé si el maldito virus lo contrajo en la sala cuna o no. Pero es probable que muchos otros niños tanto o más pequeños que mi hijo sí se hayan contagiado en sus salas cunas, porque van desde los tres meses a la sala cuna. Sus madres no pueden cuidarlos en casa porque la ley no se los permite.

Y peor aún, quizás no tienen la suerte de acceder a una atención de salud rápida por la simple falta de dinero. Eso, aunque sus madres probablemente los mandaban a la sala cuna para darles más bienestar, trabajando y tributando mensualmente.

Tal como dije, la salud y vida de miles de pequeños es el tributo que pagan sus padres. 

No pido protección para adultos como yo, que puedo trabajar en lo que sea y privarme de cosas, con tal de dar bienestar a mi familia. Pero exijo que mis tributos al menos sirvan para proteger a niños pequeños como hijo, sin importar su cuna, ni ninguna distinción impuesta por el hombre. Quiero que mis tributos sirvan para eso.

Tampoco exijo derechos para las mujeres. Exijo el derecho de los infantes a la maternidad. El mismo que tienen todas las especies sin costos alguno y que el ser humano parece negar a punta de sanciones. 

Por eso, les agradezco porque su prontitud y la urgencia que ponen en ciertos proyectos como el post natal, dista mucho de la urgencia que colocan para sus propios proyectos, sobre todo cuando se trata de ustedes mismos. Los felicito. 

martes, 7 de junio de 2011

POR UNA DEMOCRACIA FORMAL E INFORMAL

Son tiempos agitados a todo nivel. Nadie podría negarlo. Vivimos una fase de cambio institucional. En ese punto es donde las personas debemos mirar con atención y ver cómo contribuimos a que esos cambios –necesarios- sean graduales -incrementales-, y sobre todo pacíficos.

La Democracia –como las sociedades y las personas donde se instala- no es un régimen estático sino dinámico, en cuyas oscilaciones pueden generar avances o retrocesos en cuanto sus principios fundantes –respeto de derechos individuales, civiles y políticos-.

Se debe tener claro que la Democracia es una institución formal (basada en procedimientos y leyes) e informal (cuyo sustento depende de una sociedad democrática y sobre todo de individuos con mentalidades democráticas).  Y en ese sentido, sirve esencialmente para reducir la incertidumbre en cuanto a cómo se transfiere el poder político, quién lo ejerce y cómo lo hace.

La Democracia es fundamentalmente una limitación formal e informal que permite el cambio incremental (pacífico) y no discontinuo (violento) en la sociedad, y el ejercicio del poder de manera limitada y no autocrática.

Y aquí está el meollo del asunto. Hoy la Democracia a nivel formal e informal (en diversas latitudes) vive procesos de cambio profundo. Las clases políticas tradicionales –con sus partidos y modos de hacer política y ser gobierno- se encuentran deslegitimadas, mientras los ciudadanos, en general -de manera individual u organizada- parecen exigir mayor coherencia, transparencia, y también mayor autonomía en cuanto al poder.

La incertidumbre es creciente en ese sentido. Comparable con otras fases de cambio que luego quedan como trazos divisorios en las líneas de tiempo escolares. Nadie sabe hacia dónde llevarán los movimientos ciudadanos. Los individuos, y con ello las sociedades, enfrentan dicha fluctuación. No tenemos certeza de nada en términos estrictos. Cualquiera que dé un pronóstico, es sólo un soberbio.

Lo que sí podemos hacer es plantear ciertos consensos mínimos. Y es en ese punto es donde las personas debemos mirar con atención y ver cómo contribuimos a que esos cambios –necesarios- sean graduales –incrementales-, y sobre todo pacíficos.

Y entonces se hace necesario, no sólo hablar de Democracia en términos de limitaciones formales (constitucionalmente) como se ha hecho, sino también informales, es decir en cuanto a las normas de comportamiento no escritas, convenciones sociales, y sobre todo autogobierno, que cada cual promueve y ejerce en sus espacios inmediatos.

¿Por qué es importante esto?

Porque las ideas, prejuicios, mitos y dogmas (ideologías y credos), juegan un papel esencial al momento de determinar cómo interpretamos el medio, y con ello el cambio institucional, sobre todo porque prescriben a los individuos cómo debería ordenarse ese medio.

La fase de cambio institucional en curso, de alta y creciente incertidumbre, ofrece la oportunidad de establecer un cierto consenso mínimo en cuanto a la Democracia a partir del cual construir y establecer acuerdos. Pero, también conlleva el riesgo de dar paso al populismo o el caudillismo, e incluso el autoritarismo y la autocracia.

La idea es promover y hacer prevalecer lo primero.  

Entonces se hace relevante el tema de las ideas y principios que se promueven. Porque las ideas que prevalezcan en cuanto a las actuales exigencias sobre Democracia, determinarán el carácter de los nuevos incentivos y oportunidades, y con ello, si el cambio institucional será gradual y pacífico, sin altos costos, y por tanto beneficioso para todos en corto y largo plazo.

Para eso, es necesario no sólo promover normas formales en cuanto a la Democracia, sino promover fuertemente principios y limitaciones democráticas, que contribuyan a la promoción de una sociedad democrática, compuesta por individuos democráticos.

viernes, 3 de junio de 2011

EL CLASISMO OCULTO DETRÁS DEL VOTO OBLIGATORIO

Algunos que apoyan obligatoriedad del voto reducen el debate a una falsa dicotomía: Si apoyas voluntariedad eres clasista. Si apoyas obligatoriedad eres paladín de la igualdad. Falsa, porque ellos mismos llevan detrás un claro sesgo clasista al querer obligar a votar.

Quienes apoyan el voto obligatorio apelan al deber y la responsabilidad. Bajo esas explicaciones que apelan esencialmente a la emotividad, es fácil que muchos vean en la obligatoriedad una especie de cura mágica para todos nuestros males políticos y sociales, que hará surgir la virtud. 

Pero esos argumentos son fáciles de descomponer y refutar. Por tanto, los defensores del voto obligatorio recurren al que suponen su argumento infalible:
Los menos favorecidos presentan bajos niveles de participación electoral. Con voluntariedad, los menos favorecidos serían incapaces de ejercer el voto, y defender sus intereses en comparación a más favorecidos. Ergo, se justifica obligarlos a votar.

Y coronan su demostración con un “la estadística nos respalda”. De ello derivan que oponerse al voto obligatorio sería entonces: ser un defensor de la oligarquía, del neoliberalismo, de los ricos, o que simplemente no te importan las desigualdades o la “asimetría social”. Irrefutable dirán muchos, sin razonar a fondo.

Pero si miramos más allá, vemos que detrás de ese argumento a favor de la obligatoriedad, hay un sesgo tremendamente clasista:
Los menos favorecidos serían unos inconscientes, a los que se les debe guiar –obligar- para votar.

Más directo aún, quienes defienden el voto obligatorio, porque “constatan que sectores menos favorecidos presentan bajos niveles de participación electoral”, están viendo a los más pobres como idiotas, en cuantos sujetos desinteresados de lo político.

OBLIGUEMOS A LOS IDIOTAS A VOTAR
Como vemos, quienes promueven el voto obligatorio desconfían del autogobierno de los más pobres para ejercer el sufragio libremente, desconfían de su conciencia individual. No confían en ellos. Y eso que muchos hablan de “la conciencia del pueblo”.

Si se analiza bien, ésta desconfianza es similar a la que tenían quienes se oponían al sufragio universal. Una desconfianza clasista.

¿No es clasista decir: usted es pobre, probablemente no votará si voto es voluntario, lo obligaremos “por si las moscas”? ¿No es clasista decirle, usted es idiota porque no se interesa por lo público, así que lo obligaremos a hacerlo?

Lo cierto es que es errado considerar a los individuos como idiotas, basándose en su condición económica o su comportamiento electoral. No sólo es un criterio sesgado y clasista, sino que un supuesto tremendamente errado e incluso contradictorio.
En primer lugar no se consideran otras variables por las cuales los individuos de sectores menos favorecidos -pero también de sectores medios- no ejercen el sufragio. Hay varias, un sistema político anquilosado, poco competitivo, partitocrático y elitista.

En este sentido, los defensores del voto obligatorio evaden explicar por qué creen que pobres votan menos y por qué obligatoriedad sería la solución a dicho fenómeno.

Y lo evaden porque terminarían contradiciéndose, porque no tienen forma de explicar: ¿Por qué suponen que el voto obligatorio romperá así sin más, con la lógica hereditaria y altamente elitista de los partidos que controlan el campo político?
¿Por qué creen que abrirá espacios en un sistema político hegemonizado por dos coaliciones? O ¿Por qué creen que romperá las asimetrías de información, y con ello la apatía cívica y la despolitización?

OBLIGADOS POR LA VANGUARDIA
En segundo lugar y más importante, consideran a todos los pobres como una masa inconsciente y despreocupada. Ciertamente resulta irónico que se quiera obligar a votar a aquellos que a la vez, se les considera una masa incapaz de ejercer el voto voluntariamente.

Y aquí entra en juego un sesgo ideológico más profundo, que explica el escondido discurso clasista de los defensores del voto obligatorio: consideran a los pobres como una sola clase alienada. No hay matices.

Claramente, detrás hay un concepto marxista de clases y de la democracia misma, donde consideran a los menos favorecidos una masa sin conciencia de sí y para sí, y que por tanto debe ser guiada –obligada incluso al modo rousseaniano- para defender sus intereses, “su libertad”. ¿Por quiénes? Por ellos, los iluminados con conciencia, por supuesto.

Pero aplicando la misma nomenclatura de Marx, surgen dudas:
¿Por qué “estos defensores del pueblo”, lo quieren obligar a entrar en las reglas del juego de una democracia que consideran burguesa, es decir de clase?

¿Por qué lo quieren obligar a votar por actores que provienen de sectores privilegiados y que hegemonizan el campo político? O ¿Por qué suponen que el voto obligatorio no es parte de lo que llaman la “hegemonía liberal conservadora” y el voluntario sí lo es?

¿Por qué suponen que el voto obligatorio romperá “mágicamente” con las asimetrías en la representación, si parten del supuesto que menos favorecidos están dominados por esa “hegemonía liberal conservadora”?

Nada de esto responden. La obligatoriedad es un acto conservador...como la conscripción militar obligatoria...

¿Por qué no hacer una campaña por el voto libre e informado?