lunes, 11 de octubre de 2010

LA DECEPCIÓN PERMANENTE

“Es un hecho significativo que los representantes del socialismo autoritario, en la lucha contra el liberalismo, tomaran prestadas sus armas, a menudo, del arsenal del absolutismo, sin que este fenómeno haya sido ni tan sólo advertido por la mayoría de ellos…otros sufrieron una influencia tan poderosa de la tradición del jacobinismo francés, que sólo podían concebir la transición al socialismo bajo la forma de dictadura; otros más, creyeron en una teocracia social, o en una especie de “Napoleón socialista”, que habría de aportar la salud al mundo”. Rudolf Rocker.

La reflexión de Rocker es sumamente pertinente hoy, cuando aún existen individuos que consideran válida y posible la idea marxista según la cual “todos los asuntos de los hombres deben ser manejados por el gobierno, independientemente de las preferencias individuales” Benjamin Tucker.

Esa idea (que hoy se vuelve profundamente irónica) y que considera que el modo de terminar con los monopolios y privilegios que dan paso a las clases sociales (parafraseando al mismo Tucker) es crear un vasto monopolio controlado por el Estado, donde el gobierno no debe sufrir ninguna competencia, y la tierra, máquinas, y todos los instrumentos de producción deben ser arrebatados de las manos individuales, y hechos propiedad de la colectividad.  

Irónica, porque tal como el mismo Marx planteaba “la fuerza política es, en verdad, la fuerza organizada de una clase para la opresión de otra clase”.


Y ya lo anticipaba Benjamin Tucker en 1886: “independientemente de lo que los Socialistas de Estado puedan reclamar o negar, sus sistema, si se adopta, está condenado, más tarde o más temprano, a terminar en una religión del Estado, a cuya manutención todos deberán contribuir y ante cuyo altar todos deberán postrarse…”

¿Qué tipo de igualitarismo es este? ¿Democracia real, igualdad, libertad, una sociedad sin clases, una fase de transición?

La ironía de Marx entonces se hace más latente, al hablar de su proyecto y si se analiza lo ocurrido: “En lugar de la vieja sociedad burguesa con sus clases y contradicciones de clases, aparece una asociación, en la que el libre desarrollo de cada uno está condicionado por el libre desarrollo de todos”.

No obstante, Bakunin ya había predicho ­lo que años después Robert Michels llamaría la Ley de Hierro de la Oligarquía: “El Estado pseudopopular, inventado por el señor Marx, no representa, en su esencia, nada más que el gobierno de las masas de arriba a abajo por intermedio de la minoría intelectual, es decir de la más privilegiada, de quien se pretende que comprende y percibe mejor los intereses reales del pueblo que el pueblo mismo”.

Rudolf Rocker tiempo después ratificaba esa predicción: “El experimento del bolcheviquismo en Rusia ha demostrado claramente que por medio de la dictadura se puede llegar al capitalismo de Estado, pero nunca al socialismo. También una sociedad sin propiedad privada puede esclavizar a un pueblo. La dictadura puede suprimir una vieja clase, pero siempre se vera obligada a acudir a una casta gobernante formada por sus propios partidarios, otorgándoles privilegios que el pueblo no posee.”

Trostky también menciona ese proceso: “El aumento del bienestar de las capas dirigentes comienza a sobrepasar sensiblemente al del bienestar de las masas. Mientras que el Estado se enriquece, la sociedad se diferencia”.

Y continuaba: “Por las condiciones de la vida cotidiana, la sociedad soviética actual se divide en una minoría privilegiada que tiene asegurado el porvenir y en una mayoría que vegeta en la miseria, pues la desigualdad de que hablamos produce en los dos polos contrastes marcadísimos. Los productos destinados al consumo de las masas, son, habitualmente y a pesar de sus altos precios, de muy baja calidad”.

Benjamín Tucker no se equivocó al decir en 1886 “La sociedad no estará fundada sobre la garantía del disfrute igualitario de la mayor libertad posible. Tal libertad, en caso de existir, sería muy difícil de ejercer y podría ser suprimida en cualquier momento”.

Por eso, “una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: que el poderoso y normalmente indiscutible grito por "igualdad" es conducido por el decididamente anti igualitario objetivo de cabalgar sobre su espalda hacia el cada vez más absoluto poder político, un triunfo que desde luego convertiría a los mismos igualitarios en una elite gobernante en ingresos y en riqueza, así como en poder”. Murray Rothbard.

Lamentablemente, esa paradoja también se produce en nuestras democracias, donde las élites políticas “no parecen tropezar ni un paso en su escalada hacia la riqueza, la fama y el poder. En cambio, invariablemente se regodean en felicitaciones a sí mismos y a sus similares colegas de la elevada moral en la que se han envuelto a sí mismos” Rothbard.

No obstante, es preferible una democracia perfectible que una dictadura monárquica donde como decía Benjamin Tucker “la individualidad gradualmente desaparece y el gobierno o el Estado se convierten en la totalidad”. Sin duda alguna.


Lectura recomendada

  • Bakunin Mijail. Estatismo y anarquía.

  • Rocker Rudolf. Las ideas absolutistas en el socialismo.

  • Rothbard Murray. Igualitarismo y élites.

  • Trostky León. La Revolución Traicionada.

  • Tucker Benjamin. Socialismo de Estado y anarquismo:
  • En qué coinciden y en qué difieren. 

miércoles, 6 de octubre de 2010

VULGO LIBERALES Y CONSERVADORES

Lejos una de las palabras más manoseadas en el ideario colectivo actual es la palabra liberal. Todos quieren ser liberales, todos se dicen liberales. Sin embargo, la mayoría no sabe explicar qué entienden realmente por libertad*.
El Liberalismo, como filosofía política, nunca se constituyó como un corpus de ideas establecido de forma concreta y delimitada, sino más bien como un proceso de desarrollo constante de ideas diversas, que iban a la par de los hechos que terminan por estructurar la Modernidad a partir del siglo XVIII.
Lo cierto es que en este sentido, el Liberalismo, desde sus inicios se ha expandido por diversas vertientes y corrientes, que trataremos de explicar brevemente, y que muchas veces parecen colisionar, generando claras contradicciones y pugnas entre quienes se hacen llamar liberales.
En esta reflexión, no se pretende criticar las posiciones que defienden estos diversos sujetos, sino más bien el hecho de que las blinden, protejan o disfracen con la insignia de liberal, para establecer a priori su infalibilidad, simplemente diciendo que ellos son liberales y por lo tanto todo lo que proponen también lo es –aunque sea una patraña antiliberal- y peor aún, sin manejar un concepto específico de lo que es la libertad, ni de los fundamentos filosóficos que usan para tales efectos.
Se podría decir que es una crítica de un escéptico, no del Liberalismo y sus principios generales, sino de su real objetivación en la praxis de los individuos en cuanto doctrina política. En otras palabras, cuando alguien se dice liberal, ya hay que desconfiar. Veremos por qué.
Lo concreto es que muchos de los actuales autodenominados liberales (ciertamente vulgo o falsos liberales e incluso conservadores), desconocen estas sutiles -aunque importantísimas- diferencias a la hora de enarbolar ciertos preceptos, defender ciertas ideas políticas, o simplemente definirse como liberales de forma clara y diferenciada.
Las reacciones que se podrían generar por parte de algunos son entendibles hasta cierto punto, puesto que nadie quiere que lo despojen de sus discursos y paradigmas –por errados que estén en cuanto al uso que hacen de éstos- ni tampoco nadie quiere quedar como autoritario.
Lo cierto es que muchos de estos vulgo liberales, en cuanto a lo que plantean, son en la mayoría de los casos todo lo contrario a lo que podría ser un liberal en varios sentidos –si es que realmente podemos hablar de la existencia de liberales verdaderos y concretos-.
Esto, debido a que mezclan en diversos debates y discusiones –sin saberlo o cínicamente, pero siempre groseramente- planteamientos y lineamientos que teóricamente son contrapuestos. Es decir, y en palabras muy sencillas, son liberales para algunas cosas y para otras no, incluso en una misma discusión.
Y vaya que esto es complejo porque en definitiva no se puede ser y no ser liberal a la vez. Sin embargo, la mayoría de los autodenominados liberales (vulgo liberales) cumplen a cabalidad con esta especie de dialéctica, sobre todo en términos discursivos y prácticos.
Existen diversas dimensiones en las cuales podemos detectar y desenmascarar un discurso vulgo liberal de este tipo: en cuanto a la defensa de la libertad política; en cuanto a la neutralidad de valores, tanto del Estado como de los individuos; y en cuanto a los límites e idoneidad de la racionalidad.


En cuanto a la defensa de la libertad política
El liberalismo clásico establece que debe existir la máxima libertad política para los sujetos en cuanto al Estado y sus acciones coactivas. Es decir, que deben existir límites a la acción de los gobiernos, los cuales no pueden actuar arbitrariamente en los asuntos privados de los sujetos.
Lo clave en este sentido, es que el Estado y sus agentes no deben actuar autoritaria y despóticamente, y sólo deben limitarse a garantizar los derechos básicos de sus ciudadanos, vida, propiedad y seguridad.
Esto sin embargo, como veremos, varía según el concepto de libertad que se defiende y se maneja en ciertos momentos.
Como la mayoría de los vulgo liberales desconocen tales conceptos de libertad a cabalidad, podemos tener vulgo liberales que en términos simples, defienden o toleran la falta de libertad política, es decir justifican la acción arbitraria del Estado sobre los individuos, simplemente porque se garantiza la libertad económica -aunque sea para algunos-. Es decir, pueden llegar a defender regímenes autoritarios, por el simple hecho de que existe libertad económica.
En otros casos, algunos pueden llegar a defender “defensas preventivas” o “defensivas” –que sin embargo son claras acciones coactivas y arbitrarias llevadas a cabo por el Estado y sus organismos- ante riesgos posibles o remotos, aún cuando los criterios para ello sean del todo subjetivos.
En ambos casos, sus posturas son claramente cercanas a posiciones conservadoras y autoritarias, en ningún caso emancipadoras.


En cuanto a la neutralidad de valores 
El ideal de tolerancia del liberalismo clásico surge en el contexto de los conflictos originados por las guerras religiosas, con el propósito de generar coexistencia pacífica entre comunidades de creencias  irreconciliables.
Pero, dentro de las vertientes del Liberalismo que se desarrollan posteriormente existen planteamientos que difieren en cuanto la existencia de valores superiores y la promoción de una ideal de vida o del bien. Esto también depende del concepto de libertad y tolerancia que se adopte y la lectura que se haga de éstos.
Desde la posición neutralista en cuanto a valores, muchos vulgo liberales promueven un liberalismo utilitarista, que confunden con una mal entendida idea de libertad negativa.
Así, erróneamente y veremos contradictoriamente, creen que la libertad negativa –como no interferencia- implica libertad de cualquier restricción y su concepción de tolerancia en realidad es extraña, pues sólo toleran lo que les es agradable.
Otros vulgo liberales, desde un punto de vista perfeccionista, intentan imponer y establecer la legitimidad y superioridad de ciertos modos de vida por sobre otros.
A partir de eso, generan discursos contradictorios como defender una cierta neutralidad de valores en cuanto a ciertas decisiones individuales en ciertos temas, pero simultáneamente asumen otras posiciones no-neutrales en torno a otras áreas donde la autonomía personal también es clave, como los sistemas de creencia o las ideas.
Esto, aún cuando cualquiera que maneja un leve conocimiento acerca del liberalismo clásico, sabe que la libertad religiosa es un elemento constitutivo del ámbito privado de los sujetos y por lo tanto también se le debería aplicar la neutralidad de valores.
Debido a esta falta de rigor, tenemos vulgo liberales que defienden el evolucionismo racionalista, pero simultáneamente acusan de imbéciles a todos los creyentes de diversos credos, debido a un mal entendido ateísmo militante, que raya en los límites del fundamentalismo religioso más virulento.
Es decir, aún cuando hablan de neutralidad de valores, asumen una posición de no neutralidad ante otros sistemas de valores y creencia, y asumen que los propios son superiores al resto por lo tanto tratan de imponerlos.
Por lo mismo, proclaman la no interferencia del Estado en ciertos asuntos privados, pero simultáneamente promueven –aunque solapadamente- su intervención en cuanto a otros, por considerarla un modus vivendi inferior, por ejemplo.
En ambos casos, las posturas son claramente intolerantes y no neutrales.


En cuanto a los límites de la racionalidad
Este es quizás el tema que más complejidades genera. ¿Cuáles son los límites y espacios de la racionalidad? ¿Dónde quedan las subjetividades más profundas de los sujetos? ¿Qué papel juega la experiencia?
Aquí se aprecia con más claridad las diferencias entre los diversos “liberales”. La diferencias en cuanto al valor y la utilidad de los procesos sociales espontáneos o no planeados frente a los procesos diseñados y planeados, es clave.
Mientras unos asumen una idea totalizante de la racionalidad en cuanto a las relaciones entre los individuos, sobre todo en cuanto a la racionalidad económica; otros valoran la experiencia y plantean la necesidad de tomar en cuenta las subjetividades de los sujetos.
Así, muchos de los actuales vulgo liberales, sin saberlo, están en posiciones cercanas al racionalismo constructivista –el marxismo y otras vertientes ideológicas también tiene de aquello-que deben sus bases a planteamientos originados en la ilustración francesa, que tienen una clara posición liberal de carácter teleológico.
Aquellos que asumen una idea totalizante de la racionalidad, tienen la concepción de que el orden social puede ser pensado y constituido racionalmente en un período determinado a partir de una racionalidad superior, mediante la ley. Por lo tanto, tampoco es extraño que asuman una posición de superioridad y constantemente hablen de los “elegidos”, de iluminar las mentes de los ignorantes y los creyentes, defendiendo la legitimidad de las mentes superiores, con capacidad y formación a decidir en nombre de y para toda la sociedad. O sea, son caudillistas.
Esto claramente los lleva a plantear lógicas que corresponden a métodos de clara planificación aunque simultáneamente hablan de defender las lógicas de ensayo-error.
Así, los mismos critican la idea de orden espontáneo por considerarlo una idea irracional en cierto modo, pero contradictoriamente defienden la idea de mano invisible de Adam Smith. Lo cierto es que Smith basa su idea de mano invisible en dicho paradigma.
No es extraño entonces que al desconfigurar el discurso de los vulgo liberales, nos encontremos con que algunos –y esto sin juicio de valor- son claramente cercanos a posiciones socialdemócratas, otros en algunos casos incluso están en el límite del totalitarismo intolerante (ya sea de izquierdas o derecha), y otros son claramente conservadores en cuanto a la contraposición entre modernidad y tradición, modos de vida y sistemas de valores –cuestión compleja por lo demás en algunos aspectos-. Todo esto, claramente va variando según los temas que aborden.


Lo único que podemos concluir es que cuando alguien se dice liberal, ya hay que empezar a desconfiar.

*Los diversos conceptos de libertad no serán explicados para hacer más interesante el debate y reflejar lo explicado en el artículo.

martes, 5 de octubre de 2010

TRIUNFO DEL NO: DEMOCRATIZACIÓN NO ES LO MISMO QUE DEMOCRACIA

22 años después del triunfo del NO y el llamado retorno a la democracia en Chile, podemos decir que democratización no es lo mismo que democracia.

Si bien es claro que en Chile ya no existe una dictadura represivo-reactiva, y que ahora votamos sin temor, con niveles de libertad de expresión relativamente aceptables, no podemos decir que tenemos un sistema completamente democrático.

En este sentido, nuestra democracia más bien se asemeja a una oligarquía isonómica, donde existen derechos civiles iguales, pero no derechos políticos iguales.

Se democratizó la forma en que se transfiere el poder, no su ejercicio, estableciéndose entonces una especie de civitas sine sufragio, es decir, acceso a derechos civiles pero no a derechos políticos. La lógica es similar a la del voto censitario que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX.

La diferencia con los tiempos del voto censitario, radica en que hoy en día, la civitas sine sufragio no es impuesta por ley alguna, sino que es producto de la propia lógica de la estructura isonómica del sistema político chileno, que desincentiva a los ciudadanos “comunes” a querer participar de la política en cuanto ser gobernantes, reduciéndolos al mero rol de electores.

A 22 años del triunfo del NO y el llamado retorno a la democracia en Chile, podemos decir que democratización no es lo mismo que democracia.

¿Qué paso entonces?

Tanto en Chile como en el resto del continente, se ha producido un claro vacío entre la fase de democratización, es decir, de volver a la democracia desde dictaduras y la fase de desarrollo de la institucionalidad democrática en sí.

La percepción claramente más instrumental que normativa, incidió en que el proceso de democratización se centro en el traspaso del poder a los civiles, sin mayores miramientos a qué tipo de institucionalidad o régimen político era el más adecuado para establecer una democracia como tal.

De alguna forma, las sociedades latinoamericanas aún se encuentran en medio de ese vacío, sin definir o establecer una institucionalidad que permita un mayor desarrollo del ideal democrático de manera permanente y sin autoritarismo.

Esa ambigüedad en torno a la noción misma del régimen democrático, aún se ve reflejada en los distintos modos en que ven la democracia los diversos actores políticos a nivel continental, confundiéndola en ciertos casos con caudillismo, populismo o autoritarismo de mayorías, lo que termina por generar constantes rupturas institucionales y discontinuidad. Ecuador es el mejor ejemplo.

Si bien Chile presenta mayor estabilidad en cuanto al régimen político que otros países, y la Constitución establece que todos los ciudadanos tienen derecho a ser elegidos como gobernantes. Todos sabemos que no todos los chilenos pueden ejercer tal principio. No por falta de capacidad, sino esencialmente por carencia de recursos materiales, capital social e influencia.

Por lo mismo, parafraseando a Rawls, una cosa son las libertades políticas iguales y otra el valor equitativo de dichas libertades. Es decir, democratización no es lo mismo que democracia. 

POR UN MUNDO PACÍFICO

Diariamente y leyendo la prensa, uno puede constatar que la violencia sigue siendo el problema principal en los asuntos humanos. Ningún otro asunto puede encontrar solución mientras la lógica arraigada de la agresión siga siendo la regla base de las relaciones humanas.

Actualmente, hablar de una sociedad pacífica como ideal, para algunos parece una idea añeja de hippie; para otros suena a utopía y fantasía; y para otros tantos a algo ya existente -claro mientras la violencia no se hace patente directamente-.

Lo cierto es que la agresión como método de interacción parece estar aún muy presente en esferas diversas de la vida cotidiana, en las escuelas, en los deportes, en la política, en las relaciones interpersonales, en las calles, los medios de transporte, en la prensa rosa, en todo.

En este sentido, la disposición a la violencia es más latente de lo que uno piensa a veces y entonces surge la pregunta ¿Hemos avanzado realmente hacia un mundo más pacífico o no?

Algunos dirán sí, porque las guerras han disminuido -aunque los datos dicen lo contrario, porque la guerra cambia como camaleón pero es violencia igual- o porque la violencia política es menor, o la delincuencia baja, etc.

Pero ¿Podemos decir lo mismo si miramos al interior de las escuelas, las familias o en los medios de transporte?

Algunos  podrán decir que en realidad la violencia en esos ámbitos es similar al pasado -y que por tanto no hay aumento significativo-. No obstante, con o sin estadísticas, números más o menos, la violencia está aún presente, y nuestra pregunta inicial sigue sin respuesta.

Por siglos, muchos pensadores han planteado que el hombre es violento y pacífico a la vez -también lo creo- no obstante, por lo mismo planteaban la necesidad de anteponer o desarrollar la razón -no en su sentido constructivista- como el medio para equilibrar tal dualidad, con el fin de establecer principios éticos para establecer una sociedad pacífica. Uno de esos axiomas es el de no agresión.

Basado en el reconocimiento de la autoposesión de los individuos, el axioma de no agresión plantea que toda persona tiene el derecho a estar libre de agresión, y que ninguna persona o grupo de personas tiene el derecho a agredir a otro –excepto en legítima defensa-.

La agresión en este sentido se define como uso o amenaza de la violencia física contra otra persona y por tanto, es significa invasión.

Algunos dirán que el axioma es casi una obviedad, no obstante, la mayoría de los individuos desconoce el principio de no agresión en su base fundamental –su justificación filosófica-.

¿Y dónde aplican constantemente ese descriterio estos individuos? En sus interacciones más directas y habituales, en sus relaciones de pareja y en sus familias. Es decir, inculcan la violencia como base de la interacción entre pares, a sus hijos y nietos, que luego lo reproducen en las escuelas y en su vida adulta.

Por tanto, en ciertos casos consideran válido el ataque contra otros por diversas razones o justificaciones, no sólo ideológicas –políticas o religiosas- sino también morales, raciales, étnicas, nacionalistas, e incluso más cotidianas como el fanatismo deportivo o la cuestión amorosa, por ejemplo.

Por eso no es raro que cada cierto tiempo algunos energúmenos maten a otro por el simple hecho de vestir la camiseta del equipo contrario; o que algún tipo mate a su pareja o novia porque en el fondo considera que ella es su posesión. Peripatético.

Es decir,  tenemos un gran número de individuos, miembros de nuestra sociedad, que consideran agredir a otros por diversos motivos o diferencias -más allá de la legítima defensa- como algo lógico, válido y razonable.

Entonces surge otra pregunta ¿Cuánto de no violencia se enseña o promueve? Me atrevo a decir que nada.

Entonces ¿No parece irrisorio establecer leyes contra la violencia escolar o intra familiar, mientras los individuos insertos en esa legalidad desconocen principios éticos básicos y generales para establecer una convivencia pacífica, y sobre los cuales deberían descansar tales leyes?

Lo difícil es que para ser coherentes, el axioma de no agresión no debemos imponerlo por ley, sino convenciendo al resto de sus virtudes. Esa es la primera tarea del credo libertario.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

MÉDICOS PÚBLICOS PRIVADOS


El no cumplimiento de horarios por parte de algunos médicos en el sistema público, denunciado en la prensa, trae consigo una discusión de fondo más importante ¿Cuánto han cambiado las bases filosóficas y éticas en que se sustentaba la Medicina?

No es novedad para nadie que la actividad médica ya no concibe al enfermo como paciente, sino más bien como consumidor o cliente. Sin pretender cuestionar en sí ese cambio de nomenclatura, o la relación contractual entre personas, o que un médico gane dinero con su trabajo, surge la duda en relación a cuánto han cambiado con ello, las bases filosóficas y éticas en que se sustentaba la Medicina, como la confianza, la filantropía y el compromiso ético.

Antiguamente -más allá de cuestiones religiosas o antropológicas- la relación entre pacientes y sanadores, se basaba esencialmente en la confianza que depositaba el primero con respecto al segundo, en cuanto a su propia vida.

Es decir, la Medicina esencialmente surgió como un acto de buena fe entre los seres humanos, donde lo que se transaba en términos simbólicos, era el bien más preciado que tiene un ser, la vida. La persona, colocaba en las manos del sanador su propia existencia, su principal propiedad.

Esa transacción no significaba la perdida de la existencia o auto posesión por parte del enfermo, sino su retorno y recuperación, a través de la ayuda del sanador, curandero o médico.

El enfermo entonces, bajo absoluta confianza como receptor de la atención médica, se volvía un sujeto pasivo con respecto a su propia salud y vida, delegándole a otro sujeto activo la tarea de mejorarla y preservarla.

En principio, este proceso no estaba necesariamente mediado por transacciones específicas, sino más bien variadas, desde materiales hasta simbólicas como el prestigio, la buena fe. En todos los casos, había un mutuo acuerdo y probablemente igual se cobraba algún tipo de pago, pero el fin esencial era preservar la vida. Y probablemente así sigue siendo para la mayoría de los médicos.

Sin embargo, con el paso del tiempo, la actividad médica también cambió junto el proceso de división del trabajo, lo que permitió pasar de una actividad más bien precaria e irregular a una especializada y de alta tecnología, gracias a importantes mejoras y nuevos conocimientos, que hoy son sumamente beneficiosos para todos.

No obstante, junto a ese proceso ocurrió otro igualmente complejo; el paso desde la concepción de pacientes a clientes. Y es aquí donde tomando en cuenta la polémica actual en cuanto al no cumplimiento de horarios, surge la duda en relación a

¿Cuánto han cambiado las bases filosóficas y éticas en que se sustentaba la Medicina?

MÉDICOS PÚBLICOS, MÉDICOS PRIVADOS
En primera instancia, podemos decir que se produce una ruptura en la base de la relación entre médicos y pacientes, al desvanecerse la idea de compromiso permanente y focalizado en un único fin -preservar la vida- por parte de los primeros, y un vacío en cuanto al valor del sujeto mismo como receptor de la Medicina.

El nuevo consumidor de salud queda -también para el médico- en un limbo entre su antiguo epíteto de paciente y su nueva condición de cliente, debido a que se mantienen las estructuras simbólicas y discursivas de la relación entre paciente-médico, pero dentro de un marco institucional donde la base de dicho nexo no es la vida en sí, sino la transacción de un bien material, específicamente monetario.

La relación médico-paciente, originalmente basado en la buena fe y la primordial mantención de la vida, se convierte en un nexo contractual definido esencialmente por la capacidad de pago del paciente. El médico –o mejor dicho algunos médicos- ejercen su ética y responsabilidad, no en base a la vida de sus pacientes, sino más bien en base al pago que éstos generan para recibir atención médica.

Algunos argumentarán que eso refleja la pugna entre lo privado y lo estatal, o que la mercantilización de la medicina es el problema, y la estatización la solución, pero no.

Lo cierto es que a esos médicos que no cumplen sus horarios en el sistema público para cumplir en sus consultas particulares, se les paga por atender a esos pacientes de menos recursos. El problema no es que el médico gane poco en el sistema público, sino que gana sin cumplimiento alguno. Lo mismo tiende a ocurrir en el sistema privado donde los médicos son empleados de una empresa, y deben cumplir cierto número de pacientes, la consulta dura menos de diez minutos y no necesariamente son buenas.

La diferencia es que el paciente del sistema público no tiene otra opción que esperar a que el médico se digne a aparecer y el paciente del sistema privado puede buscar otro médico.

No obstante, en ambos casos, esto genera vacíos en cuanto a los derechos a los que debe acceder todo paciente, como consumidor, y los deberes del médico con éstos, como cualquier otro sujeto que presta un servicio, desde el respeto y buen trato hasta una atención no fraudulenta o negligente.

En este sentido, el paciente, aunque ahora es considerado un consumidor, en la práctica carece de los instrumentos legales, institucionales y discursivos para ejercer tal condición.

En otras palabras, en cuanto a sus derechos, el paciente es aún considerado un sujeto pasivo, impedido de ejercerlos y reclamarlos.Esa es la contradicción del discurso médico imperante.

EL MÉDICO DE CABECERA
Un médico dueño de su consulta, atenderá bien y en los horarios acordados a sus pacientes para convertirse en su médico de cabecera permanente, y ganar más pacientes. Si atiende mal, la persona puede buscar otro médico mejor. Si hay muchos médicos, los precios quizás bajen. Incluso, algunos pueden optar por atender gratis en algunos casos.

jueves, 16 de septiembre de 2010

¿Cuál es la filosofía detrás del famoso blog de la Tere Marinovic?

Por Roberto Valencia
Dos nombres de película se vienen en mente al analizar a la extravagante bloggera Tere Marinovic (teremarinovic.blogspot.com): El curioso caso de Benjamín Button y Avatar. Explicaremos la asociación de ambos títulos de películas con los contenidos de este famoso blog que ha estado en el ojo del huracán durante la última semana, debido a sus ácidos y poco objetivos comentarios acerca de la realidad nacional.

Dos perspectivas son útiles para desmenuzar sus columnas. La primera la podemos encasillar, extrapolando el título de la primera película a “El curioso caso de Tere Marinovic”, ya que no deja de llamar la atención la aparición de este intento de defensa al conservadurismo y al ambiente social donde se genera, especialmente en los marcos del bloggerismo. Y es que, efectivamente, blogs como el de la Marinovic no son una generalidad en los espacios del 2.0. No se encuentran por doquier.

Ahora, si realmente la autora de las columnas llegase a existir en carne y hueso, elsentido común fácilmente puede advertir las deficiencias cognitivas de sus escritos, las cuales no se condicen con la licenciatura en Filosofía que ostenta la autora. En la superficie, los textos del blog carecen de una estructura lógica, prevalecen constantes ambiguedades y contradicciones en las ideas planteadas.

Por ejemplo, Marinovic ostenta su calidad de teóloga en la Universidad Los Andes. Sin embargo,  en su columna “Por qué tengo tantos hijos”, afirma: “Tengo ocho hijos y otro viene en camino. No, no es que no haya tv en el dormitorio. Puede haber maridos menos atractivos que un plasma, pero el mío… Tampoco es una cuestión de método. Cuando alguien lo atribuye a eso me parece ofensivo, porque me puedo equivocar una vez, pero no nueve. Menos todavía se trata de una prescripción religiosa, de un deber penoso que se me impone desde afuera, y que cumplo estoicamente, porque soy hedonista”.

¿Es creíble que una teóloga de la Universidad del Opus Dei, se refiera a la religiosidad en su vida como “un deber penoso que se impone desde fuera”, en circunstancias de la sistemática intromisión que realiza el Opus Dei en sus adeptos y/o personas que trabajan en sus ambientes?

Otra flor de caso: En la revoltosa columna “Mapuches Malcriados” dice: “Yo no tengo nada en contra del pueblo mapuche. Es verdad que su cultura me resulta lejana porque es un poco machista (mientras el hombre se prepara para la guerra, la mujer se lleva toda la carga del trabajo productivo)”. ¿Habrá una cultura más machista en nuestro país como aquélla que aún trata de inculcar el conservadurismo local, al cual ella adhiere? Lo más cómico es que la Marinovic explicíta abiertamente la cultura machista del ambiente social que dice defender en su columna “Por qué tengo tantos hijos” (jajaja).

Otra más. En “El conservador culposo del Bicentenario”, apela a la necesidad de no sentir culpabilidad por defender las costumbres y la moral de los conservadores, como si esta última fuese irreprochable del punto de vista ético, a la luz de la violencia que ha impulsado nuestro conservadurismo político-social en distintos períodos de nuestra historia contemporánea.

Contradicciones como éstas brotan como burbujas en un caldo hirviendo, pero dejan abierta la pregunta acerca de la existencia real de la Marinovic. Su curioso caso, en el sentido de que no es común ver una defensa del pensamiento social de la derecha de este tipo, tan irreverente y transgresora (eso no significa que las columnas de otros exponentes conservadores no sean absurdas), escudada en supuestos antecedentes académicos, nos permiten advertir la presencia de algo más allá de lo evidente en este blog.

Si nos concentramos en la superficie discursiva de la Marinovic, obtendremos la masiva conclusión que se plasma en los comentarios de los demás cibernautas: estupidez, tontera, cuiquismo y otros tópicos culturales establecidos acerca de la realidad cotidiana de la derecha chilensis. Pero, escarbando esta superficie, se advierte la gran posibilidad de estar presenciando un buen montaje con claros objetivos comunicacionales; un experimento, un proyecto que apunta a generar efectos comunicacionales a partir de la disrrupción y del rechazo. Y aquí el curioso caso de Tere Marinovic pasa a ser analizado bajo la perspectiva de otro título de película: Avatar.

La trama de este film consistía en la utilización de una especie de androide que servía de disfraz a los humanos para infiltrarse en una comunidad de alienígenas. Eso es precisamente lo que puede existir detrás de la foto de Teresa Marinovic: una máscara que esconde a otro (s) personaje (s) anónimo(s) dedicado (s) a escribir estas columnas que tantas ronchas generan en el público 2.0. No por nada, la famosa columna que calificaba a los mapuches de “niños malcriados”, obtuvo la no despreciable suma de 1.120 comentarios en meno de dos días, siendo el blog del momento como lo señalaron varios diarios digitales durante la semana pasada.

Ello nos habla de un efecto inducido en la comunicación social, avalado por el anonimato que ofrecen las redes sociales del 2.0. Existe otro caso similar que circula en los foros de CNN Chile; el de un usuario que se hace apedillar steigner. Bajo la foto trucada de un oficial nazi con cara de inca, el personaje se dedica a apologizar la cultura peruana por sobre la chilena, obteniendo como resultado una cantidad de improperios que terminan disvirtuando el contenido de las discusiones temáticas que dan vida a los foros. Con ello, surge el lamentable fenómeno de desvirtuar el debate y la discusion en esta isla de pluralidad del 2.0.

Sin embargo, en el blog de la MarinovicEfectivamente, debajo de las superficialidades escritas en las columnas, que nos hablan del modo de pensar del conservadurismo en el país, se aprecian influencias filosóficas con una sospechosa y riesgosa hermenéutica.

Todos dudan de la licenciatura en Filosofía de la Marinovic y, más aún, sobre su doctorado con mención a Heidegger. Pero el punto es que, efectivamente, se aprecian ciertos elementos filosóficos que son el trigo que queda después de haberlo limpiado de la paja superficial presente en las columnas. Uno de los elementos comunes en casi todas las columnas es la influencia del pensamiento de Nietzsche, que se deslizan al defender la idea del conservadurismo: “La cosa es que el conservador en su versión 2010 se siente culpable de ser lo que es, y por eso toma los piropos que recibe del mundo progresista como si fueran ofensas. De ahí que se disculpe, por ejemplo, cuando le dicen que sus costumbres y su moral son las de la elite, como si fuera mejor tener las del lumpen”.

Se exhorta al la persona con ideas conservadoras a no tener sentimientos de culpabilidad frente a los cuestionamientos a sus costumbres y moral, algo que Nietzsche siempre dejó entrever para el advenimiento del superhombre que debe ser transgresor e irreverente. Este blog, justamente, ha hecho noticia a partir de la transgresión. Pero, lo peor que podría suceder es la multiplicación de este híbrido “superhombre conservador criollo”, el cual ya se advierte en los ambientes sociales de la derecha de estos tiempos.

Cuando mencionábamos la carencia de estructura lógica en los escritos de la Marinovic, vemos detrás al método utilizado por Nietzsche, quien tendía a distanciarse de una racionalidad asociada a la coherencia y a la falta de contradicciones.

Otros elementos nietzschianos se infieren en párrafos difusos, como cuando menciona: “En fin, a mí no me convencen estas teorías espiritualistas, que dicen que uno puede tomar una cosa sin dejar otra, ser y no ser, estar sin estar… para una materialista como yo, eso es puro esoterismo, y la opción de la maternidad excluye muchas otras, también por razones de salud mental”. Al defender esta diferencia impuesta a la mujer, quienes escriben esto se inclinan al rechazo del relativismo cultural que caracteriza al conservadurismo. La idea de un patrón universal de culto a la diferencia (la mujer en la casa y el hombre en el trabajo) es explicada bajo la óptica nietzscheana en cuanto a que esta verdad creada por la derecha en Chile se debe mantener por la voluntad de poder. Cuando el “avatar Marinovic” dice ser materialista, calza con el enfoque nietzschiano que insiste en diluir las dualidades morales; para “ella”, el hecho de ser una dueña de casa y no trabajar, no debe plantear dilemas morales. Por ello, se busca decir: se es así y basta.

La misma idea fuerza de la Marinovic de considerar a la democracia como “una dulce ilusión: la de que todos somos iguales” evidencia el espíritu de superioridad que buscaba proponer Nietzsche, mediante el rechazo a las teorías socialistas, por considerarlas “una regresión al estado primitivo del hombre”.

A propósito de la crítica al relativismo cultural, mediante la defensa del conservadurismo, este experimento del blog deja algunas pistas para comprender la concepción filosófica que lo anima. En la portada, la Marinovic dice estar leyendo y recomienda la obra “El cierre de la mente moderna” de Allan Bloom, académico de la Universidad de Chicago, especializado en Nietzsche. Su trabajo es una crítica radical al relativismo cultural y una defensa acérrima al conservadurismo norteamericano de religión, familia, Estado, mediante el culto a las diferencias; los hombres hacen roles de hombres y las mujeres cumplen los suyos.

El único problema es que, en su vida sexual privada, Bloom era todo lo contrario de lo que decía escribir en sus estudios. Tanto así, que muchos le achacan ser el padre del fenómeno de los “gaycons”, los llamados gays conservadores estadounidenses, puesto que el círculo íntimo de amigos de Bloom logró dar vida a un pensamiento conservador mediante una homosexualidad visible y normalizada que se opone al activismo gay. ¿Cómo cambiaría la cara de la Tere si supiera esto? y, sobretodo, qué dirían en los ambientes sociales conservadores, que dice defender, si propone obras de este tipo de autores (entiéndase que esto está siendo asimilado a la visión de mundo oficial de la derecha y no pretende reflejar alguna discriminación u homofobia).

Cuando hablamos de la Marinovic como un avatar, una máscara al servicio de la producción de ciertos conocimientos y valores relacionados con el conservadurismo de la derecha, nos encontramos con una idea filosófica importante: el Ser. La sola idea del Ser conservador que ella representa, nos lleva a Heidegger, el cual también es mencionado como una pista en la portada del blog. Se supone que la Marinovic –tal como lo dice- está haciendo su tesis sobre este filósofo contemporáneo, quien ha basado sus propuestas a partir de la obra de Nietzsche.

El eje central de la obra heideggeriana es explicar el Ser a través del Ente. La fotografia de la Marinovic representa a este Ser, en el cual se identifican muchas personas de derecha. Su Ser conservador ha provocado más de mil comentarios -en menos de dos días- en torno a su polémica y transgresora columna sobre la huelga de hambre de los mapuches. Pero, es posible pensar que detrás de este Ser, representado en la foto de la joven, se esconda -como afirmaba Heidegger- un Ente (o unos Entes) que tiene el objetivo de posicionar la apología al conservadurismo desde una óptica que nace de Nietzsche, pasa por Bloom, y termina en Heidegger.

Este último afirmaba que el habla es la casa del Ser. En el caso del blog, los escritos de la Marinovic son la casa del Ser que constituye al conservadurismo chileno de estos tiempos. Heidegger decía que el Ser es el que desvela el lenguaje. Por fortuna, el lenguaje desvelado por la Marinovic en sus columnas ha generado otro tipo de lenguaje: una cantidad enorme de garabatos, lo que hace pensar en un experimento de carácter lúdico, aunque no son desdeñables sus interpretaciones filosóficas para defender al conservadurismo. Mejor esperemos otra columna de “ella”.

Roberto Valencia es periodista y ensayista.

martes, 14 de septiembre de 2010

HUELGAS DE HAMBRE Y DILEMAS ÉTICOS

¿Cuándo es legítima y cuándo no una huelga de hambre? Muchos dirán en tal o cual caso. Pero si defendemos principios universales para todos los seres humanos, el panorama se vuelve complejo, si somos honestos.

Hace algún tiempo atrás, en Cuba había una huelga de hambre. Para los defensores del régimen, esa acción era ilegítima y sólo correspondía a una triquiñuela barata de un “delincuente común” en contra del modelo cubano. Para los opositores a Castro, la huelga era legítima en cuanto representaba un justo reclamo por la libertad política en la isla.

Tiempo después, en Chile, comuneros mapuches también llevan a cabo una huelga de hambre. Algunos, que quizás consideraron una simple triquiñuela la huelga en Cuba, ahora consideran legítima la acción de los comuneros, pues ven que ésta representa una posición contra el modelo chileno. Por otro lado, otros que apoyaban la huelga en Cuba, rechazan la huelga mapuche, pues consideran ilegítimo tal acto en Chile.

¿En qué se basan unos y otros para establecer tales distinciones en torno a un mismo acto?

El argumento más básico y menos notorio de todos, se hace en base al ethos que representan los sujetos en huelga. Es decir, para unos y otros, la huelga es válida sólo si la hacen personas afines a sus ideas y sobre todo si tal acto se muestra en contra de las autoridades del Estado o régimen opositor.

Otros, elaboran un poco más y argumentan en base al el tipo de régimen donde se desarrolla la huelga. Es decir, si se hace en una dictadura sería más legítima que en una democracia. Eso marcaría la diferencia. Aún así, el ethos que representa el huelguista sigue siendo la base del argumento.

De ambas explicaciones -y en base a si se está a favor o no de la huelga en cierto contexto- surge otro argumento nuevo que tiene relación con el cómo debería actuar el Estado en cuestión. Es decir, lo que deberían hacer los gobernantes o el Estado con “sus huelguistas”, según sea el caso. Y otra vez hay ambigüedades.

Los que están a favor del Estado o régimen –según sea el caso- consideran que éste no debe dejarse chantajear por el huelguista, y por tanto, no está obligado a responder a sus demandas. Si muere, no es culpa del régimen, sino del propio huelguista.

Para los que están en contra del Estado o régimen –según sea el caso- consideran que si el Estado y los gobernantes dejan morir al huelguista, demuestran su autoritarismo, su falta de humanidad y poco compromiso con la vida, cometiendo un acto inhumano y criminal por omisión.

Surge la pregunta ¿Tiene responsabilidad Chávez en la muerte de un huelguista de hambre opositor en Venezuela? ¿Y Piñera, si muere uno de los comuneros? ¿Sí o no, y por qué?

Entonces ¿Cuándo es legítima y cuándo no una huelga de hambre? Muchos dirán en tal o cual caso. Pero si defendemos principios universales para todos los seres humanos, el panorama se vuelve complejo, si somos honestos.

En todos los casos, y sean cuales sean las explicaciones, no se aplica un criterio universal sobre los individuos, sino que depende del ethos que representan éstos.

Lo anterior nos genera un dilema ético profundo, puesto que la dignidad del individuo –ya no hablamos ni siquiera de otros beneficios legales- dependería de la valoración que hacen algunos del régimen político donde el sujeto está inserto.

Pero entonces ¿La valoración de la vida –puede ser la nuestra incluso- depende del régimen o las ideas que defendemos, y de las que tienen los que tienen el poder? ¿Ya no seríamos fines en sí mismos? ¿Y quién y con qué derecho puede discernir eso?

El panorama se vuelve más complejo si los huelguistas provienen de ambos lados del espectro político en una democracia.

¿A quiénes debe salvar el Estado y a cuáles no? ¿Con qué derecho puede discernir eso? 

lunes, 6 de septiembre de 2010

LA MISERIA POLÍTICA

Que si hubo o no invitación, o que si el sándwich es esto u otra cosa, son los tópicos que parecen importar, no sólo a nuestra clase política, sino también a los ciudadanos supuestamente informados -porque hay otros que ni se enteran-. Y eso es lo que refleja la miseria creciente de nuestra política.

Chile tiene un claro déficit de ciudadanía en todo sentido. 

La sistemática pobreza y limitación del debate político llevada a cabo por la clase política en general y reproducida por los medios de comunicación masivos en torno a nimiedades, reflejan este problema profundo, que termina por convertir la política en un simple y reducido intercambio de mensajes vacíos entre las élites a través de los medios, que los ciudadanos asimilan erróneamente como cuestiones importantes. 

Lo anterior no es raro si consideramos que muchos "ciudadanos", incluidos políticos, no saben realmente a qué refieren cuando hablan de democracia, ni cuál es el sentido esencial de la política, en una república que se precia de tal. Algunos -entre políticos y ciudadanos comunes- creen que ésta consiste en el simple acto de marcar una opción con lápiz grafito, donde luego hay que esperar cuatro años en silencio y sin reclamo para hacerlo de nuevo, previo gasto en publicidad, campañas y escándalos o promesas varias. 

La política entonces desaparece tras el mando fascinante del espectáculo, del conventillo, de la frase fácil y la discusión superficial. 

El ciudadano, acostumbrado y entrenado desde pequeño bajo el principio monárquico de ceder su capacidad de decisión a otros, o de comprar eslóganes baratos al primer demagogo, parecen no incomodarse ante ese proceso de empobrecimiento de la discusión política a nivel general. Incapaz de sancionar de manera efectiva el actuar deplorable de esas élites, no puede defenderse de esos otros que tienen controlan el poder y lo monopolizan. 

La "idiotización" de la política en el sentido griego, entonces se vuelve permanente. Ni a los representantes ni a los electores les interesan los asuntos importantes de la polis, sino las banalidades más básicas donde encuentran la base para sus discusiones políticas. Ninguno es ciudadano. 

No sería grave tal situación si quienes gobiernan decidieran sólo sobre sus propias vidas, pero sucede que en la realidad, la mayoría les cede a ellos la capacidad de decidir nuestros destinos. Por eso no es raro que otros crean que la democracia se trata de una monarquía donde un rey es electo, que gobierna ovejas y estás se someten a sus designios con resignación. 


LA INDIGENIZACIÓN MAPUCHE

El tema mapuche, ha demostrado que la estructura política e institucional chilena en su totalidad –más allá de los gobiernos de turno- es incapaz de absorber las demandas de dichos sectores, que presentan un claro proceso de indigenización.

Los mapuches, histórica -y discursivamente en cuanto a lo “chileno”- han sido considerados un sector social concebido como minoritario y anacrónico en cuanto a los valores nacionales impuestos desde el Estado, siendo desde la Independencia excluidos y marginados de todos los procesos de cambio posteriores en Chile, ya sean políticos, económicos o sociales.

En la realidad, nunca, desde la Independencia, fueron considerados como parte del escenario de la vida nacional.

La actual situación de los mapuches, de clara indigenización, rompe con esa lógica institucional bicentenaria, que mediante la educación, el derecho, y la política, y bajo el discurso de lo criollo y lo mestizo como constitutivo de lo chileno, fueron reduciendo la presencia de lo indígena dentro del ideario nacional.

Bajo esa institucionalidad se supuso la supresión del sujeto indígena como potencial actor político, económico y social. Al igual que otras etnias, los mapuches parecían haber sido disueltos en el mestizaje y la idea de ciudadanía chilena. Como raza o como grupo social o etnia, parecían confinados a los libros de historia y los museos.

Por eso no es raro que en los últimos años, bajo los parámetros del derecho, se pretendiera establecer una igualdad legal inclusiva, mediante discriminación positiva, que en definitiva buscaba absorber los últimos resabios de la etnia mapuche bajo la ciudadanía chilena.

EL DILEMA DE LA INSTITUCIONALIDAD CHILENA
Paradójicamente, la misma lógica institucional que históricamente los atomizó y pretendía absolverlos en la idea de ciudadanía chilena, hizo que los sectores mapuches se vieran con mayores incentivos para revalorar sus aspectos culturales, desarrollar sus organizaciones y levantar sus demandas frente al Estado.

El mayor acceso a información y bienes, generado por el mayor acceso a la educación de las generaciones más jóvenes de nietos o hijos de mapuches, han permitido este proceso de indigenización, entendido como la asunción de un grupo –amplio o pequeño- con su identidad y raíz cultural, como base de su actuar social.

Esa irrupción del mapuche como sujeto activo en cuanto a sus demandas, descoloca a los actores políticos institucionales, que no saben cómo cooptarlos y por lo tanto, no ven más opción que deslegitimar su incursión como actor social y político, penalizando y judicializando sus demandas, y asumiéndolas como totalmente ilegítimas en cuanto al Estado.

Lo anterior se ve reflejado en que las dos principales coaliciones no tienen ni han tenido una postura clara frente a las demandas indígenas, más allá de una apelación ambigua al estado de derecho en cuanto a actos de violencia llevados a cabo por algunos -ilegítimos por lo demás-, pero sin ir más allá del problema que tiene ribetes "nacionalistas".

En este sentido, el conflicto mapuche es más bien el reflejo de un conflicto a nivel de la institucionalidad estatal chilena. De una incapacidad política.