jueves, 27 de marzo de 2008

Corrupción en la Alianza, Cazadores cazados

Las eventuales irregularidades en el municipio de Huechuraba y de la empresa Gestión Municipal Avanzada (GMA), han demostrado que donde se mide la consecuencia contra la corrupción es cuando sujetos afines a nuestras ideas o creencias, miembros de nuestros partidos o iglesias, son los corrompidos.
Más importante, han demostrado que algunos enérgicos fiscalizadores de la Alianza, en este caso están demasiado silenciosos.
Los casos de corrupción no son de exclusividad de un sistema económico o de un régimen político, tampoco de una ideología, religión, partido, agrupación, creencia, raza, tendencia sexual o nacionalidad, por lo que su combate requiere de una fuerte determinación a terminarla, y una enorme carga de consecuencia, porque siempre existe la probabilidad que alguno de nosotros, "de los nuestros", incurra en prácticas corruptas.
Es en estos casos, cuando son sujetos afines a nuestras ideas o creencias los corrompidos, donde se mide realmente la verdadera posición contra la corrupción, ya sea política, económica, moral o de cualquier índole.
Juzgar con la misma fuerza el acto corrupto, sin importar la relación existente con el enjuiciado, es lo que nos hace realmente incorruptibles e intachables frente al resto.
Si hacemos oídos sordos, miramos para el lado, minimizamos el acto o preferimos guardar silencio, entonces somos cómplices por omisión, y parte constitutiva de la corrupción.
Los últimos hechos han demostrado que la corrupción jamás debe ser usada como argumento y recurso político, si realmente la queremos combatir, porque es probable que esa evidencia, como un significante vacío, se nos vuelva en contra en un momento determinado.
Entonces, aquellos que levantaban la voz contra la corrupción, más por un uso político que por una cuestión ética, hoy guardan silencio y se muestran cautelosos cuando algunos de sus miembros parecen estar envueltos en ésta.
Quienes juzgan con fuerza la corrupción en unos casos y en otros le bajan el perfil, están contribuyendo a fortalecerla, al subjetivizarla según criterios contextuales, políticos, ideológicos, de relación, creencia, etc.
Debe quedar claro, que la corrupción es un problema que afecta a toda la sociedad, que no surge de un día para otro y que es una práctica que se va sedimentando y naturalizando debido a la acción de las propias personas, sean gobernantes y no gobernantes, corruptos y no corruptos.
Entonces, la idea al fin y al cabo, es evitar que una mayoría tenga la percepción en que todos lleguen a decir: ¿Si todos roban, por qué yo no?

martes, 18 de marzo de 2008

La ética actual es la de la no-ética

La ética, como razonamiento del actuar y lo moral, paulatinamente ha ido siendo abandonada en la formación y construcción de los sujetos, en la constitución de las prácticas sociales, y en la sedimentación de las estructuras de relaciones humanas.

Para dar cuenta de este fenómeno, podemos analizar diversos aspectos y dimensiones de la vida social actual.
No es el objeto de esto, hacer un tratado de ética, sino más bien deconstruir la actual ética que se naturaliza desde los primeros años de educación, para finalmente constituir profesionales que parecen funcionar en total anomia.

Al modo weberiano del estudio de la ética protestante y la ética capitalista, hablaremos del paso de la ética productiva a la no-ética consumista.
Se produce el fin de la conjunción entre la ética de principios y la de resultados; y el inicio de la hegemonía de la última como única, totalizante y absolutamente excluyente de la otra.

Lo anterior, porque de la producción para la sobrevivencia, se pasa a la producción por la complacencia, marcada por una división del trabajo más bien atomizante, que determina la transformación de las nociones éticas de las formas y modos de producción, que se vuelven basales de la sociedad actual.

Este cambio es apreciable a nivel de la formación de los profesionales, cuya formación es cada vez más reducida -aunque llamada especializada- menos integral y por ende menos ética, en base a las nuevas lógicas de división del trabajo.

Los profesionales saben muy bien, o relativamente bien acerca de sus prácticas y procedimientos específicos, sobre todo aquellos aspectos técnicos que les competen, pero carecen de toda noción ética en cuanto a éstos, sus efectos y resultados, y su rol social propio, como sujetos sociales y políticos.

Carecen entonces de la capacidad de discernir racionalmente –y por ende éticamente- cuándo la aplicación de su conocimiento específico puede ser contrario a una ética o bien común determinado.

La mayor "especialización" ha reducido al profesional -que ya no es íntegro en términos éticos- a un ejecutor de técnicas específicas y aisladas, en términos de reflexión sobre su propia actividad como parte de una entidad social.

Entonces, la irracionalidad reflexiva –pero traducida en eficiencia sistemática-marca la pauta para la construcción de una ética sin ésta, basada en resultados y no principios de acción.

El habitus de algunas profesiones como ingenieros, abogados, médicos y periodistas, operan bajo la ética no ética, pues su actuar profesional ha sido sistematizado, al modo de una línea de producción industrial, y donde han sido eliminadas la capacidad de decisión, discernimiento, actitud crítica y acción colectiva.

Se produce, a nivel de praxis, la anomia individual, que es sometida a la norma técnico-productiva, como norma grupal e individual. La libertad del sujeto de discernir su propio actuar en base a sus acciones y las del resto, se ve suprimida en su actuar profesional.

Entonces, irremediablemente se produce la atomizacón total del sujeto, tanto de su propia concepción como ente individual, como social.

martes, 19 de febrero de 2008

Festival de Viña, analizado a base de Homo Videns y Sobre la Televisión

Esta semana, los medios han estado monopolizados o han monopolizado, una sola realidad, el Festival de Viña del Mar, demostrando que la Televisión es reduccionista, deforma la realidad y desalienta el ejercicio de pensar. En definitiva es cada vez una caja más idiota.
Esta semana, los medios han estado monopolizados o han monopolizado, una sola realidad, el Festival de Viña del Mar, demostrando que la Televisión es reduccionista, deforma la realidad y desalienta el ejercicio de pensar. En definitiva es cada vez una caja más idiota.

En sus orígenes, la Televisión fue concebida en términos positivos, como un instrumento de socialización y educación eficaz, que elevaría el nivel cultural de todos los tele-espectadores.

En la actualidad, parece ser que esa nivelación se produce en sentido negativo, pues la Televisión parece estar desculturizando y atomizando a los sujetos, y sobre todo anulando su capacidad de reflexión, alienándolos.
Lejos de ser un medio cultural y de información, se ha convertido en un instrumento de subinformación y desinformación (Sartori) a base de un manejo de la información a favor de lo escandaloso o sensacionalista (Bourdieu).

La televisión, impulsada por la competitividad, simplifica el contexto y la realidad sociales, con el único fin de acrecentar sus audiencias, a base de la eliminación de cualquier noción de conflicto o polémica en cuanto relaciones sociales, en desmedro de cualquier intento de análisis de la realidad social compleja. Es decir, despolitiza el contenido de la información y con ello a los sujetos, eliminando la reflexión de éstos acerca de la sociedad.

Se genera entonces una parcialización de la realidad, donde sólo es objeto de interés de los medios, aquello que resulta promisorio en cuanto a obtener altos niveles de audiencia.
Entonces, se eliminan, censuran o tergiversan de la emisión, la información y de la mente del espectador, partes importantes de la realidad social.
Por lo mismo, Sartori y Bourdieu coinciden en que la televisión actual se caracteriza por anular la capacidad de reflexión del ser humano y desalentar el ejercicio de pensar, debido a que simplifica la realidad, privilegiando la imagen sobre el contenido y la emoción sobre el raciocinio.
La Televisión entonces, entra en la lógica que señaló McLuhan, en la que los medios de comunicación, buscarían lo trivial como forma "neutral" para poder ampliar sus audiencias.

Es decir, la televisión se convertiría en una poderosa maquinaria de banalizar la realidad para poder ponerla al alcance de todos, a base del atontamiento de los sujetos.

Actualmente, se ha constituido claramente como un medio de desinformación, que deforma la realidad social, simplificándola, deformándola y reduciéndola, en pro de las modelos que son convenientes para generar audiencias masivas y crearles nuevas necesidades rentables.

Bienvenidos a la Sociedad del Espectáculo

martes, 5 de febrero de 2008

La oligarquía de la Ciencia

Idealmente el campo ámbito científico se concibe como espacio positivo –en términos epistemológicos y éticos- libre de los vicios del conocimiento vulgar y del egoísmo característico del comportamiento humano. Bajo este precepto, tanto las Ciencias mismas como los científicos, son vistos erradamente como personas elevadas, cuyo único y principal propósito es el alcanzar la Verdad del conocimiento.

Sin embargo, como cualquier otro ámbito de actividad, como un espacio de lucha competitiva en torno a un capital determinado, el sentido básico del campo científico es lograr el control del monopolio de la autoridad científica (junto a los beneficios que eso conlleva) por lo que las pugnas epistemológicas están plagadas de intereses producidos en otros campos sociales.

Contrariamente a lo que podría pensarse, la autoridad científica no está fundamentalmente cimentada en los aportes científicos de ésta, sino en el control que ejerce sobre el capital social acumulado y sedimentado en el mismo campo, a través de diversas prácticas e instituciones no científicas, lo que produce la jerarquización entre quienes detentan determinado capital social y aquellos que desean tenerlo.

Los científicos entonces, tienden a legitimar aquello que se reproduce como conocimiento legitimo mediante prácticas y recursos ya instituidos dentro del habitus dominante -como grados académicos, metodologías de investigación y enseñanza hegemónicas- y no mediante la innovación científica como tal.

Se produce entonces la homogeneidad del campo científico que tiende entonces a suprimir la innovación, anquilosando el conocimiento ya instituido en base a un habitus determinado. La posibilidad de revolución al modo de Kuhn, es entonces acallada por las elites que controlan el campo, que tienden a proteger el statu quo epistemológico, con el propósito de conservar sus posiciones de estatus y poder.

Se constituye entonces una ley de hierro de la elite científica al modo de Michels, donde se constituyen prácticas destinadas a perpetuar el orden científico establecido, colando el acceso al habitus, el capital simbólico y las redes sociales del campo, con el fin perpetuar los paradigmas, conocimientos, y símbolos dominantes.

Cualquier otra fuente de conocimiento científico, es desechada no a través de la lógica popperiana de verificación-eliminación, sino que a través de una lógica simbólica y subjetiva de dominación, en base a su concordancia ideológica con el discurso constitutivo del paradigma epistemológico imperante, y el habitus de los sujetos que controlan el campo, marcado por su capital social.

Mediante ésta lógica, la elite científica dominante circunscribe y determina las fronteras de lo que es epistemológicamente válido, en cuanto a problemas, respuestas, metodologías, paradigmas, y sujetos autorizados para su uso, sedimentando en definitiva la inercia intelectual dentro del campo científico.

Queda así determinada a priori la demanda con respecto a determinados conocimientos, prácticas y habilidades, en base al habitus dominante del campo, y cuyo capital social específico genera y reproduce dentro de un marco institucional y simbólico, con el único fin de perpetuar su dominio.

Como los miembros de cualquier ideología, los miembros dominantes del campo científico establecen una serie de símbolos y procedimientos a modo de doctrina, internalizando en su habitus los modos y formas de reproducción, jerarquización y a la vez exclusión del capital social dominante.

No existe entonces “la famosa "neutralidad" (erróneamente igualada a objetividad científica cuando es algo inevitable, es decir, un hecho, que el escapismo es siempre imposible).” (Sobre intelectuales y política, Pierre Bourdieu).

martes, 29 de enero de 2008

Homo Alienatum, el nuevo Habitus del Periodista

La actividad periodística, como un trabajo más, no pudo escapar a las lógicas de transformación que se produjeron, en cuanto a las formas de división del trabajo, lo que indefectiblemente llevó a la profesionalización del periodismo.
Para ser más exactos, deberíamos decir, la academización o tecnificación de éste. Es decir, el paso desde una actividad de carácter vocacional a una carrera universitaria –con prácticas y técnicas determinadas muy limitadas-.
Esto, irremediablemente produjo un profundo cambio en el habitus que hasta esos momentos, habían tenido los periodistas en el mundo.

El nuevo habitus, surgido a partir del paso de oficio a profesión, es apreciable a nivel de dos dimensiones; en su relación entre ellos y con la información, en base a una nueva valoración de ésta última; y en el cómo perciben su rol social.
La percepción con respecto a la información, que ha cambiado desde una noción normativa a una económica, ha generado dos efectos; una atomización en las estructuras de relación entre los mismos periodistas, que ya no se perciben como compañeros, sino como competidores, y la alienación de todos estos, con respecto a la información en sí.

En cuanto a cómo perciben su rol social, los periodistas han abandonado la noción de rol social relacionado con el de fiscalización y liberación cognitiva -en cuanto grupo independiente y fiscalizador del poder- y han adoptado otra, relacionada más con el campo del marketing y la publicidad, donde la función del periodista se reduce a la de un mero transmisor de información, sin filtrarla ni evaluarla en cuanto a su utilidad social.

Como tal función es en extremo simple, se vuelve fácilmente reemplazable y el valor de su trabajo pierde toda importancia, puesto que el poco valor que se le atribuye socialmente, también lo asume el público, que se informa menos, mal o simplemente no lo hace, porque no cree, o considera de poca importancia la información que entrega la prensa. El nuevo habitus genera una disminución del sentido y valor de la prensa como campo.

El periodista, y su trabajo, en muchos casos se vuelve un instrumento entrópico –hablando en términos de comunicación- entre el público y la información que entrega, ya que en muchos casos generan más ruido que datos útiles para el primero, contribuyendo innegablemente a los altos niveles de despolitización y desinformación que en general caracterizan al público actual.
De una actividad concebida como emancipatoria, el Periodismo pasa a convertirse en una actividad alienante, tanto para el mismo periodista como para el público.

Así, el poder político y económico entonces, tienen más espacios para hacer uso de la Prensa, en pro de intereses particulares y no públicos, inhibiendo la existencia de medios independientes, el acceso a información, a través del desvío, minimización o incluso el claro ocultamiento de asuntos públicos importantes. Lo anterior, no con la prohibición, sino que con la entropía, a través de la entrega sistemática de información irrelevante, lo que en Chile se conoce como la farandulización de la prensa.

Parece producirse entonces una invasión total de los temas de la llamada Prensa Rosa sobre otros campos, como la política, el deporte y la cultura.
El más importante de ellos, el Político, comienza a perder su primacía en los asuntos sociales y públicos, y queda imbuido por las lógicas marketeras de la información y los medios.

Los actores del campo político entonces, también tienden a adaptar su habitus, hacia una lógica mediática, que genera una sobrevaloración de acciones que pueden ser catalogadas de populistas y en extremo inútiles, en términos de Bienes y Políticas Públicas, pero muy eficaces en cuánto a Marketing Político.
El capital simbólico a nivel del campo político, se transforma y entonces, la actividad política misma, pierde su sentido primario como actividad donde se toman decisiones para el Bien Común.

Las personas entonces, ya no asumen lo político como actividad relativa a los asuntos públicos y ciudadanos de todos, sino como un campo en extremo cerrado, aislado de los ciudadanos y con el que sólo tienen relación en períodos eleccionarios. Eso se traduce, irremediablemente en desafección política –no en términos ideológicos- sino en cuanto a considerar los asuntos públicos como tales.

Los asuntos públicos, pasan a ser vistos por la ciudadanía como discusiones lejanas, hechas a cuatro paredes, en sedes partidarias y sin ninguna incidencia sobre sus propias vidas. Se produce entonces la enajenación ciudadana con respecto a lo político.
En este punto, juega un rol fundamental la concepción de la información bajo una noción económica y no normativa. La verdad ya no está en los hechos, sino en lo que puede alcanzar alto rating.

El periodista entonces se ve alienado de la información que entrega, puesto que el valor de ésta no tiene relación con su veracidad, sino que con su capacidad de impacto.
Por lo tanto, la exigencia de rigor se ve, en muchos casos, inhibida por la inmediatez que exige la competencia, y por la necesidad de lograr constantes primicias noticiosas.
Lo anterior incide en los niveles de cooperación entre los periodistas, que establecen relaciones de competencia, en muchos casos, en extremo poco éticas, pues todo es válido con tal de alcanzar la primacía informativa.

No es extraño entonces, que escuchemos en forma cada vez más frecuentemente, a periodistas tener que retractarse de sus dichos o publicaciones, debido a que eran erradas o simplemente falsas.
Así, el nuevo habitus del periodista tiende a inhibir su capacidad crítica, y lo obliga a someter su criterio a información banal, en muchos casos tendenciosa, y lo vuelve en extremo competitivo, poco criterioso y falto de rigor. Lo vuelve, un Homo Alienatum, entrenado para crear otros Homo Alienatum.

Jorge Gómez Arismendi
Periodista Universidad Santo Tomás
Magíster (c) Ciencia Política Universidad de Chile

miércoles, 2 de enero de 2008

El discurso navideño, entre el consumo y la espiritualidad

La celebración de la Navidad, como componente ritual de la religiosidad cristiano-occidental, surgió en base a dos claves discursivas esenciales: el nacimiento del Mesías en el pesebre y la llegada de los Reyes Magos como representantes del poder terreno.

La primera clave, que corresponde a la dimensión espiritual del mensaje, plantea el tema de la humildad, austeridad y escasez material en que habría nacido Cristo.
La segunda, envuelve la dimensión material de lo existente y su subordinación a la espiritualidad y que se encarna en la entrega de regalos por parte de los reyes magos al Mesías, simbolizando su respeto al mismo.

Más allá de los aspectos esencialmente religiosos que la enmarcan, como hecho simbólico y discursivo, la Navidad anteponía la esencia espiritual de los sujetos, por sobre el contexto material de éstos, como base de la felicidad.
Simbolizaba entonces, la aceptación del dominio del espíritu sobre la materia. En definitiva el dominio del mundo de Dios sobre la Tierra de los hombres.

Durante siglos, esa premisa permitió que como celebración y ritual, la Navidad se expandiera más allá de las fronteras geográficas y de la propia fe cristiana, situándose como un símbolo de esperanza y fe en la fraternidad y bondad entre los seres humanos, y celebrado por muchas personas cada año, sin importar el credo de éstas.

En esto no había hipocresía, puesto que lo que terminaba valorándose con fuerza era el mensaje central de la filosofía cristiana, amarse unos a otros como así mismos.

La Navidad en este sentido, terminó por simbolizar la buena fe en los seres humanos, marcada por la posibilidad que tiene cada sujeto de realizar actos de amor con respecto a otros, aún sin importa en qué crea. Ejemplos de esta visión son las múltiples personalidades atribuidas a la cualidad de ser bondadoso, como Santa Claus, Papa Noel, San Nicolás, el Viejo Pascuero, etc.
Otro ejemplo de está estructura discursiva es la obra de Charles Dickens, ambientada en la era victoriana, llamada Canción de Navidad.

En dicha historia, los espíritus de las navidades pasadas, presentes y futuras visitan a un ateo total, Ebenezer Scrooge, que no la celebra y que tiene una actitud avara y poco fraterna con su único empleado Bob Cratchit, que a pesar de su pobreza y la enfermedad de su hijo Tim, sí celebra la navidad.

Al final del cuento, se produce la “redención” de Scrooge y surgen sus actos de bondad, como símbolo del triunfo de la buena fe.
Así, la espiritualidad, simbolizada en la bondad, se antepone a la materialidad como valor universal, más allá de los aspectos religiosos, sociales o contextuales.

La brújula de Santa Claus
Actualmente, sin embargo, existe una reestructuración de dicha disposición discursiva, lo que algunos entienden como la perdida de el “sentido” de la Navidad ante el excesivo consumismo y la publicidad, que se antepone ante el sentido de buena fe –desplegado como potencial de espiritualidad de los sujetos-.

La Navidad, en términos publicitarios, comerciales y sociales, se ha convertido en un ritual de consumo naturalizado, donde sus claves, como la austeridad, la bondad y la fraternidad han quedado relegadas a un plano simbólico y no práctico.
En otras palabras, se prioriza el criterio de consumo por sobre el criterio simbólico de ésta.

La paradoja esencial de todo esto, es que se produce una dualidad en cuanto a dicho sentido –la espiritualidad por sobre los bienes materiales- según el nivel de acceso a bienes materiales y el supuesto nivel de espiritualidad de los sujetos.
Así, constantemente se cuestiona el nivel de espiritualidad y valores de los menos pudientes que quieren acceder a bienes suntuarios a base de endeudamiento a largo plazo.

Pero, en ningún caso se cuestiona el nivel de espiritualidad y los valores de aquellos que teniendo grandes recursos económicos y a la vez un discurso “espiritual” también acceden a esos bienes suntuarios y practican una actitud poco bondadosa con sus congéneres en estas fechas y todo el resto del año.
En base a la capacidad de consumo, a algunos se les perdona su falta de espiritualidad y a otros se les condena. Esa es la paradoja principal.

martes, 11 de diciembre de 2007

De vuelta a la Matrix - Contrariando a Slavoj Zizek

El título de la obra de Slavoj Zizek, Bienvenidos al Desierto de lo Real, una clara alusión a la película Matrix, y el momento en que Neo, una vez despertado y fuera de la Matrix –la estructura mental en la que vivía su mente- aprecia la realidad material en la que vive su cuerpo, busca mostrar como nuestras sociedades se han constituido y cimentado dualmente a base de una realidad virtual que se superpone y dominaría a la material.

Lo anterior se vería reflejado en el pánico y temor existentes en los días previos al denominado Bug Millenium (la falla del 00), que auguraba desastres y descalabros en los mercados, la política, el abastecimiento y la seguridad, nunca antes vistos, pero que finalmente nunca ocurrieron. Es decir, la Matrix se mantuvo intacta sin alterar la realidad material.

El planteamiento de Zizek se puede enmarcar dentro del viejo dilema entre la posición que considera a las ideas como constitutivas de la realidad y aquella que considera que es la realidad la que funda las ideas. La pugna entre Realismo e Idealismo.
Zizek nos muestra que estamos en un sistema dual similar al mostrado en Matrix, donde los sujetos viven, sienten y estructuran su vida en base a un marco virtual, donde el orden material depende de dicho marco.
Por lo mismo, algo tan virtual como la falla del 00 era tan temida, pues podía desbaratar a nivel material, el carácter de la propiedad, de nuestras identidades, nuestras calificaciones, nuestras cuentas bancarias o deudas. En otras palabras, podría dejarnos en el desierto de lo real sin esa información.

Sin embargo, Zizek más bien considera sólo una parte constitutiva de la Matrix, pero no nos indica, ni nos muestra cuál es ésta. Nos muestra sólo el instrumento con el cual dicha estructura inmaterial se constituye, pero no cómo está se reproduce como un sistema de dominación. Como Morfeo a Neo, nos despertó, pero no nos dice de qué.

Si fueramos Neo entonces, tendríamos que volver a la Matrix, para saber cómo es realmente aquella estructura inmaterial que sin embargo -y tal como lo hace una Ideología- desde nuestras mentes, condiciona y rige toda nuestra vida material, gobierna nuestros cuerpos, nuestro tiempo, nuestras relaciones, legitimando racionalmente el orden existente.

Hegel planteaba tres ejes claves existentes en toda Ideología: como doctrina, es decir como un complejo de ideas, teorías y procedimientos; como creencia, cuando lo primero es asumido como verdad única y como certeza manifiesta; y como ritual, cuando se internalizan prácticas y procedimientos en las dimensiones de la vida, que se hacen parte de la “experiencia espontánea” de los sujetos, y que se convierten en los mecanismos que la reproducen.

La Matrix de Neo es claramente una forma de poder y dominación en dos sentidos:
Individualizante –cada cuerpo es una batería de energía dispuesta para seguir alimentando el sistema, pero separadamente una de la otra; y Totalizante, donde la estructura de la Matrix es el todo existente, real, verdadero, que envuelve cada dimensión de la vida de los sujetos.

¿Qué discurso imperante se ajusta mejor a la premisa de la Matrix, como estructura inmaterial que rige y controla las mentes, gobernando así los cuerpos y condicionando la realidad material?

Una forma de dominación con pretensión individualizante y totalizante a la vez fue claramente la Ideología del Estado Moderno. Sin embargo, ésta no logró ser absolutamente totalizante como la Matrix de Neo, y las fisuras en cuanto a su poder constitutivo impidieron generar su base esencial a nivel individualizante. Es decir, no logró penetrar en la mente y en las prácticas de todos los sujetos.
Pero existe otra forma de dominación totalizante e individualizante, que parece estarse asemejando cada vez más a la Matrix de los hermanos Wachowski; la Ideología del Mercado (o su no ideología).

Como la Matrix, la ideología del Mercado –no el mercado, sino su ideología- se torna hegemónica y tiende a someter cada aspecto de nuestras vidas; incluso aquellas dimensiones que quizás nunca deberían medirse por la competencia o la racionalidad mercantil.
Tal y como cualquier ideología lo hace, con sus símbolos discursivos claves –no exclusivos- como la competencia, la eficiencia, eficacia y racionalidad, va imponiendo prácticas y constituyendo sujetos que la retroalimentan con ellas.

Cualquier atisbo contrario a esta Matrix, queda como un signo de irracionalidad, marcado como expresión del vandalismo y salvajismo poco aséptico, que entorpece y ensucia su perfección, reproducción y desarrollo.

Tal como en la película Matrix, y a diferencia de la ideología del Estado, la del Mercado ha hecho a nivel mental, lo que ninguna otra ideología había logrado hacer:
Primero, en su fase totalizante, ha comenzado a dominar totalmente cada aspecto de la vida humana, insertando sus lógicas, incluso en nuestras relaciones personales, amorosas, en nuestra biología, nuestra sangre, nuestra muerte.

Segundo, en su fase individualizante, ha puesto en las mentes de todos o la mayoría, la noción de que son libres, que su acción, ya sea comprando o vendiendo, es totalmente libre, racional e independiente de cualquier forma de cooptación o coerción.

La realidad mental, la Matrix misma, se ha constituido tan bien, que los ha hecho razonar en forma tan concreta y simple, que sólo aquello que captan físicamente, puede ser objeto de consideración como elemento de coerción.
Al igual que en la película, nuestra Matrix ha eliminado la noción psicofísica del ser humano. Ha terminado por alienar definitivamente al individuo, primero de su trabajo, luego de la comunicación y ahora, de su propia consciencia en el espacio-tiempo.